Yerma por elección

Por |

Tengo ya cuarenta y dos años y, según dicen los padres y madres que me rodean, todavía tengo tiempo, aunque poco. Parece ser que estoy alcanzando mi fecha de caducidad reproductiva, así que las consignas de apúrate, anímate, todavía puedes, se vuelven cada vez más recurrentes. No sé cómo explicarles que a mí me gusta ser yerma.

Compartir esta nota:
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

No recuerdo en qué momento del camino decidí ser una “yerma”.  A algunas personas que me conocen desde niña les ha resultado una rareza, sobre todo considerando que jugaba con muñecos, tuve una infancia relativamente normal y unos padres de campeonato.  Fui formada como católica y he pasado por el estado civil decente y apropiado para tenerlos un par de veces, y aún así, seguí con el no por delante.

Eres rara, me dicen algunos, sobre todo los que saben que no nací yerma, sino que decidí serlo cuando tuve juicio para abrazar mis decisiones.  Es que eres egoísta, dicen otros, pensando que la negativa tiene que ver con que el mundo gira alrededor mío y soy incapaz de sacrificarme por otro ser, lo que al parecer es requisito primario para reproducirse.  Te vas a arrepentir cuando seas vieja y no haya quien te vea, dicen otros más, como si tener hijos fuera una especie de póliza de seguro geriátrico.

He escuchado sugerencias respecto a congelar mis óvulos, por si algún día me arrepiento, otras sobre “aventarme sola” y he visto más de una mirada compasiva de quienes se imaginan que mi vida está vacía, que camino temerosa rumbo a la decrepitud sin la garantía de cuidados de mis hijos amorosos.  Los ya rendidos de tanto preocuparse por mi futuro me sugieren estar cerca de mis sobrinos porque son ellos “quienes verán por mí” cuando yo sea vieja.

Lo cierto es que no soy la única, ni soy especial, ni soy diferente.  Conozco a muchas mujeres y hombres que han decidido ser yermos por un montón de razones.  Todavía no entiendo por qué no ser madre debería hacerme sentir incompleta, ni tampoco por qué cualquier opinión (incluso solicitada) sobre la crianza y la maternidad termina siempre desacreditada con un “dices eso porque no tienes hijos”, como si las neuronas se le activaran a una con la primera contracción.  De cualquier forma y para curarme en salud enmarco siempre mis palabras en un “pero yo soy yerma” y las administro con cautela, nomás para evitarme el mal sabor de la subestimación.

Hay algunas convenciones que las yermas aprendemos temprano, como evitar dar consejos lo más que se pueda.  Si alguien los solicita, hay que poner atención en el receptor, porque la percepción y el grado de drama que puede seguir al consejo depende de si es dado a un hermano o a una hermana, a un cuñado o a una cuñada, a un amigo o a una amiga.  A veces el “tú qué sabes” es lo más benévolo; he sabido de consejos mal ubicados emitidos por una yerma que escalan hasta pleitos familiares insondables y ruptura de relaciones diplomáticas entre los involucrados. 

Otra convención es evitar hablar de problemas financieros.  Por alguna extraña razón, algunos padres y madres que me rodean creen que a las yermas nos sobra el dinero y vivimos en la opulencia porque “no tenemos que mantener a nadie” más que a nosotras mismas.  Paradójicamente a veces las yermas apoyamos financieramente a nuestro entorno y nos agobiamos financiando durante nuestra edad productiva la posibilidad de un retiro digno que no sea una carga para nadie (incluyendo a nuestros sobrinos).  Tenemos deudas, pagos pendientes y compromisos varios (entre los que figuran los baby showers de toda la comunidad y que constituyen un gasto sin retorno de inversión).

Algunos creen que mi yermez tiene que ver con que no me gustan los niños.  Francamente tengo más problemas con los papás de los niños alrededor mío que con los propios niños.  Ellos son divertidos, directos, cuestionadores y aceptan lo diverso con mucha más facilidad que los adultos.  Perciben las diferencias sutiles y no tan sutiles entre los padres y los yermos y no sólo eso, las aprovechan al máximo. Muchas yermas como yo son increíblemente cercanas a sus sobrinos (consanguíneos o postizos) y disfrutan de conocerlos, apoyarlos, platicar con ellos sin tapujos y contribuir con su formación desde una posición distinta, menos encorsetada por los cánones y distancias que algunos modelos de paternidad imponen.

Tengo ya cuarenta y dos años y, según dicen los padres y madres que me rodean, todavía tengo tiempo, aunque poco.  Parece ser que estoy alcanzando mi fecha de caducidad reproductiva, así que las consignas de apúrate, anímate, todavía puedes, se vuelven cada vez más recurrentes.  No sé cómo explicarles que a mí me gusta ser yerma. Me gusta lo que me permite ser y hacer con mi tiempo, con mi esfuerzo, conmigo misma. Me gusta poder ejercer el amor desde otras perspectivas, con mis padres, con mi hermano, con mis amigos, con mi pareja, con mis sobrinos, con mis animales, con mis plantas. 

Me gusta pensar que ser yerma no me hace ser menos mujer, que no significa que me falte un pedazo para serlo.  Me gusta pensar que en esta época en que empezamos a descubrir que ni siquiera la genitalidad determina nuestro género, no estamos lejos de poder decidir de qué manera ejercer nuestra femineidad sin tener que explicarnos, sin tener que justificar nuestras elecciones, sin sentirnos excluidas del gremio por enarbolar que para ser mujer, no es requisito ser madre.

Daniela Garza Bilbao

Tengo 42 años y soy nacida, criada y vivida en Monterrey, con pizcas de otros lados. Estudié Letras Españolas, Educación y Psicoterapia y me he dedicado de lleno a la capacitación corporativa. Revoltosa, animalera, curiosa y hambrienta siempre de aprender y desaprender, vine a dar con los talleres de bitácora personal y aquí me quedé.