¡Ya se cayó!

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Como una gota de lluvia que resbala de una hoja, nos encontramos en el punto de no retorno. Nunca volveremos a vivir en el patriarcado de antes, porque el nivel de conciencia general ha venido cambiando.

Cada año, mujeres de todo el mundo nos manifestamos en las calles para recordarle al Estado y a la sociedad patriarcal, que han fallado en su deber de procurar justicia, en sus políticas para erradicar la violencia, que nos deben el reconocimiento de nuestros derechos. Para gritarles que nos faltan hijas, hermanas, madres, que han sido asesinadas o están desaparecidas, que cuando decimos que un violador no será gobernador, es porque no lo permitiremos.

 Hace un año paramos México y hace un año también, que vivimos un confinamiento decretado por autoridades, que aún no ofrecen ninguna solución real para el conjunto de crisis que nos afectan. Según la denuncia del Observatorio Nacional de Feminicidio ante la ONU, el Secretario Ejecutivo Nacional de Seguridad Pública documentó que de enero a diciembre del 2020 fueron asesinadas 3 mil 752 niñas, adolescentes y mujeres en México, lo significa que no hubo ninguna mejoría con respecto al 2019, cuando la ONU reportaba el asesinato de 10 mujeres al día en nuestro país.

Este escenario nos dice muchas cosas, la más importante es que tenemos que encontrar, inventar, otras maneras de solucionar y parar estos crímenes. Hacernos cargo siguiendo los hilos sueltos, y para eso es necesario reunirnos, tejer entre todas y todos. Caminar otros caminos, encontrar nuevas herramientas.

El patriarcado es una forma de dominación sobre las mujeres que nació hace miles de años y que nos denigra como humanidad. Dice Gerda Lerner en El origen del patriarcado, que en cualquier sociedad conocida las mujeres fueron las primeras en ser esclavizadas y su sexualidad se convirtió en una mercancía.

La necesidad de proteger a nuestras hijas e hijos y de sobrevivir, nos hizo cómplices del Estado y de las religiones patriarcales, dos manos opresoras de un mismo sistema. Finalmente, después de ser esclavizadas, perseguidas, quemadas, violadas, encarceladas, internadas en manicomios, ridiculizadas y devaluadas en muchas formas, cedimos y comenzamos a ejercer violencia hacia nosotras mismas y hacia otras, participando en la construcción de esta sociedad.

No importa cuánto tiempo ha pasado: cada vez que una mujer resistió, se mantuvo encendido su fuego interno y nuestra verdadera esencia; esa que se sabe valiosa, libre. Entre todas hemos venido arañando, rompiendo, agrietando, desarticulando al patriarcado ¡que ya cayó! no porque no exista ya, sino porque así lo decidimos y en estos momentos, vamos cayendo junto con él.

Para cambiar necesitamos ir deshabitando ese mundo opresivo, en el que las personas somos mercancías, la naturaleza es solo un recurso y somos explotadas. Amor propio, crianza colectiva, educación, proyectos en comunidad, creación de otras economías, sembrar, conectar, arte, recuperar nuestro tiempo, nuestra energía.

Urge cambiar nuestros espacios laborales, nuestra forma de maternar, nuestras relaciones de pareja. Revisar si las tareas domésticas en nuestros hogares son realizadas por cada miembro equitativamente: barrer, trapear, lavar baños, cocinar, lavar platos, ropa, sacudir, etc. Me refiero a que todas las tareas sean realizadas equitativamente por ambos, mujer y hombre, o en su defecto, si existe algún acuerdo, lo anterior se tome en cuenta. La justicia empieza en nuestro hogar.

Vivimos ahora mismo una metamorfosis social, precisamente el estado de pupa en el que nos encontramos demanda una profunda transformación. Sigue crear nuevas políticas, nuevos espacios. Vamos a construir juntas, juntos, ese mundo incluyente, equitativo, justo, libre, con el que soñamos las feministas.

Ireri Palacios

Siento que la vida es un viaje, una búsqueda y la escritura un medio para conocerme. Amo este planeta y su soberbia Naturaleza, me dedico actualmente a la cocina vegana y a dar talleres sobre alimentación saludable. Pienso que la familia es lo más hermoso que tenemos.