Ya nos mataron

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De eso, no nos culpo, hablamos muy poco, preferimos no darle a esa humillación ese carácter de “verdad”.

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Ya No Estoy Aquí, del director Fernando Frías de la Parra, me sentó frente a mi propia ciudad –que no es la del Terko-, pero que también se vino abajo, y de muchas formas también me expulsó.

Los habitantes de esta ciudad no hemos podido hablar de aquellos años traumáticos, cuando todo se precipitó sobre de nosotros, excepto las montañas. Nos sacaron de una ciudad a tablazos y balazos, y nos metieron en otra. De eso, no nos culpo, hablamos muy poco, preferimos no darle a esa humillación ese carácter de “verdad”.

Decidí someterme a lo que hoy es un acto político: dar un click para ver la brutalidad, no cerrar los ojos. Así acompañé a las millones de personas que se han dejado atormentar por esas 16  veces que George Floyd imploró a Derek Chauvin: No puedo respirar.

Atormentarnos por la injusticia, aunque estemos en casa, es un acto de resistencia, es política de sobrevivencia. Pero entonces escuché los gritos de las personas que grababan o eran testigos de la escena fatal, What the fuck´re you doing?! 

Lo van a matar, escucho que dicen en español. La escena es otra. Dos personas están comentando horrorizadas lo que ven mientras cargan gasolina. A unos metros un policía mantiene su bota sobre el cuello de un hombre esposado y puesto boca abajo en el piso. Los testigos comentan entre ellos, no pueden creerlo, pero no intentan detener, ni a gritos, la ejecución extrajudicial que observan. 

¡Ya lo mataste!, se escucha que dicen alzando la voz. ¡Lo dejaste morado! Un policía se acerca al auto, escucha lo que dicen estos dos testigos: le aplastó el pescuezo, lo mató el oficial. Pero al agente parece no importarle y regresa a la escena del crimen. Los testigos encienden su vehículo, vemos alejarse las bombas de gasolina y en segundo plano un grupo de policías con el cuerpo inerte de Oliver López. 

Lo anterior sucedió en Tijuana dos meses antes del asesinato de Floyd. Hoy los policías están suspendidos de sus puestos y se les retiró su arma, según informó el Secretario de Seguridad de Tijuana, Jorge Alberto Ayón Monsalve, pero no están enfrentando un juicio arrestados, como es el caso de los policías en Minneapolis, ni su crimen desató protestas masivas por todo el país. ¿Por qué?

Ambos casos tienen similitudes escalofriantes, quizá la más obvia es la asfixia lenta, cuerpo a cuerpo, que parecen disfrutar los agentes de seguridad. En esa brutalidad podemos detenernos y se abren muchos caminos a la crítica: por principio el racismo institucional, la cuestión de la salud mental de quienes en teoría nos protegen, la complicidad criminal de los compañeros: observan, como si se tratara de un crimen de rutina, entre otros más. La conducta de ambos grupos policiacos se parece muchísimo. Pero, ¿qué hay de nosotros, los espectadores?

Mientras que en aquella esquina del barrio de Longfellow, afuera de Food Cups, la gente gritó desesperada, acá en Tijuana, los testigos sólo alzaron la voz, y con cierta timidez, una vez que López dejó de reaccionar. Allá las manifestaciones fueron inmediatas, y continúan, incluso colocando al mismísimo Donald Trump en la cornisa; aquí el caso se desempolvó de los anales de las redes sociales mexicanas sólo por la semejanza con el caso Floyd. ¿Por qué? 

Regreso a ese país que perdimos en los años de “la guerra contra el narco” y que desplomó el precio de nuestras vidas. Desde entonces vivimos en un régimen de terror civil, se habla poco de él, pero se deja ver en escenas como ésta, en la que aparecemos resignados viendo a la autoridad asesinar. Es normal en México. El miedo es insolidario.

Mientras que allá identificaron el racismo y se activaron de inmediato, acá seguimos discutiendo con torpeza si en México hay más clasismo que racismo. Nuestro mecanismo de defensa ha sido restarle valor a la vida, es decir, ya nos mataron. Ya no estamos aquí.  

Soy de esas personas que descansan viendo plantas crecer e insectos acurrucarse entre las hojas. Escribo columna de opinión, ensayo, bitácoras, cuentos. Dirijo Vertebrales.