Workaholismo vs. maternidad

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Si volteamos el papel, el hombre workaholic es un héroe altamente entendido por el mundo, “el pobre nunca ve a sus hijos con tal de que nos les falte nada”. Ser una mamá que disfruta mucho trabajar, en cambio, es tener insensibilidad por lo importante de la vida, tus hijos.

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Cada vez que dan las 8:05am, camino de la puerta de la escuela de mis hijos hacia mi carro, con una sensación de ya haber vivido gran parte de mi día. ¡Una vez más, hemos llegado a tiempo! Dejo a dos pequeños en las manos de sus maestras, para inmediatamente cambiar el chip de madre a profesionista. Me relajo, empiezo a tomar traguitos de café, me voy manejando y sintiendo que he ganado una batalla más. Así, casi todos los días.

Esta semana ha sido especialmente difícil para mí al combinar el trabajo con la maternidad y sin el acompañamiento de una pareja. Entre juntas de inicio de ciclo, dos nuevos grupos de WhatsApp de mamás, una cantidad de trabajo extraordinaria y viajes que implican mucha logística, hay momentos, en que solo quiero detener el tiempo…

A las mujeres madres, no se nos es permitido ser workaholic por convicción. Entregarte al trabajo representa un costo de oportunidad muy fuerte. “Pobres niños” dicen por ahí, “necesitan a su madre”. El sentimiento de culpa es a veces abrumador cuando por las tardes quisiera quedarme inmersa en un mundo profesional en lugar de recoger a mis pequeños y sumergirme entre baños, cenas, cuentos, tareas… Lo siento muchas veces. “Para que tenías hijos”, mencionan, asumiendo siempre que fue una decisión y no una experiencia que me tocaba vivir.

En las dos juntas de inicio de clases, el 90 por ciento de las que asistimos, éramos mujeres y muchas, evidentemente malabareamos para poder estar presentes. Yo solo pensaba, “si pude mover todo para estar aquí, ¿porque los hombres no? En las sesiones, los discursos de las maestras siempre fueron dirigidos a las “mamis”. Saliendo de esas juntas mi número celular ya estaba en dos grupos nuevos de señoras parlanchinas… “a estresarte más Mariela”, pensé, porque además pareciera que tienes la obligación de socializar en ellos. Analizando esto, se me ocurrió decir en dichos grupos que si agregábamos a los papás y la respuesta de la administradora de uno fue: “Este es un chat exclusivamente de mamás. Además, que bueno, imagínense los papás trabajan y que todo el día estén con alertas de tareas y “la Miss dijo”, se me hace que no es funcional para los papás…” Batalla perdida ante mi género.

Y es que tanto las condiciones en los trabajos enjuician a las que tenemos que “irnos temprano” a recoger niños, como la misma sociedad a las madres que queremos dejar a nuestros hijos para crecer profesionalmente, como si esto siempre representara un sacrificio. Si volteamos el papel, el hombre workaholic es un héroe altamente entendido por el mundo, “el pobre nunca ve a sus hijos con tal de que no les falte nada”. Ser una mamá que disfruta mucho trabajar, en cambio, es tener insensibilidad por lo importante de la vida, tus hijos.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), aunque hay muchas mujeres trabajando y va creciendo más el número, siempre hay una tendencia a tener peores puestos y peores condiciones. Las diferencias salariales siguen existiendo y la igualdad de oportunidades sigue siendo un reto; y aunque algunas políticas públicas han cambiado y existen empresas cada vez más sensibles a la equidad de género, la empatía comunitaria solo será posible cuando entendamos que hay mucho más que ganar al permitir a las madres enamorarnos también de nuestros trabajos (de nuestros hijos, ya lo estamos), y ¿por qué no?, tener una vida paralela donde el workaholismo sea un desagüe, una catarsis y una diversión.

Mariela González

Soy un ser humano como cualquier otro. Me tocó nacer mujer y me siento muy feliz con ello, en el mes de abril. Originaria de México, país del cual he estado, sigo y seguiré enamorada hasta mi último respiro. Soy madre de dos pequeños, niño y niña. Arquitecta/interiorista de profesión; antropóloga, educadora y yoguista de corazón. Amo la vida, me quejo de ella, pero la admiro aún más. Mis otros grandes amores: el chocolate, el vino y el café (algunos agregarían en aguacate, pero suena menos de “mundo”).