Volcán de frijoles

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Indudablemente, economía y vida familiar están estrechamente relacionados. Al ritmo de nuestras exigencias profesionales – género, edad, profesión, gustos y número de hijos – acomodamos los ritmos y ritos familiares.

El tema viene a cuento porque ayer me decía mi mujer: sé lo que vas a hacer con ese chopo de frijoles, negros como siempre, con una pizca de queso fresco encima. Y sí, tenía razón, son rituales en donde cada miembro de la familia oficia su propia devoción. El altar suele ser la isla de la cocina o, en ocasiones especiales, la gran mesa del comedor.

En nuestro caso la misa culinaria colectiva es los sábados por la mañana. Los rituales empiezan, a veces, el viernes por la tarde con la revisión de los insumos o de plano, en una carrera contra el tiempo, el sábado por la mañana: jugo, frijoles negros – por favor, de preferencia -, huevo, tortillas frescas, queso, chorizo del bueno (nada de pavo, ni de boronas), jamón de pierna o tocino, pan de dulce, café y algo de fruta.

Es una ceremonia intensa, colectiva y compleja, pero también de interesantes matices individuales, los ingredientes son los mismos pero cada quien le pone su toque personal: tortilla frita para todos, dos huevos estrellados para el papá y los hijos, un huevo revuelto para la niña (si, una sola pieza) y uno estrellado (volteado y bien cocido) para la mamá. Claro, hay otras variantes: en qué momento se comen la fruta, antes o después del plato principal, a quién le toca la tortilla frita de repuesto o las boronas del tocino frito. Luego en la parte final de la ceremonia, las variantes van por la repetición, a quién le toca el marranito o el hojaldre y cerramos, en plena comunión, con el vaso de agua fresca.

También hay matices personales por la forma de comer… ¿yema desparramada o separación quirúrgica de clara y yema? ¿clara en trozos pequeños o yema en avioncito de una sola cucharada? Uno de los clásicos familiares: huevo estrellado en taco de tortilla frita con tira de tocino y la yema escurriendo por los dedos.

En mi caso, con método y precisión, el ritual llega a su clímax con el volcán de frijol negro con magma de yema y lava de salsa de chorizo… y si todavía hay, un poco de ceniza simulada con queso blanco fresco espolvoreado. No cabe duda, todo se sublima cuando se logra comerlo sin que se derrame, pero más aún, que la tortilla – frita o no – aguante semejante explosión de sabores y colores.

Ese es mi volcán de frijoles con salsa de chorizo y yema, transmutado en milagro familiar, entre las bromas y puyas, risas y reclamos, que van de un lado al otro de la mesa. Yo sonrío – serena y calmadamente, cual patriarca de cuentos infantiles -, miro a mi mujer e hijos, sonrío y pienso: qué dicha, qué bendición.

Moisés López Cantú

Tiene una formación diversa: ingeniería, ciencias, política pública y diversos cursos ejecutivos en temas de evaluación de proyectos, regulación económica, medio ambiente y planeación de ciudades. Su experiencia es basta, más de 30 años de vida profesional en 8 países y una diversidad de proyectos que lo han llevado de la ingeniería a las ciencias sociales.