Vida y muerte

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Pienso seguido en la muerte, ¿cuándo morirá alguien que amo?, ¿cuándo partiré de este mundo?  Una vez escuché a un lakota gritar “Woka hey” (no sé cómo se escribe), la emoción e intensidad de su grito me transportó a un estado muy especial, que resonó muy adentro de mí. Cuando le pregunté cuál era el significado, me contestó ¡listo para morir! y esa frase me voló la cabeza.

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Nada te prepara para la muerte, nada te prepara para la vida, estamos como en una obra experimental de cero ensayos y total improvisación.

Me viene a la mente una ocasión en la que a alguna de mis amigas de la secundaria se le ocurrió que visitáramos el anfiteatro de la Facultad de Medicina. Llegamos y así, casual, preguntamos a los estudiantes ¿dónde está el anfiteatro? Nos decían que arriba. De volada llegamos a un gran salón en donde había varias planchas o mesas con cuerpos encima. No había nadie en ese momento; la puerta estaba abierta, al entrar nos encontrarnos con una escena entre grotesca y horrorosa. Vi lo que parecían ser momias, totalmente invadidas de costuras. Eso me produjo repulsión, por alguna razón los penes de los muertos estaban erectos, lo que inmediatamente causó risa entre nosotras. Teníamos 13 años, ninguna se atrevió a tocar los cadáveres, ni a permanecer un minuto más ahí, salimos corriendo entre risas nerviosas. Lo que me quedó muy claro ese día fue que, en esos bultos inertes, no había ya ni una gota de vida.

De niña me gustaba jugar a que me moría. Siempre hacía lo mismo: fingía que caía al piso (según yo, en cámara lenta) y me quedaba inmóvil intentando no parpadear ni respirar, hasta que los ojos me ardían y mis pulmones reclamaban oxígeno inmediato. Era solo un juego más, no tenía idea de cómo era la muerte.

Una noche, cuando mi primer hijo era un bebé de pocos meses, nos encontrábamos en casa de mi mamá, su papá lo paseaba para dormirlo. De pronto se acercó apresurado y me dijo: no sé qué le pasa, no está respirando. Entonces vi a mi bebé como dormido, pero con su carita morada; en ese momento, perdí todas mis fuerzas y me caí al piso, como si me desconectaran de mi cuerpo ¡bye! Mi mamá le arrebató su nieto al papá que en ese momento estiraba los brazos en busca de ayuda, lo tomó y lo empezó a zarandear, lo llamaba por su nombre. ¡Sol! ¡heeey! ¡chiquito! Le mojó con agua la cara y nada, me levanté para tomarlo y en eso mi mamá lo volteó boca abajo e introdujo su dedo en la garganta (todo esto en cuestión de segundos), enseguida comenzó a llorar y me lo pasó, a los pocos minutos ya estaba tomando leche de mi pecho. Todos lloramos y agradecimos que se encontrara bien, pero yo me sentía muy enojada conmigo por haberme paralizado, entonces comprendí que cuando lo vi, fue como si estuviera muerto y eso me superó. 

Con los años me he dado cuenta de que cada muerte es única y diferente para cada quién, pero que en general, nos cuesta enfrentar la nuestra o la de los seres que amamos.

Recuerdo la última Navidad con mi abuelo Héctor. Se encontraba recién operado, tenía cáncer y habían colocado una cama de hospital en su cuarto. Se veía bien fregado mi abuelito, pero no se quejaba, aguantaba; toda la familia actuaba como siempre, no sé si pensaban que él se recuperaría y todo seguiría igual; querían que se sintiera bien, pero yo quería hablar de su posible muerte, quería saber qué pensaba él, si tenía miedo, entre otras cosas, al final. No encontré el momento oportuno, veía a todos intentando hacerlo reír, actuaban “normal”. Le regalé la figura de un pájaro, fue mi forma de despedirme, de decirle que se preparara, que tuviera consciencia de que pronto iría a otro mundo más sutil, al poco tiempo murió. No me dolió su muerte, porque vivió una vida plena, porque siento orgullo de su legado y porque el recuerdo de sus travesuras me saca una sonrisa.

Hay otras muertes que son especialmente dolorosas, las de niñas y niños, la de un amigo o amiga a cualquier edad, también existen otras que son terribles, como las de la guerra, entre muchas otras categorías; pero todas y cada una son igual de trascendentes y nunca hay vuelta atrás. Pienso seguido en la muerte, ¿cuándo morirá alguien que amo?, ¿cuándo partiré de este mundo?  Una vez escuché a un lakota gritar “Woka he” (no sé cómo se escribe), la emoción e intensidad de su grito me transportó a un estado muy especial, que resonó muy adentro de mí. Cuando le pregunté cuál era el significado, me contestó ¡listo para morir! y esa frase me voló la cabeza. La usaban los guerreros en batalla, ellos tenían la consciencia de que podían morir y estaban en paz. Intento vivir cada día observando la belleza de esa condición que poseemos todos los mortales: vamos por la vida felices o no, por un camino que en cualquier momento termina y esa actitud, ese contentamiento, esa aceptación de lo que es, me parece hermosa. 

En el nacimiento, existe un punto de no retorno, el que es más doloroso y fuerte. Anunciando un viaje sin retorno; y ahí, en ese momento, vida y muerte se tocan. Cuando morimos nuestro círculo se cierra y la serpiente se muerde la cola.

Ireri Palacios

Siento que la vida es un viaje, una búsqueda y la escritura un medio para conocerme. Amo este planeta y su soberbia Naturaleza, me dedico actualmente a la cocina vegana y a dar talleres sobre alimentación saludable. Pienso que la familia es lo más hermoso que tenemos.