Una habitación propia, con silla y abanico

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El mejor regalo que puedes hacerte es permitirte ser demasiado sin miedo de a dónde puedes llegar.

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Hubo un día malo en el que estaba encerrada en mi habitación con un inútil aire acondicionado. Gracias al árido clima del norte, estaba empapada, sintiéndome asfixiada entre cosas y colores con años en los mismos lugares. Llorando, sin saber muy bien por qué, decidí tomar un poco de entre mis ahorros y salir a comprar un abanico.

Después de dos horas y medio litro de sudor, terminé de armarlo. Le marqué a mi mejor amiga y le dije: acabo de comprar un abanico con mi dinero y lo armé yo sola. Será “el abanico de la independencia” y estará en mi cuarto para recordarme que soy capaz de hacer las cosas. Ella se rió de mí, pero le agradó la idea. 

Pasaron días hasta que llegó uno bueno. En ese día, me recomendaron un taller de escritura y, de nuevo, usando mis ahorros, me inscribí. Bajé las escaleras emocionada y le dije a mi mamá: ¡ma! Acabo de inscribirme en un taller de escritura, así que tomaré una de nuestras sillas de plástico para poder usar mi escritorio porque pasaré mucho tiempo sentada. Mi madre respondió: ¿de esas sillas? Son muy incómodas, mejor vamos a comprarte otra

Después de la búsqueda de mi silla especial, y otro rato armándola (sin una gota de sudor), ya la tenía lista frente a mi viejo y antes obsoleto escritorio de madera. Le tomé una foto y se la envié a mi amiga, diciéndole: acaban de comprarme una silla y yo la armé. Le llamaré “la silla del sueño” y la tendré y usaré para recordarme todos los días que mi sueño es convertirme en escritora. Se burló de mí, pero cuando fue a visitarme a mi casa lo primero que pidió fue que le presentara el abanico de la independencia y la silla del sueño. Miró alrededor, contemplando cómo había llenado este espacio de mí durante todo este tiempo. Este cuarto es muy tuyo, me dijo. 

Pasaron semanas y a mis manos llegó Una habitación propia, por Virginia Woolf. Tal vez el libro más reconocido de ella y que gira en torno a una idea principal: la mujer debe tener una habitación propia y quinientas libras al año para poder escribir sus novelas.

No le quitaré a nadie el placer de leer por primera vez este libro. Así que, muy a mi manera, compartiré lo que recuperé de él y lo que quiero repetirme:

Ocupas vivir para escribir. Primero vas a escribir mal. Incluso ocupas leer mucho antes de escribir mal. De hecho, tendrás que buscar, madrugar, estropear, dormitar, preguntar, escuchar, explorar, llorar, amar, gritar  y enfrentar antes de llegar al verbo escribir.

Habrá días buenos y malos, pero tu labor es exprimirlos al máximo. Ya tienes tu habitación propia, tu sueño y casi tu independencia. Después de eso, no desistas. Cuando hables, te pedirán que bajes la voz o que calles, y eso que primero lucharás para que te tomen en serio. Te bombardearán para hacerte sentir menos, para hacerte creer que cada mujer es tu enemiga hasta que tú misma te conviertas en la peor. 

Te harán creer que está mal que sientas demasiado, que pienses demasiado y que seas demasiado. ¿El secreto? El mejor regalo que puedes hacerte es permitirte ser demasiado sin miedo de a dónde puedes llegar. 

Por último, dentro de tus desventajas eres privilegiada. Por pura fortuna, tú eres tú, y gozas circunstancias que muchas no. Lo único que te diré es lo que Maya Angelou: si tienes algo de poder, tu deber es empoderar a alguien más. Y mientras tengas este espacio propio, es imposible que borren tu existencia.

Marissa Vargas

Soy mujer, lectora, eterna aprendiz y aspirante a escritora. Actualmente estudio Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Tengo los pies en la Tierra y la cabeza en las nubes. Vivo insatisfecha, pero no sé vivir de otra manera.