Una del 2 de Octubre

Nos dimos cuenta de los helicópteros y levantamos la mano en señal de “chinguen a su madre” y de pronto la luz verde en el cielo, la vi, la vi y les dije a mis amigos. En ese momento empezó todo el caos.

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Cuando la plática fluye y sin más te empiezan a contar como fue su experiencia en la Plaza de las Tres Culturas en el 68, te quedas callada y tratas de asimilar todo lo posible.

Nos lo cuentan en la Selva Lacandona, en territorio Zapatista, en donde para donde voltees encuentras personas que de alguna manera u otra viven (vivimos) con la esperanza de construir un México más justo,

Somos cuatro, todes traemos ayuda para caminar (bastón, muletas y palos), así que nos sentamos y bromeamos un poco de nuestra condición física. Una dice que son las secuelas de una golpiza por ser de la Liga 23 de septiembre, otro cuenta que es por un accidente, yo digo que lo mío es consecuencia del deporte y la otra es por consecuencia de la poliomielitis contraída cuando chica. Esta última es la que nos cuenta su historia de aquel 2 de octubre.

Dice que llegó a la plaza con unos compañeros de la facultad, ella con bastones, van tranquilos, a un paso un poco más lento que los demás.                    

Relata: vimos los camiones con soldados y policías, pero no le dimos importancia, en otros mítines también estaban y no habían hecho nada, así que seguimos avanzando. Sí se sentía un aire diferente, pero la algarabía de todos nos impulsaba a seguir adelante. Nos dimos cuenta de los helicópteros y levantamos la mano en señal de “chinguen a su madre” y de pronto la luz verde en el cielo, la vi, la vi y les dije a mis amigos. En ese momento empezó todo el caos.

La verdad, no escuché los primeros disparos, pero si vimos que todos empezaron a correr y a los soldados, por varias partes, como cercándonos las salidas. Volteamos para todos lados y algunos de los amigos salieron corriendo. Tres se quedaron conmigo. Entre dos me agarraron “de aguilita” para poder ir más rápido. Los bastones se quedaron allí tirados. Ahora sí, empezamos a sentir y escuchar las balas. Vi algunos en el suelo que ya no se movían, otros que sí, pero todo fue muy confuso.

Pensaba si eso que estaba pasando era real. Porque lo sentía como una mala película de terror. Los muchachos gritaban que para dónde, y el que iba detrás de mí protegiéndome solo decía que corriéramos porque las balas ya se sentían cerca. Llegamos a un especie de escalón alto y dos bajaron para poder “cacharme”, el otro me sostenía.

Todo fue muy rápido, al que me sostenía lo alcanzo una bala. Nosotros pudimos salvarnos gracias a ese escalón. Desde ahí escuchamos muchas cosas. Alguien gritó que nos comiéramos las credenciales de estudiantes porque los soldados estaban identificándonos. Ahí nos quedamos hasta que llegaron por nosotros. No eran soldados, pero nos hablaron con muchos huevos para que nos levantáramos

Nos llevaron al edificio Chihuahua y ahí nos separaron.

Me salvé gracias a mi discapacidad y a que traía la bata blanca de laboratorio. Les dije que era empleada de una botica y que solo iba pasando por ahí cuando sucedió todo. Al día siguiente fueron y me dejaron a la puerta de la botica más cercana. Así, en calidad de bulto. No indagaron más.

De mis amigos no volví a saber nada. De hecho, estuve escondida por varios meses, más que nada por temor. Después de tantos años sigo sintiendo la sangre de mi compañero muerto arriba del escalón, en mi cara… tibia, viscosa.

Cuando ella comenzó su relato éramos solo cuatro adultos. Al terminar, más de diez jóvenes la escuchaban con mucha atención y respeto. Preguntas, muchas preguntas de parte de ellos.

Pero bueno, los cuatro contamos nuestras historias y tres son muy buenas. Martha sobreviviente e integrante de la Liga y Enrique sobreviviente de Acteal.

Sus relatos, en otra entrega.

Vicky Ponce

Psicóloga, amante de la naturaleza y los deportes, me dedico a contemplar la vida desde mi jubilación hace 18 años.  Activista de los derechos de la comunidad LGBTTTI, fui co-fundadora de la primera A. C. Lésbica en el estado. Disfruto rabiosamente a mi familia y soy taxista. Encantada de mi existencia.

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