Un recuerdo

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En las horas en que el paisaje se vacía -todo se lo han llevado las nubes-, estas dieciséis palabras son suficientes para saber qué me pasa. La negación de escribir en este día sobre esos momentos en los que nos vimos por última vez.

Pedacitos de vida que se me fueron, uno por uno, sin saberlo, sin darme cuenta de que ya no iba a despertar en el sillón color miel, ese mueble monumental que se abría paso en el estudio, creando el sitio perfecto para reposar, lejos de todo, lejos del ruido, lejos de mí… Desde que me aproximaba a ese sillón sabía que me esperaba uno de los momentos más dulces de mi día. Uno decidía sentarse ahí y, al recargarse, sentía cómo los cojines inmensos, con minúsculos pelitos de entre poliéster y algodón, abrazaban al cuerpo como ese cuarto y esa casa abrazaba el alma. También sabía que antes de abrir los ojos (y justo después de cerrarlos) iba a reconocer el olor a óleo y sentir la sombra del árbol vecino con ligeras manchitas de sol pasearse en un ir y venir dentro de la habitación. La puerta, entreabierta, permitía que el aire caliente que entraba por la ventana viajara desde el mueble de materiales (que me recordaba la primera casa que yo conocí, esa en el piso nueve de una torre que guardaba miedos, plegarias, absurdos y amor, sobre todo amor), levantara las persianas ligeramente, saliera a través de la puerta y se dirigiera, pesado y casi viscoso, hasta la terraza. Aunque quizás yo era el único que dormía plácidamente por treinta o cuarenta y cinco minutos (a veces hora y media) en esa habitación, las primeras horas de la tarde siempre se hacían en pares. Cada uno, en su lado del sillón, o uno en el reposet y otro en este objeto que consumía horas del día con una facilidad espeluznante. Pero, así como iniciaba la siesta para unos, en la otra parte de la habitación rápidamente se volvía a estar alertas.

La vida se va sentados.

Apenas el aire regresaba desde el norte de la casa por el pasillo hasta donde estábamos reposando, las persianas de color beige (color que tenían por haber sido consumidas por el sol de verano en la ciudad) azotaban en total sincronía con el último picotazo de la siesta. En sus brazos, uno sosteniendo la muñeca del otro, tenía su reloj, que estaba abrochado lo suficientemente flojo para flotar desde la mitad del antebrazo hasta poco después de la muñeca, mientras caminaba o hacía sus quehaceres pero tan perfectamente medido que no podía salirse jamás de su mano a menos que un acto intencional así lo quisiese. El movimiento de látigo que había hecho su cabeza le despertaba y la incitaba (casi automáticamente) a mirar el reloj, que por ese agarre tan precario y tan perfectamente calculado alrededor de su muñeca, le hacía necesitar de la otra mano para ver la hora. Entonces, después de levantar los párpados que caían pesados sobre la luz del día, se acomodaba los lentes (ya un poco flojos al final de la nariz) miraba la hora nuevamente y se los ajustaba al inicio del puente entre ceja y ceja. Era hora de hacer los pendientes del día (siempre era esa hora).

Sigilosamente y con el cuerpo echado un poco hacia adelante, esta magnífica mujer se levantaba con tremenda decisión y con años que contaban la historia de más vidas que recuerdos. El día sigue después de la siesta.

Una vez pasado el remanso de la puerta, sus manos, cada vez con la piel más delgada, sus piernas, cargando mucha más vida que tiempo, iban y venían en sonidos que traía el viento caliente que inundaba la habitación. Pasos de aquí para allá, puertas y cajones de madera que limaban lentamente sus superficies al abrir y cerrar, el resorte de más puertas al fondo de la casa (que abrían paso a lugares casi fantásticos) y el sonido de una pluma escribir sobre el papel, sobre el vidrio, sobre la madera de la mesa redonda del comedor.

Los sueños se tejían entre los sonidos que desde la habitación en la que me encontraba hacían una casa y lo más maravilloso de esto era que yo siempre estaba allí. Sentado en el sillón color miel, bañado por el olor a aceite de óleo, a poco menos de dos metros de un corazón que, con precisión estrepitosa, marcaba el tempo de la mano de una de las personas más increíbles que llegaré a conocer, que tomaba el pincel bañado de un color deliberado, tocaba el lienzo posado sobre el caballete del estudio… una y otra vez. La vida era un sueño.

Ignacio Rodríguez G de C

Creo en la colectividad. Me maravilla lo cotidiano y el pasar del tiempo. Soy apasionado de habitar espacios y conocer formas distintas de ver y entender el mundo, casi siempre, a través de una cámara y de las personas e historias que encuentro en el camino.