Un personaje para mi

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Job García vestía con pants y trajes de fútbol (mi favorito era el del portero Jorge Campos), le gustaba correr y salir en videos, a veces portaba un bigote de papel en el rostro, un saco y el portafolio de mi papá. “Ya me tengo que ir a trabajar” le decía a mi abuela y me encerraba en su habitación.

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Crecí en un hogar de padres trabajadores y ocupados, por lo cual, desde que tengo memoria me sé entretener sola. Me gusta mucho imaginar, escribir y dibujar, pero también soy ávida consumidora de películas, libros y televisión. Durante mis primeros años, veía una película a diario y, si tenía suerte, mi papá me leía un cuento antes de dormir. A esa edad me encantaba oír historias, mis personajes favoritos eran los audaces y aventureros que iban tras lo que querían. 

Es así es que a los tres años decidí que cuando fuera grande sería como Oliver de los Súper campeones y tal vez un poco como Aladín y tendría un changuito que me acompañara en varias aventuras. Entonces, cree para mí un personaje que se llamaba Job García. Job era un personaje sin género (a esa edad me resultaba difícil pensar dentro de las limitantes de ese concepto). Job García vestía con pants y trajes de fútbol (mi favorito era el del portero Jorge Campos), le gustaba correr y salir en videos, a veces portaba un bigote de papel en el rostro, un saco y el portafolio de mi papá. “Ya me tengo que ir a trabajar” le decía a mi abuela y me encerraba en su habitación.

Esta etapa, que recuerdo muy libre y divertida, terminó cuando alguien me hizo notar que Job y yo no teníamos mucho que ver, pues Job hacía cosas “de niño” y yo era “mujer”. Lo que hacían y cómo se veían las mujeres era diferente a lo que Job representaba. Sin embargo, esto no debería implicar un problema, yo tenía un montón de libros y películas donde aparecían mujeres, seguro encontraría un nuevo modelo para mi personaje. Así que comencé a buscar en libros y películas, tenía que encontrar nuevas formas para que Job se pareciera más a una mujer, es decir, a lo que yo era.

Con el tiempo, esa idea de tener que cambiar la esencia de Job me aburrió y terminé por dejarle en el olvido. Pero mi inquietud y mi búsqueda por un modelo de “ser mujer” con quien me identificara siguió vivo. Los personajes mujeres que veía representadas en los medios que estaban a mi alcance no me convencían, me parecían muy frágiles, con vidas aburridas y sin mucho control sobre lo que les sucedía. Otras giraban en torno a un hombre que era quien vivía toda la acción. Les faltaba agencia. “Yo no soy así” llegué a pensar varias veces.

En esta búsqueda permanente, mi encuentro con el feminismo fue casi inevitable. A los 17 años encontré la primer amiga feminista: Virginia Woolf.  En su libro Una Habitación Propia, ella (como yo) se encontraba buscando. A ella, siendo una ávida lectora, le resultó evidente que existía una escasez de voces de mujeres en los libros que leía. Woolf tenía dos opciones: asumir una ineptitud innata del género femenino o pensar más allá.

Pensar que los hombres estaban por encima de las mujeres, era una idea que Woolf se rehusaba a aceptar. Así, ella identificó problemáticas que iban desde la falta de independencia económica y la atribución de actividades que disminuyen el impulso vital y la creatividad de las mujeres; hasta el efecto negativo que tienen en la psique femenina la falta de referentes y representaciones.

Los problemas que experimenté por muchos años como rarezas mías, adquirieron un sentido muy diferente cuando me encontré con este texto, así como con los otros textos escritos por mujeres que le siguieron. En ellas me vi. Dos realidades me golpearon. La primera: había más mujeres que sentían y pensaban lo mismo que yo. La segunda: esos problemas e inconformidades no eran solo míos, eran nuestros.

He notado que muchas crecimos de la misma manera: sin referentes. Es así, sin referentes, que empezamos a hablar, dando un salto de fe y contando nuestras historias. Creyendo que sí podíamos y que al menos alguien escucharía y, tal vez, diría: “yo también me siento así”. Ahí vamos, pero aún nos falta. Yo por mi parte, sigo buscando siempre. Busco historias y voces donde proyectarme, poco a poco voy agregando y removiendo de mi propio y permanente personaje: una mujer de la cual Job se sentiría orgullosa de ser.

Lucía Anaya

Soy muy curiosa, feminista, fan de los perritos, las caminatas y el café. Me apasionan los temas de sociedad, género, nuevos medios y cultura audiovisual. Me encanta aprender, estudié una Licenciatura en Arte Digital y una Maestría en Humanidades. Actualmente me desempeño como creadora de contenido digital tanto educativo como para marcas.