Todos los comen, pocos los matan

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La especie humana es la única en el reino animal cuya generalidad de sus miembros no mata a los animales que se come. Esta peligrosa y penosa labor es delegada a muy pocas personas, quienes generalmente provienen de condiciones socioeconómicas marginales y tienen limitadas oportunidades de empleo. En otras palabras, pagamos -y pagamos muy poco- para que otros realicen aquello que no queremos hacer, pues nos resulta horrendo y traumáticot

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¿Qué haría usted si tuviera que matar a cada uno de los animales que desea comerse?

La especie humana es la única en el reino animal cuya generalidad de sus miembros no mata a los animales que se come. Esta peligrosa y penosa labor es delegada a muy pocas personas, quienes generalmente provienen de condiciones socioeconómicas marginales y tienen limitadas oportunidades de empleo. En otras palabras, pagamos -y pagamos muy poco- para que otros realicen aquello que no queremos hacer, pues nos resulta horrendo y traumático. 

En su reporte titulado “El trabajo más peligroso de América”, Eric Schlosser reveló las condiciones de los trabajadores en los rastros y denunció las altas tasas de accidentes y lesiones como amputaciones, lesiones mecánicas, ahogamientos, etcétera. También encontró que la mayoría de estos trabajadores desarrollan estrés postraumático, que la industria recurre a migrantes o indocumentados para ahorrarse la seguridad social y que la rotación de personal es muy alta.

Por su parte, el informe de la organización Oxfam titulado “Vive en la línea”, denuncia que los trabajadores de Tyson –una de las principales productoras de pollo a nivel mundial- se veían obligados a usar pañal para no gastar tiempo en ir al baño, ya que en las líneas de producción cada trabajador debe destazar, por medio de tres cortes, 45 aves por minuto.

En carta dirigida a la Dirección General de Jefatura de Ganaderos, la Dra. Mónica Palacios, médica otorrinolaringóloga del Instituto Mexicano del Seguro Social y encargada de atender a los trabajadores de los rastros de León, Guanajuato, revela que el 100 por ciento de éstos presentan vértigo matutino, dolor de cabeza, zumbido de oído, deterioro en el carácter, falta de ánimos y tendencia a la depresión, además de que el uno por ciento tienen pensamientos suicidas. En general desean cambiar de trabajo, pero cuando lo logran, otros llegan en su reemplazo.

Las historias anónimas de estos hombres no llenan los diarios y jamás han desatado un debate social. En el mejor de los casos son desconocidas, porque en el peor son normalizadas, romantizadas o dejadas en una zona invisible. Todo sea por mantener nuestros hábitos de consumo intactos y porque el verdadero precio de la proteína animal de “bajo costo” lo paguen otros, con la excusa de que así es la vida y de que todo trabajo es digno.

Pero en realidad el trabajo es mucho más que un medio para obtener ingresos. Representa una de las máximas expresiones de la individualidad y es una forma de autorrealización. Ha de proyectarnos hacia mejores estados físicos, mentales y morales, lo cual facilita la integración e interacción con la comunidad. Al comer animales y sus derivados condenamos a los trabajadores de los rastros a un trabajo detestable, malsano y peligroso. 

La verdadera solidaridad con ellos no sería brindarles mejores condiciones laborales y mucho menos encumbrarlos como los sufridos héroes cuya labor provee de alimentos a la sociedad. No cuando sabemos que el consumo de proteína animal es innecesario y su producción ineficiente y contaminante. La verdadera solidaridad es por doble vía: con los trabajadores y con los animales no humanos, y se materializa dejando fuera de nuestro plato toda esta cadena de explotación y crueldad.

Los seres humanos tenemos la capacidad genética de empatizar con el sufrimiento ajeno y cada día hay más leyes de protección animal.  Sin embargo, degollar, desangrar y descuartizar a un animal no es condenado por la sociedad y el Estado si se realiza en espacios y con fines legales, aunque no legítimos. Tampoco lo es si lo realiza un matarife y no una persona común, como si en el fondo fuéramos tan distintos.

Quizá la mejor respuesta a la pregunta inicial sea dejar de comerlos. Después de todo, ¿a quién le agradaría encajar el cuchillo a un animal que, asustado, implora por su vida?

Israel Arriola

Se graduó en licenciatura y maestría por la Escuela Nacional de Entrenadores Deportivos. Actualmente se desempeña como profesor en la Universidad La Salle Nezahualcóyotl, en el área de Ciencias en el Deporte. Es vegano y activista por los derechos animales desde 2008. También hace parte del movimiento por el Descrecimiento en México.