Todo se derrumbó

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Mi papá  me describe los fantásticos veranos que, sencillos, lo hicieron feliz. Cómo era todo de bonito, se acercaban caballos. Él y sus amigos, todos vecinos, corrían libres. Adolescentes, no adolecían de casi nada en cuanto a espacios se refiere. Me pareció un lugar idílico. Me coloqué unos lentes y lo ví, lo ví a través de sus recuerdos, allí sentados juntos.

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En las últimas semanas de la enfermedad de mi papá, volviendo del doctor con él muy cansado, le propongo hacer un desvío para llevarlo a la casa donde vivió de chavo cuando regresó la familia de Ciudad de México a vivir a Monterrey. No quería molestarlo, pero si tal vez sacudir las cavernas de su inconsciente y su memoria. Una propuesta extraña para un paciente que se sentía como se sentía él. Una buena intención, egoísta y a la vez generosa, después de todo, era lo que a mi me gustaría estar haciendo no solo al borde del final de la vida corpórea, sino a cada tarde cualquiera que ataca… (verán, estoy contagiada de un mal) la Nostalgia Espacial.

No sé de qué manera conseguí mejorar su mal humor, y con todo y el cansancio nos desviamos de la Avenida Luis Elizondo, buscando el rumbo entre las tranquilas calles de la vieja Colonia Altavista . 

Para tardar menos -le pregunté. 

Dime por donde darle, Papi.

Él comenzó a guiarme resignado.

Era una tarde de enero, soleada y brillante, de tono cálido en su luz.

Paramos al frente la camioneta y es entonces cuando mi papá se transforma.

Aquí era mi cuarto, el de allá el de mis hermanas, en planta baja. Ahí les llevaban serenatas.

Tenía una herrería muy bonita, pintada en blanco. La reconozco de la foto familiar en las bodas de mis papás. Un gusto volverla a ver sirviendo.

Mi papá empieza a descolocarse, como una presa que frena las aguas de la memoria y se deja venir en cascada.

Quisiera poderlo recordar todo, pero no, a pesar de lo significativo del momento. Esto lo escribo seis meses después de su muerte, ocurrida tres semanas después de esa tarde.

Como lo vi entusiasmado le pregunté: ¿Quieres que timbre? ¿Entramos? Yo te ayudo.

 Me dice muy tajantemente que no, y comprendo.

Cómo resultó tan bien, nada más mirando desde el carro, opté por tomar un zigzag de calles y alargar la experiencia en lugar de salir directo al eje que nos saca del área donde estamos suspendidos en sus recuerdos. En esta burbuja de nostalgia paterna de la que yo quería conocer más. No quería todavía ver tiendas OXXO, Farmacias del Ahorro, Carnicerías Ramos en la avenida principal.

Y como muchos otros momentos que el mes de enero nos regaló, mágico el instante en que desembocamos en el área de parques y esparcimiento de la Colonia. Mi papá se vuelvió a iluminar, ahora sí en serio. Lo veía a él y no a lo que con su brazo me señalaba. No podía creer la transformación de su rostro.

Áreas generosas, las mejores del terreno para lo común: una cancha, unas albercas, una casa club, además del parque, veo con mirada arqueológica.

Mi papá  me describe los fantásticos veranos que, sencillos, lo hicieron feliz. Cómo era todo de bonito, se acercaban caballos. Él y sus amigos, todos vecinos, corrían libres. Adolescentes, no adolecían de casi nada en cuanto a espacios se refiere. Me pareció un lugar idílico. Me coloqué unos lentes y lo ví, lo ví a través de sus recuerdos, allí sentados juntos.

Hoy el parque no desmerece mucho, lo único extraño quizá es que no había gente. La construcción donde estaban vestidores y cuartos de juego, otra historia. Cubiertos de grafitti, sin ventanas, en el abandono.

¿Que la gente ya no vive igual? Pues no. Esas áreas comunes, un resguardo del sol alrededor de la alberca, zona de descanso que contenía billares y tal vez una fuente de refrescos, ya no le interesan a nadie.

Me tuve que morder un labio para no entrar más allá al decrépito edificio social. Ni cómo proponerlo. Ya volveré yo sola a imaginar a mi papá a la edad que tienen mis hijos, vivir sus mejores años de juventud. Mi papá me contó que, cuando su amigo, un arquitecto, fue presidente de la colonia puso candados jurídicos a la venta de las áreas comunes. Y hoy lo que es de todos, no lo cuida nadie. 

Estudió Urbanismo tratando de entender los patrones de la renovación urbana, pero ese no es el tema. Yo, que tanto lo necesito, no puedo visitar espacios de mi niñez. Los sé recorrer detalladamente en mi memoria, pero mi impulso de acudir, de habitarlos, no tiene a donde ir.

Mi casa de infancia, las de mis dos abuelas, mi colegio, mi adorado edificio que tan pequeña me grabé. Hoy un centro comercial se erige montruoso, como mucho de lo que sustituye a lo que fue.

 Me paro en el punto donde al cerrar los ojos puedo ver la mesa de picnic donde me sentaba con mi mejor amiga a dibujar. Es como una marca X en un mapa de tesoros, tesoros para mi esas coordenadas. Al igual que ahora las de mi padre. Pronto las señalaré en un condominio, si es que se me permite la entrada.

Ana Pérez Riojas

A diario batallo un poco con filosofía, yoga, ballet, como disciplina. La escuela formal fue comunicación, humanidades y urbanismo, el reto y gusto ha sido relacionarlas.

El deseo último, que los intereses y la curiosidad no se terminen. Me puedo maravillar de cualquier cosa, y principalmente de mis hijos. La música es algo importante para mí. Me puede hacer o deshacer los días.