Su fin del mundo

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Con solo seis años, tiene más de un mes viajando día y noche. Está rodeada de desconocidos, tiene hambre, sed y cansancio. Sabe que ha recorriendo países enteros, pero desconoce en dónde podrá dormir. Su única certeza es la mano de su mamá, ese es el mundo que conoce.

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Con solo seis años, tiene más de un mes viajando día y noche. Está rodeada de desconocidos, tiene hambre, sed y cansancio. Sabe que ha recorriendo países enteros, pero desconoce en dónde podrá dormir. Su única certeza es la mano de su mamá, ese es el mundo que conoce.

Mientras camina, mientras come un poco, mientras patea piedras, no deja de repetir un número de teléfono. Sabe que es importante, sabe que puede salvarla cuando lleguen, porque ya están cerca.

De pronto se ve rodeada de sirenas, de gritos, de muchas voces extrañas, de palabras que no entiende, hay personas que hacen muchas preguntas, su mamá está esposada, ella se aferra, pero la jalan, no la escuchan, está sola, como más de 2 mil 300 niños en dos meses.

En abril, Estados Unidos (EEUU) implementó una política de “Cero Tolerancia” para migrantes, bajo la cual todos aquellos que son detenidos cruzando la frontera de manera ilegal son procesados penalmente de manera inmediata.

Si estas personas están acompañadas por menores, los niños son separados y llevados a albergues temporales, lejos de sus papás “criminales” que están siendo internados directamente en penales federales.

De acuerdo con información del Health and Human Services de ese país, el promedio de tiempo que un niño migrante pasa solo en este tipo de instalaciones es de 56 días.

Esta práctica ha sido calificada por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y la oficina de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), como un abuso y una violación de la Convención sobre los Derechos del Niño.

Sin embargo, el Gobierno de Donald Trump considera más importante dar una lección a los padres migrantes y forzar la aprobación en el Congreso de la Ley Migratoria, que el bienestar de los casi 2 mil 400 menores que han sido separados de sus padres, por intentar cruzar ilegalmente hacia su país.

Trump no entiende que esos migrantes no quieren dejar de ser padres, no quieren “proteger” a sus hijos abandonándolos en sus países de origen, ofreciéndoles solo violencia, pobreza e inseguridad. No entiende que desean tanto seguir siendo padres que cruzan miles de kilómetros cargando a sus hijos, compartiendo con ellos la poca comida a la que tienen acceso.

De acuerdo con la organización Agenda Migrante, el 30 por ciento de los menores detenidos en EEUU son de origen mexicano, pero apenas esta semana, después de dos meses de implementada la medida, el Gobierno mexicano finalmente decidió fijar una postura al calificarla como cruel e inhumana.

En Estados Unidos la sociedad civil ha empezado a movilizarse con marchas ciudadanas, algunos políticos e incluso empresarios como el presidente de Apple, han expresado condena ante esta crisis humanitaria.

Sin embargo, para el Gobierno estadounidense no parece haber autoridad que valga, fuera de la propia, pues ayer decidieron salir del Consejo de los Derechos Humanos de la ONU.

Mientras tanto, miles de niños llevan semanas viviendo su propio fin del mundo en instalaciones hechizas que tienen jaulas por cuartos, bancas de metal por camas y papel metálico por sábanas; en donde los mayores se ven orillados a cuidar a los menores, incluso, aprendiendo a cambiar pañales de bebés que no conocen.

Estas “prisiones” infantiles que pretenden proteger a los niños de sus criminales padres, están llenas de miedo, soledad, desamparo, llanto, gritos desesperados llamando a mamá y papá.

También hay una voz de una niña de 6 años que repite incansablemente un teléfono, ese que se aprendió porque podría salvarla, pero al otro lado de ese número está una tía indocumentada que, de intentar rescatarla, iría directamente a una prisión federal.

Adriana Loya

Soy comunicóloga y he trabajado 15 años en medios impresos y digitales como reportera y editora. Estoy convencida de que la información debe ser accesible para todos. Gracias a la timidez crónica que padezco, desarrollé el gusto por ser espectadora y traducir en palabras mi percepción de lo que pasa.