Sororidad y mi madre

Por |

Le reclamo el altar que le hizo a su primogénito, y su indiferencia hacia mi lucha. Le reclamo la puerta cerrada y encadenada cada que quiero hablar con ella. Le reclamo la omisión y los secretos, las mentiras y las verdades también. Le reclamo el ejemplo de sumisión y la entrega de su cuerpo. Le reclamo tanto. Qué difícil es ser sorora con mi madre. Hasta ahora me resulta imposible.

Compartir esta nota:
Facebook
Twitter
Google+
WhatsApp

La cultura y la crianza machista de dónde vengo me habían convencido de distanciarme de mujeres que yo consideraba mis iguales: complicadas y desgraciadas. Me odiaba por haber nacido mujer y sentía que no podía querer a otras mujeres. Batallé siempre para hacer amigas. Sin embargo, casi siempre me mantuve cerca de mujeres maternales. Mujeres de voces y brazos fuertes. Mujeres pacientes y compasivas. Que no me juzgan ni me callan. Mujeres que deseaba tanto que fuesen mi madre en distintos y específicos momentos de mi vida. 

El feminismo me salvó la vida y la sororidad me enseñó a acercarme a más mujeres, hacer amigas de verdad, empatar con ellas; escuchar sus historias y compartir las mías. Me enseñó que no todas tienen que ser mis amigas ni tengo porqué agradarles a todas, pero sí a ser sorora con ellas. Ser crítica de sus construcciones, sus miedos y ambiciones. Mujeres que son hermanas de sangre y de lucha. Mujeres que son como tías; que me motivan, me retan y alientan a hablar, a escribir, a pelear y a no rendirme. Mujeres que me han mostrado sus heridas de guerra y los aprendizajes que les dejaron. Que me han mostrado la fortaleza que hay en reconocer las faltas y repararlas. 

La sororidad no sólo me acercó a otras, me acercó mí misma, a la mujer más importante en mi vida. Aprendí a moverme de lugar, a revisar mis acciones y mis intenciones, y ser honesta con mis motivaciones. Pero ni el feminismo ni la sororidad me dieron una madre. Al contrario, siento que me han alejado de ella.

No me quejo del todo. Poner distancia entre mi madre y yo me ha dado claridad para pensar, verme y sentirme como individua. Me ha servido para reconocer mis cualidades, tanto las aprendidas como las heredadas. Deshacerme de lo que no quiero en mí y quedarme con lo que me sirve. Reconocer patrones de conducta que no tienen cabida en la persona que quiero ser. Estoy aprendiendo a ser, para mis hijos, una madre como la que yo no tuve.

En mi proceso terapéutico descubrí carencias afectivas las cuales están llenas de reclamos hacia mi madre. Le reclamo el silencio y su pasividad. Le reclamo la ciega devoción con la que sirve a mi padre. Le reclamo la frialdad con la que me dice “supera tus traumas”, sin darse cuenta de que si no se hablan, no se superan. Le reclamo el peligro en el que viví tantos años y ella impasible. Le reclamo el altar que le hizo a su primogénito, y su indiferencia hacia mi lucha. Le reclamo el haberme negado la educación. Le reclamo haberme casado a la fuerza. Le reclamo la puerta cerrada y encadenada cada que quiero hablar con ella. Le reclamo la omisión y los secretos, las mentiras y las verdades también. Le reclamo el ejemplo de sumisión y la entrega de su cuerpo. Le reclamo tanto.

Qué difícil es ser sorora con mi madre. Hasta ahora me resulta imposible.

Cada que me acerco a ella me vuelvo hija, y me hago chiquita. Quedo a su merced y quedo en falta. Me falta la fuerza y la voz. Me falta la lucha y el ejemplo. Me falta el afecto materno en la que una se sostiene cuando el mundo es cruel. Me falta el regazo donde poner mi cabeza cuando se me apachurra el corazón. Me falta la mirada de compasión cuando me equivoco con mis hijos. Me falta la compañera en las marchas y en mis propias consignas. Me falta mi madre y quedo huérfana y pequeña. 

Celeste Matsumoto

CDMX, 1988.

Floricultora. Madre. Docente.

Estudiante. Feminista Radical.