Solo para personas divorciadas y viudas

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Bastó preguntar en círculos cercanos si existen barreras entre personas casadas, solteras, viudas y divorciadas para darme cuenta del dolor y el miedo que se esconden tras los prejuicios. No es que me asombrara, vamos, pero qué poco hablamos del tema con verdad, desde el corazón.

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Si tienes el estatus de divorciado o viudo, esta columna es para ti. ¿Solteros? Solo si consideran que pueden ser empáticos. ¿Personas casadas? Yo creo que, atendiendo al encabezado, ni siquiera se asomarán por aquí, ¿o si?  

Una disculpa por la rudeza, pero urge que hablemos. Y es que no socializo mucho. Como muchos que han pasado por aquí, los últimos tiempos me ocupé haciendo inventario, tirando y restaurando mis piezas, aprendiendo el argot legal, practicando todos los tonos para poner límites y reglas de convivencia con una persona con quien ya no convivo; haciendo, recibiendo y curando heridas de los hijos; procurando ser un elemento valioso en mi trabajo y haciendo mi mejor esfuerzo por que mi casa sea un hogar nutricio y feliz… Pero perdón, esta columna no solo se trata de mi.

Bastó preguntar en círculos cercanos si existen barreras entre personas casadas, solteras, viudas y divorciadas para darme cuenta del dolor y el miedo que se esconden tras los prejuicios. No es que me asombrara, vamos, pero qué poco hablamos del tema con verdad, desde el corazón. Si se habla de “los caídos” en el incumplimiento del deber, es en una esas conversaciones de café o al final del día, en la recámara de los casados. Uno más a la lista, ya está.

Sentí el impulso de indagar sobre esos vínculos gozosos que dejan de serlo por creencias.  No todos los grupos a los que solíamos pertenecer se sostienen. Algunos simplemente se reconfiguran, pero también hay personas y grupos para quienes la condición de “disponibles” parece incomodarlos, como si saliéramos con una escopeta imaginaria a la espalda, resueltos a cazar y poner en riesgo a toda pareja estable y feliz. Ok, exagero un poco, pero te animo a preguntar a tus amigos viudos, solteros o divorciados si se sienten siempre incluidos.

A veces por elección, otras sin desearlo, nos quedamos a la orilla, como si formar una mesa para nueve o para siete representara más complicaciones que resolver el tema de ver a quién llevamos al evento social. Nos sacan la roja porque nos equivocamos, porque estamos de duelo o porque seguro tenemos mucho qué hacer, como si nuestra agenda social rebosara de compromisos o no extrañáramos platicar con los amigos de toda o parte de la vida. 

Pero a ver, ¿este dramón es de una sola vía? ¿Acaso no nos comportamos a veces como el Club de los Rotos y los Raros y también segregamos? ¿No somos expertos en detectar matrimonios prendidos de alfileres y al mismo tiempo, salivamos con parejas amorosas, que se escuchan y expresan abiertamente el afecto? 

En mis pesquisas exploré territorio conocido: el de quienes somos expertos en prejuzgar a las personas por su historia, sus elecciones, sus preferencias, su silencio, sus heridas, sus errores y la distancia existente respecto a determinados parámetros de éxito.  

Preguntando y preguntando empaticé con hombres y mujeres que nos sabemos al dedillo la mitad de la historia, pero trastabillamos para completar la redondez del relato. Encontré nostalgia por lo perdido; evasivas por lo no admitido y silencios por lo atragantado. Hubo quien se autodefine como “pinche raro” por mostrar con humor las cicatrices de sus batallas. 

Hablamos de las apuestas a que la tecnología, a través de aplicaciones que prometen aliviar la soledad. Hubo quien no quiso echarse al agua ni dejarse llevar río abajo y también di con duelos muy resueltos y vidas felizmente ajustadas a las realidades actuales. Algunas personas me compartieron su reclamo a una sociedad que no quiere verse en este espejo, ni aprender a acompañar. 

Ni víctimas ni victimarios. Adoptamos creencias que absurdamente nos ubican en las esquinas del mapa. En cada lado hay gestos y conductas que duelen, omisiones, ladrillos que elegimos apilar para construir muros en lugar de puentes o amables andadores. ¿Eso queremos?

Ariadna Ramírez Garagorri

Hasta hace no mucho me habría presentado a través de lo que hago profesionalmente y más en confianza, habría hecho referencia a mi rol de madre de dos adolescentes, a mis intereses y pasiones. Ahora intento, por un lado, cultivar el silencio y encontrar en él alguna novedad acerca de quién soy hoy, y por otro, retomar con cierto rubor mis quereres con la escritura.