Sobre atardeceres y amor en Bangkok

El atardecer en Bangkok es, sin lugar a dudas, una bella rendición a la melancolía trágica de nuestros días. Al saber que estamos al borde de nuestro propio perecer. 

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El avión rozó la pista con una caricia violenta. Las llantas gritaron y con ellas, yo quise gritar. En el tambalear de ese aterrizaje fue que sentí el peso de mis viejas decisiones. Planeamos hace ya unos meses, con amigos expatriados en Hong Kong, un reencuentro vacacional en Tailandia. Teníamos tiempo sin vernos y por ello decidimos venir desde París a escapar al invierno europeo y al infierno laboral que sacude al mes de febrero. Cuando las puertas del avión se abrieron, el aliento de Bangkok se escurrió cálido entre los asientos. 

Encuentro desafiante el turismo en una capital. Tras algunas aventuras por aquí y por allá, me he dado cuenta de que es una mezcla entre el conocer y el transponer. Uno descubre, mientras vive desde su propia piel, lo que una vida significaría en otro lugar. Turistear es proyectar. Es ver en la gente que anda por las calles nuestro propio lugar en otra sociedad. Y es por ello que para mí, el turismo de capital va más allá de lo que los monumentos nos cuentan. Los puntos turísticos pierden relevancia cuando de cernir una ciudad se trata. Las cosas pequeñas, casi banales, se vuelven piedra central en el análisis territorial de lo que representa vivir una ciudad. Londres no es el Big Ben sino la cortesía particular, la etiqueta elegante, de su sistema de metro. Y Río de Janeiro no es el Corcovado sino la cultura local de sunga y voleibol. En el taxi desde el aeropuerto hasta el centro de Bangkok, pensé en las pequeñas cosas que esperan mi curiosear. 

Cables. Así es. A la ciudad de Bangkok, con sus banquetas limpias, edificios altos y motonetas volando por todos lados, le cuelgan millones de cables entre sus calles. Se les ve suspendidos en líneas finas desde una esquina hasta la otra. Después convergen en puntos precisos donde se enrollan y se empilan. Un enjambre de electricidad. Hay algo en ellos que encuentro bello. En el ver, a ojo pleno, el mecanismo físico que facilita nuestra vida. 

Tras algunos días cálidos persiguiendo el viento bangkokiano, me puse a pensar en la energía. Reparé en cómo aquel fenómeno que viaja de cable a cable, tiene el poder tanto de iluminar como de disfrazar la ciudad en su descender hacia la oscuridad. Bangkok de día y Bangkok de noche no son la misma entidad. En el día se le siente una frescura colorida, los edificios y parques—como Lumphini—brillan bajo un sol que acentúa la gama de colores ágiles que ofrecen sus espacios. La mezcla de verde biológico y gris hormigón es ubicua, pues parecería que la ciudad se asentó respetando el fervor por la naturaleza. Pero de noche, Bangkok es un llover de luces. Un museo de anuncios luminosos que gritan acerca de manjares, masajes y otras hazañas. En la oscuridad Bangkok es mística e hiperactiva. 

Cuando el sol cae y la noche amenaza, un espectáculo singular se produce en el horizonte. Al cielo se le embarra un rosa melón con matices pastel esfumado. Después brota un morado diseminado de entre las nubes que vuelan a pesar de su empacho de agua. Es la capa de contaminación que apadrina estos efectos visuales. El atardecer en Bangkok es, sin lugar a dudas, una bella rendición a la melancolía trágica de nuestros días. Al saber que estamos al borde de nuestro propio perecer. 

La cúpula de polución me recuerda otro elemento particular de Bangkok: al menos un tercio de sus habitantes porta un cubrebocas para contrarrestar la suciedad que cuelga del aire. En el metro (al que los locales llaman tren del cielo), nos cruzamos con una chica con un cubrebocas en forma de nariz de gato. Y pienso entonces en las implicaciones de vivir en una sociedad que te obliga a esconder mitad de tu cara tras un filtro de tela. Qué difícil tiene que ser enamorarse en las calles de Bangkok, donde la mitad de los rostros se ocultan del público y de la polución. Es la primera vez en la que analizo tal impacto de la contaminación: las partículas dañinas bailando en el aire destruyen tanto la vida como el amor. 

El lunes, desde la primera fila para despedir al sol, vi a varias personas locales detenerse para admirar el atardecer. En ese instante me revivió lo que ya te conté: los tantos enamoramientos fallidos que se desvanecen cuando la población intenta protegerse de la contaminación. Veo a los habitantes tranquilos, seguramente ajenos a mi diagnóstico melodramático. Ellos observan el atardecer, algunos toman fotos y después todos escapan. Continúan con su vida sin saber que son víctimas de esa polución que les roba el amor y los enamora del sol. 

Mahomed-Ramiro Jezzini

Me expatrié con un cuaderno para en ocasiones escribir de mi regreso. Cuento historias en jezzini.eu

8 comentarios en “Sobre atardeceres y amor en Bangkok

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