Sin sitios para huir

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Tantos reportajes en la tele me alarmaron a tal grado que un día tomé un paliacate, empaqué una barra de chocolate y una Barbie, me lo colgué a la espalda con un palo -al estilo del patito feo- y les dije a mis papás que, si ellos querían vivir en la ciudad más contaminada del mundo, era su problema. Que yo me iba de la casa.

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Mis padres tienen una anécdota de cuando yo era pequeña. A inicios de los años 90 y ante unos índices de contaminación ambiental que parecían incontrolables, en la Ciudad de México se instauró el programa “Hoy no circula”. Fue una medida muy controversial y de hecho aún se cuestionan sus beneficios en términos ambientales, pero el gran revuelo que causó en los medios logró poner en la agenda un tema que hasta entonces no había figurado en las reflexiones colectivas. Tantos reportajes en la tele me alarmaron a tal grado que un día tomé un paliacate, empaqué una barra de chocolate y una Barbie, me lo colgué a la espalda con un palo -al estilo del patito feo- y les dije a mis papás que, si ellos querían vivir en la ciudad más contaminada del mundo, era su problema. Que yo me iba de la casa. 

Este relato ilustra no sólo que me urgía restricción televisiva, sino que hasta una niña de cinco años es capaz de reconocer la insensatez de no contar con un derecho tan básico como el de respirar aire limpio. Algunas décadas después amanezco en Monterrey, mi nuevo lugar de residencia. Abro la ventana esperando ver la silueta del Cerro de la Silla, pero hay una nube gris en su lugar. La historia se repite. 

Cierro la ventana y pienso que no podemos seguir así. En 2017 se publicó una investigación del Instituto Nacional de Salud Pública en la que se demostró que, por lo menos, alrededor de 1 mil 200 personas habían muerto en Monterrey el año anterior por afectaciones causadas por la respiración de partículas contaminantes. 

Todos los días los habitantes de Monterrey respiramos altísimos niveles de partículas menores a 2.5 micras de dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno, monóxido de carbono, cemento y amoníaco. Debido a su tamaño, estas partículas se almacenan en los pulmones, hígado y corazón e intoxican lentamente al cuerpo sin que éste sea capaz de eliminarlas. 

La mala calidad del aire no solo merma la calidad de vida de las personas de manera directa al afectar su salud física; a largo plazo afecta la productividad personal, la economía familiar y la economía gubernamental, pues las personas comienzan a generar gastos relacionados con los servicios de salud y cesa su capacidad para crear riqueza en las empresas.

En años recientes, grupos de activistas y representantes de organismos internacionales han señalado esta problemática sin que las instancias gubernamentales locales reaccionen. La falta de regulación ha provocado una exacerbada instalación de sedes industriales en la entidad. 

Según el documental de Cyan Media Lab, ¿Cómo llegamos aquí? (disponible en YouTube), Nuevo León pasó de tener 64 a 80 pedreras de 2013 a 2018. El colectivo YoRespiroMty destaca que será imposible restringir las emisiones industriales mientras continúe la indiferencia institucional para generar, al menos, mecanismos para medirlas.  

Adicional a los desechos industriales, hay que considerar el gran volumen de monóxido de carbono generado por los automóviles del área metropolitana de Monterrey. El parque vehicular ha aumentado significativamente; pasó de 952 mil 866 unidades en el año 2000 a 2 millones 129 mil 728 en el 2017. 

Mucho se debe a aspectos culturales y al amor por la comodidad de una clase media, pero tenemos que admitir que las autoridades no han ofrecido alternativas ecológicamente sostenibles. El servicio de transporte público es motorizado, caro, inseguro, impredecible e ineficiente; la línea 3 del Metrorrey continúa sin inaugurarse y desde 2005 más de un centenar de personas han muerto en Monterrey y su zona conurbada por creer que podían hacer de su bicicleta un medio de transporte. 

Aunque no lo parezca, no todo es sombrío en este panorama. Aguerridos activistas comienzan a ganar adeptos entre la población de a pie y cada vez más personas ejercen presión para llamar a la acción a través de manifestaciones pacíficas y demandas al poder legislativo. En diciembre hubo una pequeña pero significativa victoria cuando lograron que se prohibiera la venta de pirotecnia en casi todos los municipios de la entidad. El domingo 19 de enero, por la mañana, los más diversos grupos –e intereses políticos- hicimos a un lado nuestras diferencias y levantamos la voz por el parque La Huasteca, por la inacción gubernamental y por nuestros pulmones.

Ahí está puesta la esperanza. Mientras tanto, recuerdo a mi yo niña y le confieso con vergüenza que, mientras no haya acción estatal o ciudadana, no habrá un lugar seguro al cual huir. 

Mariana Ramírez Padilla

Chilanga emigrada a Monterrey en 2019.Internacionalista; apasionada de los temas sociales y culturales de México.Estudiante de la maestría en Derechos Humanos en la UANL.