Sin sacrificios ni culpas

Por |

Así, para Haley, a pesar de sus importantes logros, los últimos cálculos políticos que Jesucristo hizo lo condujeron justo hacia el peor escenario posible que él mismo pudo prever: su ejecución.

Compartir esta nota:
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

A unos cuantos días de Semana Santa y asumiendo la recomendación de tomar este período como una oportunidad de recogimiento y reflexión sobre la vida y obra de Jesucristo, me interesa dedicarle algunos de mis pensamientos, pero desde una perspectiva no confesional.

Mi punto de referencia preferido es el ensayo de 1969 del psiquiatra Jay Haley, quien analizó las tácticas de poder de Jesucristo al describir sus actos públicos y labor pastoral desde una clave mundana, o séase, como acciones y estrategias que él desarrolló como líder social y político en un contexto histórico donde la religión y el poder clerical también eran sus indisociables marcos de referencia y de acción.

De forma muy general Haley plantea que Jesucristo es el personaje o la figura que inaugura uno de los modelos de acción social y política que han marcado pauta hasta la actualidad: el ejemplo clásico de cualquier movimiento revolucionario. Idea principal que el autor expone en su ensayo y que, en lo personal, yo también extendería a lo que hoy conocemos como los movimientos sociales, pero a los que algunos autores consideran como fenómenos surgidos en la Modernidad.

Sobre lo anterior recuerde que Jesucristo desarrolló su misión entre los rechazados y excluidos quienes eran tratados de forma injusta, con el fin de sanarlos, protegerlos y reivindicarlos; sectores marginados y maltratados que son el centro de, si no todos, la mayoría de los movimientos contrahegemónicos contemporáneos. Consistente con esta perspectiva, podría bien considerar a Jesucristo como un digno representante del derecho a la inclusión.

En su análisis Haley se distancia de la idea de considerar a Jesucristo como el “Hijo de Dios”, de hecho, explica que su estrategia de poder sufrió un tropiezo cuando los sacerdotes del Sanedrín aprovecharon su declaración implícita y explícita de que él era el mesías para acusarlo de blasfemia y herejía, y con ello justificar su proceso de acusación. Así, para Haley, a pesar de sus importantes logros, los últimos cálculos políticos que Jesucristo hizo lo condujeron justo hacia el peor escenario posible que él mismo pudo prever: su ejecución.

De esta manera, Haley nos muestra a Jesucristo como un líder muy humano, a un personaje de carne y hueso con grandes y novedosos aciertos, pero también con inesperados errores, y cuya trayectoria narrada en las escrituras sagradas, puede ser analizada en una dimensión más asequible y racional y no sólo desde una perspectiva de dimensiones místicas o sobrenaturales, en la que la mayoría de nosotros somos introducidos e instruidos en la fe religiosa.

Fe religiosa plagada de un tipo de pensamiento que hasta no hace mucho se consideraba propio de los pueblos primitivos o incivilizados, el pensamiento mágico; y en el que bien cabe la posibilidad “real” de que seamos víctimas de un hechizo maligno, así como la opción de contrarrestarlo con los poderes del agua bendita.

Pero gracias al análisis hermenéutico y simbólico también podemos revelar la “racionalidad” que sostiene a este tipo de pensamiento, y desde el cual se valida el «dogma sacrificial» en el que Jesucristo es su figura central. Dogma que sublima el sacrificio como el vórtice arquetípico y dialéctico de un esquema simbólico de renovación cíclica del mundo y con el que se plantea una conclusión lógica de pensamiento muy humano y arcaico: aquello que vivió también alimenta nueva vida; como la metáfora antropofágica en que Jesucristo, el cordero, ofrece a sus discípulos su propio cuerpo y sangre para que accedan a una nueva y mejor vida (eterna).

El único problema, desde mi punto de vista, es que con este pensamiento humano lógico, pero arcaico y mágico –característicamente acrítico–, el ciclo civilizatorio de violencias sacrificiales se configura como un modelo ideológico eternizado de relaciones piramidales y desiguales, de muy humanas y mundanas estructuras de dominación y subordinación alimentadas por la sangre necesaria de un salvador, de un culpable, cual herético criminal, o hasta la de un despistado que se le haga pasar como chivo expiatorio. 

Es por esto por lo que concluyo estos pensamientos sin acusar ni culpar a quienes se toman la Semana Santa más como un período de descanso y diversión que como un momento para venerar o idolatrar, irreflexiva y acríticamente, este pasaje bíblico de reafirmación del dogma sacrificial.

Nota: una primera versión de este texto se publicó en la plataforma digital 15diario.com

Jorge Arturo Castillo

Sociólogo y antropólogo social. Secretario general de Alianza Cívica de Nuevo León, A.C. y colaborador de la plataforma digital 15diario.com, con la columna ‘Al Borde’.