Sin pena ni pene

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Es invierno de 2014. Sigo sigilosamente al hombre del chaleco azul como se me ha indicado, desde la entrada de la plaza. Es un cincuentón un poco calvo, enfocado en sus pensamientos.  Los camaradas se han distribuido en el centro comercial, cada quien, a su presa. Nadie debe darse cuenta. Tenemos la consigna de hablar lo menos posible y de manera especial cuidar no sonreír fácilmente.

Flexiono las piernas con soltura, deambulo atrás del casi calvo. Observo cada uno de sus movimientos; ha entrado a buscar ropa, apenas se detiene en algunas chamarras; las voltea levemente por ambos lados, luego las suelta con desdén y pasa a la siguiente. No hay mucha gente, la misión no es tan sencilla.

No se decide por nada. Sale, entramos a otra tienda elegante. Me acomodo el cuello de mi camisa. Soy un hombre delgado, mi pinta es de testigo de Jehová desubicado, combinado con hippie también desubicado.  Aquí los empleados son discretos, pero más observadores, me prestan un poco de atención, eso no es conveniente. El cincuentón, después de ver algunas cosas, se decide. Se prueba la pieza en unos cuantos segundos, se mira brevemente en el espejo, se quita la prenda y se dirige a la caja.

Yo me desplazo rápido, requiero cambiar de ángulo para verlo de frente, me interesan sus manos y su cartera. El guardia me está observando, disimulo interesarme en una sudadera. El cincuentón toma entre sus dedos índice y medio la master card. La empleada se desvive diciéndole algo con una gran sonrisa. Él en una décima de segundo esboza una décima de mueca. La empleada disminuye su entusiasmo facial, le cobra y con extrema amabilidad lo despide.

Sale de la tienda, continúo unos pasos atrás de él. Me aseguro de acompañarlo al estacionamiento y verlo subir a su Ram. Tengo un registro mental de todos sus movimientos. Nadie se ha percatado. Suspiro con alivio.  Regreso y me dirijo al área de comida. Ya están dos de mis compañeros. Nos saludamos con un movimiento de cabeza y un ¿qué onda, güey? mientras chocamos el puño. Me dirijo al mostrador y pido una hamburguesa evitando casi hablar. No es difícil, la empleada me hace sugerencias y yo solo señalo y apenas murmuro lo que quiero. Me sonríe; tiene los ojos grandes y bien maquillados. ¿Me está coqueteando? Me pica un poco la barba, me rasco levemente. Los otros llegan y comemos juntos. Con una mirada, mi camarada me indica ir al baño. Eso es cosa de mujeres, pero lo hacemos dejando tiempo y entrando por pasillos diferentes. Nadie nos mira. Al salir de los compartimientos dos batos están orinando; nos ignoran por completo, terminan y solo uno se lava las manos. Mi compañero y yo intercambiamos miradas, nos cercioramos de que no haya nadie aparte de nosotros. ¡Se me andaba cayendo el pene, güey! Exclama; me sorprendo y quiero reír a carcajadas, pero me aguanto.

Regresamos al Contempo. Ana Francis, la Reina Chula, quiere saber cómo nos fue. Todas queremos hablar, hemos seguido a los hombres para observarlos cómo se mueven, cómo gesticulan, cómo tratan y son tratados, y procurar imitarlos. Antes hemos caminado algunas calles en solitario. Todas estamos sorprendidas y coincidimos en lo fabuloso que es ser dueños de los espacios públicos, caminar sin ser observados, seguros, con ropa cómoda, con zapatos de piso, sentarnos con las piernas abiertas, ordenar la comida y ser tratados con sonrisas esplendidas; traer la cara lavada y no vernos mal por ello, con las cejas sin depilar, y ¡hasta las canas nos sientan bien! En pocas palabras ocupando el espacio a plenitud.

¡Pero qué incómodo es que se te caiga el pene!, digo delatando divertida a mi compañera y ella narra el suceso con pena y gracia. Quizá te lo fabricaste demasiado chico, dice una, o el bóxer te quedaba muy flojo, todas reímos imaginando caer por la entrepierna el condón relleno de algodón que se puso. Seguimos la fiesta de las experiencias. Hablamos desde los tamaños de lo que nos pusimos y por qué elegimos tal o cual ropa, hasta nuestra experiencia de ser mujeres y lo contrastante de ser hombres por un ratito, los dueños del espacio público. Una hora después es tiempo de despegarnos las finas barbas y bigotes hechos con pelo recortado de nuestras nucas y de dejar esas prendas masculinas. Nos han personificado muy profesionalmente. Estamos cansadas pero contentas. Mañana volveremos a la tercera y última sesión del taller: “Hombre por un día”.

Me encamino a casa y reflexiono sobre la coerción cultural que nos atraviesa, con las miradas no solo de los hombres sino de las otras mujeres que juzgan y califican nuestro vestir, nuestro andar, nuestro pelo, nuestra risa, nuestra complexión, nuestras uñas, nuestro maquillaje, nuestra conducta cotidiana, nuestro todo el ser. Subo las escaleras del metro, al llegar al andén una mujer me barre con la mirada, yo la pillo, la observo directo y le sonrío ampliamente, se desconcierta y corresponde con una sonrisa discreta, luego se voltea. El metro se acerca.

Juany Segura

Soy una persona sencilla en el vivir, compleja en el pensar, intensa en el sentir.
Agradecida con la inteligencia suprema del universo a quien llamo Dios, por lo que me dado y lo que no.
Disfruto irremediablemente el amor y la libertad. Máster en psicoterapia y en educación superior.