Silenciando la muerte

La muerte comienza a angustiar, no porque antes no lo hiciera, sino porque ahora retumban los cuestionamientos de: ¿qué hay más allá de la muerte?, ¿me iré al cielo o al infierno?, en otras palabras, comienza la angustia por el destino individual de cada uno después de la vida; también comienza a vivirse la muerte como un drama, sobre todo la muerte del otro u otros a quien uno ama.

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En el hospital donde trabajo como encargado del departamento de Psicología, es común escuchar la historia de que cuando algún psicólogo baja al piso donde se estaba atendiendo a un paciente, al no encontrarlo en la cama donde se supone que estaba, pasa a preguntarle a las enfermeras su ubicación y más de una vez le han contestado bajando la voz, y asegurándose que no haya nadie alrededor, respuestas como: se murió ayer, se murió en la noche, se murió en la mañana…

Puedo estar de acuerdo que tan impactante noticia no es algo que se tenga que gritar a los cuatro vientos en el hospital, sin embargo, si me pregunto: ¿por qué bajar la voz?, ¿por qué tratar de silenciar esta noticia?, ¿acaso la muerte no ha acompañado a la humanidad desde siempre, como para tratar de silenciarla cuando se presenta?

La manera de concebir la muerte ha pasado por varios momentos a lo largo de la historia. Philippe Ariés, historiador francés, en su tesis doctoral El hombre ante la muerte, establece una cierta clasificación de las maneras en cómo se ha vivido, tanto para los que les llega la hora, como para los que acompañan el proceso.

En un primer periodo se puede decir que la muerte era del orden público; la gente acudía al lecho de muerte para despedirse. Niños, niñas, amigos, amigas, familiares, vecinos, etc. El muriente se despedía y expresaba sus últimas voluntades, él tenía el control, por así decirlo, de sus últimos momentos. Lo importante era no morir solo, porque a quienes les sucedía esto, se decía que era por designios maléficos, era muy mal visto. Este periodo para Ariés era el de “la muerte amaestrada”.

Posteriormente surgirían, según Ariés, dos factores en la forma de concebir la muerte: el drama y la angustia. La muerte comienza a angustiar, no porque antes no lo hiciera, sino porque ahora retumban los cuestionamientos de: ¿qué hay más allá de la muerte?, ¿me iré al cielo o al infierno?, en otras palabras, comienza la angustia por el destino individual de cada uno después de la vida; también comienza a vivirse la muerte como un drama, sobre todo la muerte del otro u otros a quien uno ama. Hay dramatismo en todo lo que involucre a la muerte. Por estas razones, Ariés nombraba a estos momentos como el periodo de “la muerte personal” y “la muerta romántica”.

De esta manera la muerte pasaría de ser algo colectivo a algo individual, la angustia por la muerte, tanto del muriente como de quienes lo rodean, se comenzó a vivir como algo que se debía erradicar o callar. Entonces a quien estaba en trance de muerte, se le empezó a aislar para que dejara de angustiar a los demás. Ariés ubica este movimiento en los tiempos más modernos llamándole “la muerte excluida”. Lo podemos observar en los hospitales de hoy en día: al paciente bajo ciertas condiciones se le aísla en la Unidad de Cuidados Intensivos, donde las visitas son más restringidas, no se permite el acceso a los niños pequeños, y donde los médicos se enfrentan a duelo con la muerte, en muchas ocasiones perdiendo la batalla, únicamente logrando que el paciente fallezca lleno de tubos y aparatos, solo, aislado… excluido.

En este breve recorrido podemos dar cuenta de la dificultad de hablar sobre el tema de la muerte, incluso en hospitales donde es pan de cada día, principalmente por la angustia que puede generar en los que acompañan a los murientes y demás personas relativamente cercanas a éstos; desde sus parientes, hasta los médicos y enfermeras. Por ello y a pesar de que es lo único seguro que tenemos en la vida, podríamos responder las preguntas que enuncié al principio.

En el ejemplo concreto del hospital, considero que hay que invitar al personal de salud a que se atrevan a tocar el tema de la muerte, hablar de ello para darle lugar y no silenciarla, porque de otra manera nos volvemos cómplices de la incomodidad, de la angustia y del silencio.

Carlos Llanes

Practica el Psicoanálisis en la ciudad de Monterrey, miembro fundador titular de Vía Regia al Psicoanálisis, candidato a Doctor en Investigación Psicoanalítica por el Colegio Internacional de Educación Superior. Es miembro del comité editorial de la Revista Letra en Psicoanálisis, ha sido maestro en varias instituciones educativas, actualmente se encarga del Departamento de Psicología del Hospital Regional Monterrey-ISSSTE, es maestro de la Licenciatura en Educación y Gestión de Centros Educativos de la Universidad Metropolitana de Monterrey y atiende en consulta privada.

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