Siéntate para que nos escuches

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Cuando el contingente detuvo su marcha en la Alameda, se llenó de gente el lugar, las sillas  que pusieron fueron insuficientes; había hasta personas paradas, pero me di cuenta que al empezar los testimonios y ver los rostros de esas madres con tanta tristeza y su voz quebrada,  la gente empezó a moverse. Hacían como que tenían prisa, veían su reloj y se marchaban.

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Hace algunos años viajé a la ciudad de México, iba en plan de turista, dispuesta a recorrer sus calles y museos. Así lo hice y un día que regresaba de mis excursiones, caminando por la Avenida Reforma me doy cuenta que está pasando una marcha, todos van caminando despacio, casi en silencio, me sorprendió; yo tenía la idea de que las protestas eran siempre ruidosas.

Los que marchaban habían detenido su paso frente al edificio de la antigua Procuraduría General de la República. En este punto, estaban las familias de los 43 desaparecidos, habían formado un plantón con pancartas y fotos afuera de aquel edificio. Gran parte de los que ahí estaban se unieron al grupo que marchaba, yo  los seguí. Caminamos por la Avenida Reforma, se juntaban en grupos, platicando entre ellos, se notaba que ya habían recorrido muchos caminos juntos. 

Al llegar a la Alameda, se detuvieron y empezaron armar un templete, vi como varias mujeres pusieron algunas sillas enfrente.  Otros familiares que las ayudaban, sacaron unas mantas y carteles. Los carteles tenían fotos y las mantas los nombres de sus hijos e hijas escritos, eran muchas telas que fueron anudando, formaron una línea hasta el Palacio de Bellas Artes, dándole la vuelta y regresando al punto de inicio.

Yo me quedé mirando, asombrada, sin palabras. Una señora me invitó a sentarme, era de las que dirigía el armado de las mantas, organizaba ágilmente todo. Me dijo: siéntate para que nos escuches. Así lo hice y empezaron las historias.

La primera mujer en contar su historia buscaba a su  hijo, un joven de 19 años. Comenzó su relato narrando el último día que lo vio, iba a la escuela, a su prepa, ya no lo volvió a ver. Le quedó el recuerdo de esa mañana, en una despedida rápida. Que te vaya bien, no se te olvide tu lonche, le dijo.

Narró lo difícil que es hacer una denuncia, la lentitud, la incredulidad. Frases que tuvo que oír y desmentir; desde la típica: señora, yo creo que su muchacho andaba en malos pasos… o ¿Segura que no andaba con el narco? Escuché el coraje de su voz y la impotencia. Antes de bajar del templete, señaló a lo lejos: en esa parada del metro que está allá, sacaron una foto las cámaras de seguridad donde se ve mi hijo, estoy segura que es él. No sabemos más. Ya pasaron 4 años y sigo buscando. Tengo que encontrarlo.

Siguió la narración de una madre que buscaba a su  hija. Ya no volvió a casa cuando salió del trabajo. Cuando subió a hablar, traía en sus manos la foto de la bella joven. Fue reina de su prepa, contó con orgullo. De inmediato su voz se quebró y no pudo seguir el relato. Tenía 2 años sin verla, sin saber quién se la llevó y por qué. Se preguntó si estaría viva y si estaría sufriendo.

También había madres que venían de Centroamérica, buscando a sus hijos migrantes, perdidos al pasar por México. Una de ellas nos contó: la última vez que hablé por teléfono con él ya estaba en Chiapas, iba a la frontera americana, ya nunca habló, nunca llegó a Estados Unidos. Yo me vine a buscarlo desde hace más de 2 años, no he regresado a Honduras, lo sigo buscando. Nos platicó que los grupos de madres de desaparecidos la acogieron, le brindaron su amistad. No les importó que viniera de fuera, era como ellas.

Cuando el contingente detuvo su marcha en la Alameda, se llenó de gente el lugar, las sillas  que pusieron fueron insuficientes; había hasta personas paradas, pero me di cuenta que al empezar los testimonios y ver los rostros de esas madres con tanta tristeza y su voz quebrada,  la gente empezó a moverse. Hacían como que tenían prisa, veían su reloj y se marchaban.  Cada vez había más sillas solas, el dolor era tan grande que la gente no quería oírlo, prefería seguir su camino, no enterarse, hacer como si nada pasara. Solo unos pocos quedamos ahí, escuchando petrificados, con el corazón helado por su pena. 

Me di cuenta que casi todas eran mujeres, eran madres incansables, que no perdían la esperanza de encontrar a sus hijos.  Muchas habían dejado todo; trabajo, pareja, familia, hasta su tierra. Seguían sin descanso, aunque el mundo les dijera: ya no busques más, ya no tiene sentido, no tiene caso, ya no ha de estar vivo. 

Aquella noche quedó grabada muy hondo en mi memoria, no pude dejar pasar el día de las madres sin recordarlas, sin sentir la pena que cargan.  Quisiera abrazarlas con todas mis fuerzas, tener mil poderes para calmar su llanto. No puedo hacerlo, lo único que puedo, es contar su historia para que no quede en el olvido.

Dicen que no hay dolor más grande que cuando muere un hijo, que es un dolor “sin nombre” y es cierto. Pero yo que lo he vivido, creo que sí lo hay y es el de las madres de los desaparecidos.

Marisela Barrios Mendoza

Nací y crecí en la Huasteca Potosina, soy regiomontana por adopción, vivo aquí desde hace 40 años; Monterrey ha sido mi casa. Aquí estudié, forme una familia y he encontrado amigos.  Soy agente de seguros; disfruto pintar, leer, escribir y opinar de lo que pasa a mi alrededor. Todo acompañado de una buena taza de café.