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Si os imagináis dichoso, no seréis tan desdichado

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Por la mañana me encontré con una amiga muy querida, tomamos un café negro y unas deliciosas galletitas de mantequilla, en una pequeña cafetería cerca de su casa. El lugar es hermoso, ella vive en un pueblito llamado Lenzburg, tiene toda la pinta de una postal; con su clásico castillo en lo alto de la colina, que puedes ver desde cualquier punto del pueblo, las casas que en realidad son departamentos dúplex, todos diseñados con el mismo estilo, con balcones escasos y pequeños y techos que terminan en triángulos.

Solo tienes que caminar unos cuantos minutos más a las orillas del pueblo, para encontrarte con una granja bien equipada y vacas que pastan libremente portando orgullosas la típica campana suiza colgando de su cuello. Me asombra que los habitantes ya estén acostumbrados al sonido constante y permanente del clin, clin de las campanas. Dependiendo del tamaño de la vaca será el tamaño de la campana, por eso los sonidos que se perciben son distintos, y si prestas atención pareciera que la melodía ha sido intencionada para armar un escenario lleno de estética a la vista, al oído y al tacto, por la vegetación circundante, al fondo las montañas gigantes con sus puntas llenas de nieve, el castillo en lo alto y la música de las campanas, vivenciar esta postal hace que se te erice la piel.

Nos sentamos a disfrutar una mañana fresca y nublada en uno de los comercios de la calle principal. Es una calle peatonal y empedrada, con mesas y sillas por doquier, supongo que solo las ponen en verano. Veíamos la gente pasar, en un tránsito tranquilo, sin preocupaciones, tal vez porque así nos sentíamos nosotras. Hablamos de todo, por lo general nuestras conversaciones cambian de un tema a otro, sin concluir el anterior, aún no se cómo, mi amiga me sorprendió diciendo:

–Para mí la felicidad es tener salud y a los que amo, vivir bonito y mientras menos cosas materiales tenga, mejor.

Casi como de la nada comenzamos a reflexionar sobre la felicidad, y el tema quedó resonando en mi cabeza por el resto del día. ¡Ser feliz! esta frase corta que se siente como si fuera una sola palabra, es algo que llevo masticando, ya, por varios años. ¿Qué implica en verdad ¡Ser feliz!?… O será como lo dice Sor Juana Inés de la Cruz en su poema:

Finjamos que soy feliz,

triste pensamiento un rato;

quizá prodréis persuadirme,

aunque yo sé lo contrario,

que pues solo en la aprehensión

dicen que estriban los daños,

si os imagináis dichoso

no seréis tan desdichado.

La felicidad ¿será un pensamiento, un mero intento de voluntad? Para mí se presenta como de a momentos, altiva, orgullosa y presumiéndose, para algunos, inalcanzable.

Me llega como de golpe la imagen de las vacas pastando, y me recuerda el instante en que se me puso la piel de gallina solo por presenciar esa pintura rural, simple, despreocupada, y pienso: tal vez fui feliz por un momento, ¿será que mi amiga tiene razón, y la felicidad se encuentra en vivir bonito sin tantas cosas materiales?

¡Sé feliz!, a donde volteo me suena más como un mandato. Las redes sociales nos bombardean a diario con imágenes y frases motivacionales, guías prácticas para ser feliz, el típico, ¡deberías ser feliz! que casi siempre está acompañado por una imposición… a diario encontramos a alguien siempre listo para sacar el lado positivo de las cosas, cuando vives lo que para tí es una tragedia; que, si perdiste tu trabajo, ¡ah! pero tienes salud; que, estás enfermo, ¡ah! pero tienes techo sobre la cabeza y comida en tu mesa, etcétera. Pero lo que no nos dicen es que, aún así, hay días en que no se puede ser feliz, esa sensación inefable de felicidad es pasajera, no se puede retener y, para saber qué es, habrá que tener ratos malos, de tristeza, enojo, frustración o dolor, porque las emociones son parte de la vida; no “debemos” ser felices como un mandato, como un mandamiento que se escribe en el espejo del baño para que lo recuerdes todos los días al mirar tu reflejo. Porque entonces, el día que no te sientes feliz pareces desubicado, hasta con culpa. ¿En qué momento dejamos que otro dictara lo que se necesita para ser feliz?, escuchemos de nueva cuenta a Sor Juana;

Todos son iguales jueces;

y siendo iguales y varios,

no hay quien pueda decidir

 cuál es lo más acertado.

Pues, si no hay quien lo sentencie,

¿por qué pensáis, vos, errado,

que os cometió Dios a vos

 la decisión de los casos?

O ¿por qué, contra vos mismo,

severamente inhumano,

entre lo amargo y lo dulce,

queréis elegir lo amargo?

Y es aquí donde empiezo a atormentarme, veo cómo muchas de las personas a las que estimo, tienen la firme convicción de que serán felices hasta que tengan su coche soñado, o encuentren al amor de su vida y logren formar una familia feliz, o hasta que puedan estar en la playa o de viaje, pero como todo eso lleva tiempo, se conforman por cambiar de celular cada que sale uno nuevo, comprar ropa o subir fotos de sus viajes, donde fueron felices; pequeñas descargas de felicidad depositadas en lo material.

Me parece que hoy en día, la ansiedad de no tener, de no acumular se incrementa hasta un punto casi patológico. Nos comparamos constantemente con los demás y a través de las imágenes que vemos en redes sociales nos llenamos de melancolía por lo que no tenemos hoy; que tal vez lo tuvimos ayer o lo tendremos mañana; pero el anhelo de esa descarga momentánea de adrenalina y endorfinas que da el comprar algo nuevo o ser visto en redes sociales, queda presente como un mandato para ser feliz. –Si es mío mi entendimiento, ¿por qué siempre he de encontrarlo tan torpe para el alivio, tan agudo para el daño? – Dice Sor Juana.

En fin, la felicidad para mí es dejarme impactar por la experiencia y no aferrarme a esa efímera sensación de bienestar. Ser feliz pasa de a momentos, como la primera vez que me dejé llevar por la magia de una postal suiza.

Mayra Gómez

Me apasiona el psicoanálisis, las conversaciones profundas y tomar una cerveza con linda compañía. Como Life Coach y Psicoterapeuta he aprendido que, la expresión a través de la palabra fortalece el aprendizaje profundo, así como el autoconocimiento y la autoaceptación, lo que me motiva a escribir bitácoras que fomenten la reflexión o conecten con emociones.