“Seguro que eran narcos”

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Nos toca atrevernos a levantar el telón y aceptar que detrás de este discurso de guerra lo único que sabemos con certeza es que los muertos de ambos bandos son mexicanos matando a otros mexicanos.

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Alcancé a apretarme debajo del asiento mientras mi mamá nos gritaba ¡escóndanse!, ¡escóndanse! En ese momento pasó un hombre con un arma larga a un costado de nuestro carro perseguido por otras dos personas. En silencio, transcurrieron un par de minutos antes que los carros volvieran a avanzar. Aliviados, sin más explicaciones de lo que había pasado, seguimos el camino a casa.

Quizá ninguna de las personas que estuvimos ahí recordamos el rostro ni cómo vestían las personas armadas que caminaron a escasos centímetros de nosotros. Aun así, lo más probable es que la explicación que nos dimos resultara muy similar. Seguro gente metida en el narco. Sin evidencias ni certezas, pero esa siempre es la respuesta.

En México, nos encontramos atrapados en un discurso oficial que ha buscado justificar y normalizar la imperante violencia. La autoridad declara que el Estado se encuentra en guerra contra los cárteles de la droga. Como una caja de eco, los medios contribuyen a construir a este enemigo amorfo, esquivo y, según nos dicen, invencible. Su poder de control de instituciones y territorios es tan fuerte que solo las Fuerzas Armadas pueden enfrentarlo.

En Nuevo León, el Secretario de Seguridad Pública del Gobierno del Estado asegura desde octubre que la reciente alza en homicidios es resultado del enfrentamiento por la plaza entre líderes de grupos del narco. Discurso espejo al de 2011, durante el punto más álgido de la violencia en el estado, y que se repite como única explicación por todo el territorio mexicano.

Destacan ataques a la policía estatal, Fuerza Civil, y reportan la existencia de elementos infiltrados en las policías municipales. Lo siguiente en el guion es remarcar que en este estado de emergencia la intervención militar es la única salida. Entre líneas nos dicen que para combatir a este enemigo la receta debe ser mayor poder de fuego y mayor letalidad.

Así, tirando balazos en la oscuridad, nos piden respaldar una estrategia que promete brindar seguridad a la par que aumenta el peligro al que estamos expuestos. La cínica promesa es que los buenos estaremos a salvo. Nos librarán de las manzanas podridas, aquellas personas que, por decidir engrosar las filas del narco, no merecen ya el reconocimiento de su humanidad.

Para la efectividad de este guion, la evidencia sale sobrando. Qué importa saber que, en Nuevo León, entre 2007 y 2011, hubo un crecimiento de 620 por ciento de la tasa de homicidios por cada mil habitantes, la cual pasó de 5.06 hasta 47.8. De nada sirve reflexionar que durante ese mismo periodo la cantidad de militares desplegados en el estado pasó de 734 a 3 mil 567 efectivos. Para qué agregar que, durante esos años, la coordinación operativa y definición de la estrategia de seguridad pública quedó en manos de la Cuarta Región Militar y no de las autoridades civiles.

No hay que dejar que la oscuridad nuble nuestra visión. Hacer constitucional la participación y control operativo de las Fuerzas Armadas en la seguridad pública a través de la Guardia Nacional nunca nos hará estar más protegidos. La permanencia de éstas en las calles no tiene más justificación que este inverosímil guion que se nutre del terror y del impulso por encontrar en un enemigo deshumanizado al culpable.

Nos toca atrevernos a levantar el telón y aceptar que detrás de este discurso de guerra lo único que sabemos con certeza es que los muertos de ambos bandos son mexicanos matando a otros mexicanos. Jóvenes mexicanos uniformados con verde oliva, recién entrenados en la disciplina militar, disparando a otros jóvenes mexicanos sumidos en la pobreza, pistoleros improvisados que arriesgan su vida porque no tienen qué perder.

Aquel día, a mis 16 años, respondí a los gritos preocupados de mi madre y me escondí debajo del asiento del carro. Esas voces de alarma deben ser ahora exclamaciones para espabilarnos y denunciar ante conocidos, familiares y representantes políticos el engaño con que quieren convencernos de que sean militares quienes patrullen nuestras calles. No caigamos en la trampa de repetir mecánicamente “Seguro que eran narcos”. En su lugar, reconozcamos que, en esta historia, todos los muertos somos mexicanos.

Roberto Alviso

Nómada en abstinencia viviendo en Monterrey. Le hago al análisis político y a la comunicación. Devoto de lo público y escéptico de lo privado. A veces, cuento historias para entenderme, otras ni yo me entiendo. Colaboro en CADHAC y soy integrante de Wikipolítica NL