Santiago, ardo contigo

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Cuando salimos huyendo del poniente de la ciudad, de alergias perennes, rejas y pavimento, no sabía qué tanto necesitaba conectarme con la tierra y su magia.

En Santiago aprendimos a andar por calles sin nombres y veredas; a soltar el miedo de las puertas con llave; a diferenciar las arañas venenosas de las amistosas y dejarlas en paz; a cambiar los restaurantes de franquicia por los tacos de la plaza; el HEB por un montón de negocios pequeños, detrás de los cuales hay nombres, hay historias y vínculos.

Aprendí a acostumbrarme a ir y venir por la carretera a Monterrey y admirar tus cerros en los distintos momentos del día: cobrizos, anaranjados, verdes, cafés, negros. Todos los mismos, todos distintos, como yo misma.

¡Me salvaste tantas veces del consumo, de la estupidez de competir, pretender y acumular! Regaste mi aridez y me invitaste a crecer a la sombra y al sol, a despertarme con el gallo y el trinar de los primeros pájaros.

Con la cartografía que tenemos, todas las personas que habitamos la zona metropolitana de Monterrey debiéramos ser montañistas, pero no lo somos. Nuestros hijos e hijas deberían aprender a vincularse con la tierra, a gozar rutinas deliciosas. Nuestras salidas a estos espacios debieran ser dejando el mínimo rastro de que estuvimos ahí y tener en cada una y cada uno de nosotros celosos guardianes de que nuestros ríos, montañas y parajes sigan siendo nuestro mayor tesoro.

Hoy arde tu sierra, tú lloras y yo ardo y lloro contigo, Santiago.

Las historias se repiten cada fin de semana: llegan los visitantes a mal habitarte, a vulnerarte, a pisarte con sus cuatrimotos, a dejar su basura, a violar tu paz, a cambio de unos pesos, blandiendo la supuesta ventaja de su derrama económica. Muchos ciclistas, conectados a sus aplicaciones, se pierden la dicha de escucharte.

Y aún peor: con el crecimiento de la mancha urbana, tu tierra se pobló de casas que gritan el ego de sus dueños, con casetas y bardas, copias exactas de los paradigmas, los malos hábitos y carencias de los citadinos. Y cada vez más, el sagrado silencio de tus noches es invadido por salones de fiestas con bodas “campestres”, arrancones e impertinentes vecinos trasnochados, coreando el karaoke.

Los gobiernos no han hecho otra cosa que ser omisos y enriquecerse con permisos convenientes a sus intereses, perdiendo uno después del otro, la oportunidad de dejarte ser y florecer, ajenos a las heridas que te dejan, al costo para el aire que respiramos, a los árboles y silencios que nos faltan.

Hoy, mientras ardemos, traigo perdida la esperanza, no la encuentro. Ardo y lloro por ti y contigo, sierra hermosa, útero sagrado, vecina, amiga, testigo, cómplice, terapeuta, confesora que sin juicio sigues absolviendo nuestros pecados.

En medio de la crisis por el cambio climático, no se nos da la gana de entender. Vendrán más incendios, es el augurio. Aprenderemos a vivir con el desabasto de agua, la desolación, la aridez, como nos adaptamos a vivir con muertos y colgados, con mujeres asesinadas, porque siempre podremos voltear a otra parte o construir esferas de privilegio.

Hoy trecientos brigadistas ponen el cuerpo y la vida por salvarte, mientras políticos y políticas oportunistas vienen a tomarse la foto; mientras vemos esos chispazos de generosidad queriendo alimentar a nuestros hermanos de la sierra. Quienes amamos este lugar estamos dolidos, encabronados por la inconsciencia de tantos imbéciles que no ven ni mucho menos honran la belleza de nuestro hogar.

Hoy me pregunto si de veras somos más quienes queremos otro futuro que imaginar, otro espacio que cohabitar, otras reglas que acatar, otro tipo de relación, distinta a la dominación y el desprecio. Nos urge ser representados en el Congreso y que la comisión de presupuesto esté discutiendo no solo como vamos a apagar este fuego, sino como vamos a resarcir a nuestras montañas, cómo vamos a planear y limitar el crecimiento de la ciudad, si es que queremos seguir hablando de la ciudad de las montañas.

Ariadna Ramírez Garagorri

Hasta hace no mucho me habría presentado a través de lo que hago profesionalmente y más en confianza, habría hecho referencia a mi rol de madre de dos adolescentes, a mis intereses y pasiones. Ahora intento, por un lado, cultivar el silencio y encontrar en él alguna novedad acerca de quién soy hoy, y por otro, retomar con cierto rubor mis quereres con la escritura.