Retrato de bodas

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A mí no me agradaba tanto que fuera, a la abuela le encantaba; creo que ella siempre se mantuvo enamorada de él. Para mí era un poco incómodo. Era el villano de la historia (pensaba), el maltratador de la abuela y de los tíos ¿Por qué íbamos a recibirlo bien cada vez que regresara?

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Tenía alrededor de veinte años, un día regresé de la universidad hambrienta (como todos los días), me dispuse a comer, no recuerdo qué; después de hacerlo, estuve ahí un rato con mi mamá y mi abuela platicando, bueno… platicando o tal vez mediando. A ellas, no entiendo por qué, les gusta mucho pelear. Peleaban casi por cualquier razón, hasta que una de las dos terminaba muy enojada y la otra llorando. 

Ese día de repente, en medio de aquel fluir de plática y pleito, volteé a la pared color lila y de repente lo noté: ¡No estaba ahí! Desconcertada pregunté ¿Y la foto? Las dos se echaron a reír y mi abuela casi ahogándose por las carcajadas dijo: pasó el camión de la basura y la tiré. Sentí horrible, aún no sé por qué; aquella foto era parte del legado de mi historia. No lo podía creer ¿en verdad mi abuela de había atrevido a tanto? 

Todos los días al entrar o salir de casa, forzosamente veíamos ese retrato; ahí estaban mis abuelos en esa imagen en blanco y negro, el día de su boda, afuera de una iglesia, parados como soldados inexpresivos, rígidos ¿Realmente eran felices? Quizá sí, pero era protocolo y exigencia de la época, sostener la postura, el matrimonio también. El marco de la foto era raro, entre dorado y desgastado, no era una foto muy cuidada; sin embargo, yo tenía muy claro por qué, sin importar cuantas veces se pintara la pared, el retrato siempre volvía al mismo lugar.

Mis abuelos se habían separado apenas unos meses después de mi nacimiento; mi abuelo tuvo la “delicadeza” de comunicarle a mis papás su rotunda decisión. Y así el mismo año que yo llegué a la vida, él se iba de la de mi abuela. Si, nací en medio de la tragedia familiar. 

Mis padres eran muy jóvenes y mi madre decidió continuar trabajando; entonces, todo ese tiempo mi cuidado quedó a cargo de la abuela. Como se imaginarán crecí con una abuela (ahora lo entiendo) hecha pedazos, no solo se trataba del abandono del abuelo, sino de la vida que ella había tenido a su lado. Yo fui como una especie de hija menor, tal vez un consuelo ante tan tremenda pérdida. Durante mis primeros años de vida era habitual escuchar constantes anécdotas de un hombre violento e infiel, pero guapo como nadie. Entonces, ¿por qué el retrato seguía ahí? ¿Qué no deberías de sentirte en paz porque ese hombre tan infame por fin se fue? No era tan fácil… años después lo comprendí.

Lo más extraño de toda esta historia era cuando el “fantasma reaparecía”. Sí, todas las navidades, noches viejas y uno que otro día al año se hacía presente. A mí no me agradaba tanto que fuera, a la abuela le encantaba; creo que ella siempre se mantuvo enamorada de él. Para mí era un poco incómodo. Era el villano de la historia (pensaba), el maltratador de la abuela y de los tíos ¿Por qué íbamos a recibirlo bien cada vez que regresara? Pero bueno, después de todo era el abuelo, además caía bien y si era un señor muy guapo, mi abuelo siempre se jactaba de que se parecía a Pedro Infante y quizás yo también lo hacía. 

En las fiestas de navidad, a partir de que él cruzaba la puerta todo se detenía; la atención era totalmente para él, hasta la de mi abuela. Una prima y yo le cantábamos villancicos, todos los sobrinos y tíos nos formábamos para saludarlo, hasta los vecinos se detenían y decían: ¡es Don Manuel! yo no entendía por qué todo mundo sabía quién y cómo fue. Solo dos tíos se rehusaban a hablar con él; eran los de la resistencia, los que defendían a la abuela, aunque ella era la primera en estar atenta a su llegada.

Por alguna extraña razón él sentía una afinidad muy fuerte conmigo, fui la única nieta que su orgullo le había permitido ir a esperar y conocer al hospital el día que nació. Y todo para que fuera vieja, dijo ese día; pero cada vez que me veía me abrazaba y decía: hija de la chingada, ¡mira los ojos que tienes! ambivalente, así era él. 

Pocas veces hablamos. Por más de veinte años a diario ví su imagen colgada en la pared. Hasta que mi abuela por fin lo pudo dejar ir; ahora entiendo por qué reía tanto ese día, imagino la victoria que sentía, después de años en los que detuvo su vida, por fin se resignó y aceptó que ese matrimonio se había acabado hacía muchos años atrás. Por fin lo bajó del pedestal y lo dejó marchar; en un acto heróico se rescató, se liberó.

A mí aún me duele que esa foto ya no esté colgada en la pared, hace unos años que él se fue. Entendí que no había sido tan malo, que había actuado como su crianza le permitió ser, pero también entendí que la abuela había dado un paso muy importante hacia su emancipación. 

Carmen Rico Méndez

Mujer, hija, hermana, psicóloga e idealista, admiradora del psicoanálisis, el arte y la literatura, amante de caminar al aire libre, los perros y el estudio.