Resistiré

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El feminicidio -como señala Rita Segato- surge de una sociedad cuyas relaciones de género son violentas, donde el hombre que usa el recurso de la violencia es frágil: lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia.

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Debe ser natural ver a las mujeres tomando decisiones, y no solo en el gobierno; también en el hogar, con los amigos, con respecto a sí mismas, decía mi amiga Lízbeth en una conferencia, a propósito del 8 de marzo.

Al año siguiente, en mayo de 2004, fue desaparecida y luego arrojada de un taxi en una avenida. Me recuerdo un día llorando en el metro; queriendo hacer algo, y no haciendo prácticamente nada. Carmen Aristegui en ese entonces describió: … fueron extraordinariamente violentos. Sufrió fractura de cráneo, de fémur y de cadera (…) ¿Qué explica nuestra aceptación silenciosa de este estado de las cosas? Doloroso feminicidio impune.

Los feminicidios no suceden espontáneamente, son la violencia en escalada, el abuso de un poder asignado, permisible, no sancionado. Son la más brutal y terrible expresión de un sistema que seguimos sosteniendo. Son la daga construida con esos pequeños metales de violencias cotidianas; de abusos y violaciones hacia dentro o fuera de las familias; de anuncios comerciales que perpetúan misoginia y machismo. El feminicidio -como señala Rita Segato- surge de una sociedad cuyas relaciones de género son violentas, donde el hombre que usa el recurso de la violencia es frágil: lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia.

 ¿Cómo desarmar esta catástrofe? ¿Cómo enfrentar este entorno? ¿Cómo ir a otras discusiones internas, propias, cuando sucede todo esto? ¿Cómo no mirar que el reciente feminicidio de Fátima comienza desde esos abusos que hoy mismo abuelos, tíos, primos, vecinos están perpetrando en millones de niñas bajo silencios, culpas o amenazas? ¿O que un caso como el de Lízbeth se puede gestar actualmente en grupos como el recientemente denunciado donde acosadores acuerdan tácticas delictivas a través de facebook?

En términos de reconocimiento de derechos de las mujeres, y de políticas públicas para la atención de la violencia de género, el Estado mexicano ha suscrito convenciones internacionales. Tiene Leyes Generales y estatales; además de leyes sobre desaparición, trata de personas, niñez, y cuenta con infinidad de instituciones en todos los niveles de gobierno. Sin embargo la realidad contrasta enormemente donde, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, diez mujeres son asesinadas diariamente en México.

Y es que además del necesario marco legal –que tiene retrocesos en el último año- urgen no solo instituciones sensibles y eficaces, sino transformar de fondo el entorno. La filósofa Graciela Hierro señala que: solo cuando se ha abolido la opresión sobre la otra, surge la posibilidad de trato entre humanos. Oprimir supone negar la dignidad. Se requiere sabernos humanas, humanos, cuidarnos, asumir el poder que tenemos no para oprimir, sino para crecer. No tendríamos que estar en este entorno desgarrador, podríamos estar compartiendo tantas otras cosas.

Toca seguir exigiendo actuaciones claras del gobierno, empresas, escuelas; sanciones a las violencias de género; campañas que se vayan al fondo del problema; toca también escucharnos, sumarnos desde la sociedad, y toca retomar la luz de cada una de las mujeres que ha sido arrebatada, retomar sus sonrisas, armarnos de fuerza.

Lízbeth, además de ser Licenciada en Economía por el TEC de Monterrey y Maestra en Ciencia Política por el Centro de Investigación y Docencia Económicas, sobre todo, era una humana excepcional; inteligente, sensible, amiga. 

Me ha venido a la mente la imagen de alguna noche en que Lízbeth, junto a Maura, pusieron a todo volumen al Dúo Dinámico, de aquel disco de una película de Almodóvar. Las dos, con una intensidad y alegría cómplice, bailaban y cantaban: cuando el mundo pierda toda magia, cuando mi enemigo sea yo… Resistiré para seguir viviendo… y aunque los sueños se me rompan en pedazos ¡Resistiré, Resistiré!.

Nos queda una parte de alegría, habrá que tomarnos de ella; que sea abono de reflexiones, diálogos, música, discusiones internas, toma de decisiones. Abono para florecer, para resistir en medio de tanta violencia, y seguir viviendo, porque nosotras ¡Vivas nos queremos!

Liz Sánchez

Con el sur como norte, camino. Disfruto la sierra y el mar; la salsa y los postres; la música, el viento y la poesía. El corazón se alimenta de lo amable. He colaborado y latido en la defensa de derechos humanos en Oaxaca, Tlaxcala y Nuevo León. Soy integrante de CADHAC.