Reflexiones a mis sesenta

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En realidad, no quiero volver atrás, no quiero volver a ser joven. Con los años he aprendido a ser feliz por lo que soy y con lo que tengo. No quiero volver al tiempo en que no valoraba ni disfrutaba las cosas pequeñas e invisibles de la vida.

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Hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os sustentaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré. Isaías 46

Recién cumplí 60 años. ¡Son muchos!  Y hasta ahora  me estoy permitiendo decir y hacer muchas cosas, siento una libertad y una relajación no pensada. Tengo bastante menos represión para las cosas, veo todo más hermoso y bueno, mi interpretación de las personas y las situaciones conlleva más tolerancia y comprensión.

¿Por qué tardé tanto en llegar a esto? A esta sensación interna de ligereza y libertad. Me liberé de temores, de preocupaciones sobre la edad y de la apariencia,  del temor a envejecer. Es extraño, pero me siento realmente feliz, festiva. 

Me siento, plena, consciente de que he vencido mucho. Mi vida aún no está terminada, pero llevo mucho recorrido, he concluido mi carrera profesional, mi trabajo, ya crié y terminé de educar a mis hijos, por fin tengo tiempo libre.  Puedo escribir,  puedo dedicar mi tiempo y pensamientos a ayudar a los demás, a orar y visitar a los enfermos, a apoyar causas sociales,  me descubro aún con mayor intensidad política que en mi juventud.  Y lo disfruto.

En realidad, no quiero volver atrás, no quiero volver a ser joven. Con los años he aprendido a ser feliz por lo que soy y con lo que tengo. No quiero volver al tiempo en que no valoraba ni disfrutaba las cosas pequeñas e invisibles de la vida. Sólo desearía haber amado más, y haberme detenido a disfrutar más cada momento con mis hijos pequeños, con mi hermana y mi padre ya ausentes.

Ahora decido vivir con más intensidad y amor, con fe y esperanza  los años que tengo por delante: cinco, diez,  quince. ¿Tal vez más?  

He aprendido a relajarme, a vivir sin estresarme, a escoger mis batallas. A no presionar a las personas, a no forzar las cosas, a fluir con la vida, a confiar mucho más en Dios y dejar todas las cosas en sus Manos, y ser feliz. 

También he aprendido a no esperar nada de nadie, a no exigir, ni culpar, ni condenar a nadie. Y al contrario, tratar de amar, de dar, de perdonar, de comprender mucho más a las personas sin juzgarlas, tratar de ser más compasiva y generosa. Saber que todos viven sus propias batallas y que la mayoría no tiene malas intenciones, solamente están presos de sus tormentas internas y muchos de ellos no pueden cambiar. 

Ya aprendí cómo mantenerme serena y confiada. La madurez y la perspectiva de los años vividos, la experiencia de la fe en Dios y en mí misma, después de tantas batallas me ha dado una serenidad y confianza profundas.

Descubro que es maravilloso no depender de las opiniones y aceptación de los demás,  que me siento y soy absolutamente aceptada y amada por mí misma, y  eso es lo más importante. 

Es como si voluntariamente renunciara a mi ego, a ser aceptada y valorada por otros: el reconocimiento no es ya importante; vivir y disfrutar, aprender y crecer más en lo espiritual y en lo  emocional es lo verdaderamente esencial. Y en ese fluir con la vida descubro una mayor sensibilidad hacia los demás,  un cariño profundo por cada persona que me rodea, es maravilloso poder amar sin que tu ego te demande, valorar a cada uno por ellos mismos, no por lo que reciba a cambio.  

Pasé muchos años de dolor y oscuridad, y en ellos descubrí que Él siempre estuvo conmigo, cuando atravesé el valle de sombra, de muerte y de enfermedad  encontré a Jesús, y Él hizo toda la diferencia, me ayudó y me guió con su luz. Me dio su amor intenso y eso es lo que ha sanado mi vida profundamente. 

Ya llevo más de la mitad de mi vida, es como llegar a una etapa nueva, más cerca del final de mi existencia terrenal. Más cerca de mi nueva vida celestial, más cerca de mi encuentro con Jesús, de verlo cara a cara que es mi mayor ilusión, mi Salvador, mi Pastor, mi Padre Celestial, mi Creador.

Tal vez por eso estoy tan feliz.

Carmen Quintana

Psicóloga, escribir es mi voz.  Me inspira compartir mis  experiencias de vida y fe y apoyar a muchos a través  de ellas. Con mucho cariño.