Reapropia

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Corrí, corrí por mi vida, por la de mi hermana y mis primas; corrí por mis tías y abuelas y madre, para que seamos libres. Corrí para dejar de normalizar la violencia. Corrí por dejar de sentirme culpable por desentonar y hacerle la ley del hielo al abusador.

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Cuando me hablaron de Reapropia MX y me invitaron a participar, me sumé de inmediato. Mi impulso fue la causa de todas. Correr juntas, visibilizando de una forma tan creativa y fuerte algo tan triste y doloroso: la violencia que hemos vivido las mujeres, la desigualdad, la discriminación.

Eleana Terán y Eira Deneb sabían muy bien lo que venía. Hicieron hincapié en que, lejos de la medalla, el proceso y el mensaje serían el trofeo. Queremos dejar de sufrir día con día el asesinato de 9 mujeres en México. Crudo pero real, 34 por ciento de estos feminicidios suceden dentro de nuestros hogares, en manos de conocidos, familiares. 

Viernes 1° de marzo, fui a descansar a las 10 pm, pero no pude dormir más de dos horas. 3:50 am del sábado, día dos; se me hizo temprano y llegué antes al punto de encuentro, era tanta mi adrenalina. Atónitas y desveladas nos encontramos por fin corredoras y corredores aliados. Cerca de 20 locuaces nos abrazamos y reafirmamos: estamos listas.

Para las 8 am llegamos a Victoria, nos recibieron cerca de un centenar de personas. Corredoras de la capital tamaulipeca habían organizado un arranque maratónico. Había principalmente mujeres, de todas las edades, impacientes como nosotras por arrancar. 

Pero hicimos una pausa necesaria. Dimos lectura a las palabras de compañeras que habían vivido de la más absurda a la más monstruosa violencia. Leímos a Rosy, Tere, Maru… Cuando las violaron, cuando les negaron un trabajo por ser madres o hicieron menos en una competencia, cuando su familia encontró su cuerpo abandonado, ultrajado. Leímos sus testimonios y nos reflejamos. No mencionamos la cifra en ese momento pero, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), prácticamente la mitad de las mexicanas hemos sido víctimas de violencia sexual. Nos viola y mata gente en quién confiamos.

Dimos cabida a la tristeza y recuperamos el aliento. Corrimos el primer kilómetro juntas. Hombro a hombro, zancada tras zancada, a un ritmo compartido. Luego el resto esperamos nuestro turno en las camionetas. Llegó el momento, sabíamos que no estábamos/estamos solas. La causa no solo es nuestra, es de toda la humanidad. 

Animábamos a nuestras compañeras, compañeros. El ambiente era festivo. ¡La carretera por fin nos pertenecía!  Estuvimos acompañadas todo el tiempo, resguardadas. A mí me costó aceptar “el apoyo”; me frustraba necesitar de alguien para poder reclamar un espacio público que también es mío. Al final opté por resignificar la protección por un acuerdo solidario de acompañamiento, entre iguales. Como están las cosas, nos necesitamos en esta odisea.

Llegó mi turno del primer día. Mis primeros kilómetros fueron bajo el sol, a 36°C. A plena luz del día el mayor riesgo aparente era un golpe de calor. Nos cuidamos y amamachamos. Terminé tranquila, confiada, ansiosa por volver a correr. 

Pasó la tarde y mis piernas temblaban al recibir a La Noche: ella y yo teníamos una reconciliación pendiente. Por mucho tiempo he lamentado su llegada, me he escondido de ella, me he alejado de su frescura. Los peligros que entre su manto desgarran nuestra sensación de seguridad han sido suficientes para permanecer encerrada.

Luciérnaga corredora. Estaba lista desde las 12. Me colgué las luces rojas, reflejantes y preparé la música más prendida y “empoderadora”. Alrededor de la 1:30 de la madrugada, mis pies golpearon de nuevo el pavimento.

Corrí, corrí por mi vida, por la de mi hermana y mis primas; corrí por mis tías y abuelas y madre, para que seamos libres. Corrí para dejar de normalizar la violencia. Corrí por dejar de sentirme culpable por desentonar y hacerle la ley del hielo al abusador.

Corrí por correr.

Corrí dando masaje duro a una contracción crónica.

 Llegando a un puente sobre un arroyo entre Linares y Montemorelos apagué la música. Contemplé, abrí mis brazos y le dije a La Noche que la extrañaba. De pronto, ya no le tuve miedo. No es ella la amenaza.

Y escuché sin distracciones mi ritmo, mi respiración, de pronto también mi llanto y por fin mi risa. Dejé que lágrimas acariciaran mi rostro, cruzando mi cuerpo y culminando en el piso. Como regando el suelo que he venido preparando, para saberme al fin reapropiada de La Noche, reapropiada de mí. 

El recorrido continuaría otras 8 horas, y yo tendría más oportunidades de correr. Pero en ese momento, al entregar la estafeta a mi relevo, entregué a la nada y al todo el miedo y la separación perpetua de mi querida Noche.

Ella y yo somos de nuevo una. Y nadie, ni ellos, me alejaran de nuevo de Ella, de mí.

Lety Esquer

Me intrigan y apasionan las interacciones sociales. Me he dedicado a aprender de ellas y acompañar procesos para la organización y la colaboración. Sueño con una ciudad renovada. Por lo mismo, soy parte de Pueblo Bicicletero y Femibici. Aunque mi paz se encuentra en la calma del hilo y la aguja de un bordado, a @ritmocaracol.