Radiografía del amor

Por |

Es melancólico escuchar sobre un amor que no se dio. Y aunque el acto es naturalmente trágico, hay una belleza inherente al escuchar a un corazón hablar.

Compartir esta nota:
Facebook
Twitter
WhatsApp
Email

Hace ya ocho años que a mi madre la dejaron en la calle. Digo esto desde un ángulo físico como emocional. El hogar que ella construyó a lo largo de veinte años, un día cayó completamente en pedazos. Y donde mi madre planeó vejez y estabilidad, se instalaron la incertidumbre y la soledad. De todo esto yo no podía explicar nada, pues fui simple testigo —curioso pero silencioso— del derrumbe emocional. Pero el año pasado, durante un paseo bajo el sol y a través de las montañas, me atreví a preguntarle a mi madre si todavía creía en el amor. Me sentí cínico al hacerlo, como quien, teniendo toda la evidencia, olvida toda su intuición. Con ojos que delataban un corazón roto, mi madre me dijo que ella decidía creer.  

Nunca entendí su respuesta. Esas palabras confirmaron en mí que el amor era una fuerza compleja e indescifrable. Me di cuenta de que por años había vivido estudiando un ejemplo errado. Y de que, por ende, esta vida me llevaría a trabajar la definición de un buen amor con mis propias manos; que lo entendería viviéndolo, casi tocándolo a piel pelada como quien da forma al barro para crear un jarro.

Hoy, aunque lo he vivido, lo he sufrido y lo he sanado, no creo sentirme todavía capaz de definir el amor. Por eso fue por lo que este año, en vísperas de San Valentín, decidí ser más pragmático. Me di a la tarea de encuestar a amigos y desconocidos. Les pedí que me abrieran su corazón y no dejé cuestión sin resolver. ¿Existe el amor? Pregunté. Fui académico e incisivo, como pretendiendo que el amor estaba en la tabla periódica y yo estaba en clase de química. 

Recibí, en gran mayoría, historias de corazones partidos. Y aprendí, hundiéndome en sus letras tristes y desesperadas, que las raíces del amor se extienden particularmente en dos áreas: la vulnerabilidad y la individualidad del amar. Parecería que un pilar central del amor es el abrir el corazón a un tercero; confiar en alguien al punto de entregarle la seguridad de nuestro bienestar emocional. Leí sobre miedos, pero también sobre superaciones: personas que, a través de los años, se habían adiestrado en el arte de confiar. Una historia en particular me hizo pensar en que quizá, por amor, uno tiene que aprender a andar ciego y sin miedo por el borde del acantilado. 

Después todo fue más metafísico. Analizar un corazón acribillado es entrar en su definición espacial: ¿dónde vive el amor?, ¿en quien ama o en el espacio entre dos seres? ¿el amor es entidad o es fricción? Entendí que no le conocemos morfología al amar. Hay quien lo ve como un resultado de la matemática entre dos corazones, y hay otros que lo precisan como una ilusión individual. A lo mejor el amor sólo vive en quien lo siente y una relación sana es un bailar de dos amores individuales que, aunque nunca se palpan, se nutren en el ritmo de su compañía. 

Es melancólico escuchar sobre un amor que no se dio. Y aunque el acto es naturalmente trágico, hay una belleza inherente al escuchar a un corazón hablar. Las palabras son enemigas cuando de vaciar sentimientos se trata, y es por ello por lo que una definición del amor es difícilmente generalizable. Habiendo escuchado casi 80 historias, me doy cuenta de lo particular que es el verbo amar. Que querer encontrar una afinidad entre mil amores es quizá el ejercicio equivocado. Empiezo a creer que el amor es complicado como nosotros mismos. Y que pretender definir el amor es ver para afuera, cuando lo más acertado sea quizá ver para adentro.

Mahomed-Ramiro Jezzini

Me expatrié con un cuaderno para en ocasiones escribir de mi regreso. Cuento historias en jezzini.eu