¿Quién es el jefe del hogar?

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Hay una carga cultural muy fuerte implícita en el concepto “jefe del hogar”. Éste legitima como única manera de organizarse, incluso en lo privado, las estructuras jerárquicas y verticales.

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Las últimas semanas en México se ha estado realizando el censo de población y vivienda por parte del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Los primeros días de marzo comenzó todo, mientras, a la par veíamos cómo iba creciendo en el país la sensación de alerta por la pandemia del Covid-19.

Esta situación inusual, obligó al INEGI primero a establecer medidas de seguridad e higiene para los censistas y después a trasladar totalmente la actividad a plataformas digitales y llamadas. Lo último, develando la posibilidad de innovación que siempre se encuentra latente en servicios públicos que muchas veces damos por inamovibles. Llama mi atención, sin embargo, cómo este sentido de actualización contextual aún no se ve reflejado en algunas de las preguntas anacrónicas que se realizan al momento de encuestar. Me refiero particularmente a la pregunta: ¿Quién es el jefe del hogar?

En México como en el mundo, los hogares han evolucionado e incorporado nuevas maneras de vivir. Es así como en la manera de organizarse en la actualidad se hacen presentes: la noción de igualdad jurídica de mujeres y hombres, la visibilización y presencia de parejas homosexuales, la covivienda sin la existencia de un vínculo previo (el famoso vivir con roomies), la recomposición familiar, etc. Todas estas ideas y situaciones chocan con el concepto monolítico y patriarcal que implica la existencia de un “jefe del hogar”.

Hay una carga cultural muy fuerte implícita en el concepto “jefe del hogar”. Éste legitima como única manera de organizarse, incluso en lo privado, las estructuras jerárquicas y verticales. No reconoce la existencia de lazos basados en la igualdad, solidaridad, colaboración y ayuda mutua. A su vez, promueve roles de género caducos asumiendo que el lugar de predominio le corresponde a la persona que provee económicamente, invisibilizando el trabajo doméstico no remunerado y otras actividades importantes que aportan al capital del hogar.

Es muy difícil no notar como detrás de la concepción de un “jefe” se encuentra también un discurso machista, pues generalmente la identidad de éste corresponde a un hombre, la tradición patriarcal parece determinarlo así. Es lugar común, además, asumir que un hogar con una “jefa” es un hogar monoparental, a falta de opciones ella asumió el rol que “no le correspondía”. Esto, además, refuerza estereotipos de género, pues casi por automático se asume que un hogar liderado por una mujer es un hogar vulnerable. Situación que nunca ocurre a la inversa.

¿Por qué esto va más allá de una nimiedad metodológica de la manera que se realizan los censos? Porque en una realidad simbólica como la que habitamos, las palabras también legitiman y excluyen. Algo, en apariencia pequeño como una frase, tiene detrás una carga simbólica muy importante. Es muy importante que, al momento de preguntar, se utilice el lenguaje de manera que no se predetermine a los censados forzando un molde del cual se escapan un montón de realidades.

Los sistemas cambian con el tiempo y se adaptan de acuerdo al contexto, así lo hemos vivido en días recientes. En estos tiempos, resulta vital que, así como actualizamos nuestros canales de distribución y maneras de trabajar, renovemos también nuestras categorías, que esconden preconceptos e ideas que se están quedando cortas frente a lo que realmente viven las personas. Lo que no se nombra no existe. Al comenzar a nombrar, podremos pensar en otros modos de vivir posibles.

Lucía Anaya

Soy muy curiosa, feminista, fan de los perritos, las caminatas y el café. Me apasionan los temas de sociedad, género, nuevos medios y cultura audiovisual. Me encanta aprender, estudié una Licenciatura en Arte Digital y una Maestría en Humanidades. Actualmente me desempeño como creadora de contenido digital tanto educativo como para marcas.