¿Qué sigue después del 8 de marzo? 

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Tres semanas después del 8 de marzo, en México tenemos un panorama que requiere de nuestras fuerzas. En 17 estados se ha declarado alerta de género y sin embargo el feminicidio aumentó en un 104 por ciento desde el 2015.

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Cuando era una niña escuché las primeras notas del feminismo, estaban en El Diario de Ana Frank que me regaló mi madre, en la escuela cuando aprendí sobre Sor Juana Inés de la Cruz, o cuando entendí que mi tía había decidido poner su profesión por encima de los roles marcados por la sociedad para una mujer. Se formó ahí, en el fondo de mi ser, una melodía que está llena de tristeza y alegría. Un contrapunto que se desenvuelve cada día de mi vida, año con año. 

Esas notas a veces las marca la batería debajo de todas mis acciones cotidianas. Cuando voy por la calle, veo de quién me tengo que cuidar, a quién me le puedo acercar para pedir ayuda y sobre todo si veo a una chica igual que yo de sola y desprotegida pondré atención. Si sucede algo, con una mirada mía, ella escuchará esas notas que también conoce y sabrá que no está sola. 

Hay momentos en que esas notas se vuelven melodías. Cuando se deciden cosas como la maternidad, escoger una carrera, dejar una pareja, vivir sola, las notas se transforman en las melodías más bellas y caprichosas. Están llenas de los sonidos que nos rodean, de los pájaros en nuestra ventana, de las palabras que dijimos o nos guardamos, de las puertas que se azotaron, de los latidos que nacieron, de todo aquello que hizo sentido. 

Y sin embargo algo muy diferente les sucede a esas notas cuando hay una marcha el 8 de marzo: despiertan algo. Como si dentro hubiera una guitarra que está dormida y cuando suenan en compañía, las cuerdas despiertan un calor inmenso. Un palpitar que emociona, porque nos sabemos vivas, porque nos sabemos acompañadas, porque nos sabemos mujeres. Nuestras notas se vuelven sinfonía. Se grita, se abraza, se llora y por sobre todas las cosas, se canta cuando una está sola. 

Ser feminista va más allá de un día, de un post, de un argumento perdido o ganado. Ser feminista es vivir con esas notas como bandera, estrellas o amigas. No es fácil, más bien es agotador. Pero hay días en que es un fuego inmenso. Un fuego que hace arder las injusticias, la ignorancia, la indiferencia, la crueldad. Y ahí abrazadas por un palpitar musical, ahí somos más que dos. Somos nuestras madres, nuestras abuelas, nuestras tías, hermanas, hijas, amigas que no están con nosotras. Somos también con ellos, aunque algunos se esfuercen en tenernos de enemigas. 

Tres semanas después del 8 de marzo, en México tenemos un panorama que requiere de nuestras fuerzas. En 17 estados se ha declarado alerta de género y sin embargo el feminicidio aumentó en un 104 por ciento desde el 2015. En Nuevo León particularmente, debemos tener presente que somos el tercer lugar a nivel nacional en feminicidios y justo este mes, se perdió una gran batalla respecto a los derechos humanos, con modificación del artículo primero de la Constitución Estatal por parte del Congreso Estatal. Una ola de discusiones en lo privado y en lo público tendrán este soundtrack. 

¿Qué sigue después del 8 de marzo? Escuchar nuestras notas con cuidado. Reconocerlas cuando nos hablan, cantarlas con otras mujeres. Formar más y nuevas sinfonías que hagan arder esta oscuridad. Por las que nos inspiraron nuestras notas, por las que ya no las pueden escuchar y por nuestras hijas y sus acordes futuros. 

Karem Nerio

Periodista mexicana. Estudió Letras en la UDEM allá por el 2012. Amante de las ironías y las coincidencias poéticas. Creyente del poder de la palabra ya sea en poesía o en Twitter.