¿Qué quieren? ¿Qué les pasa?

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Las escuelas ensordecen estas situaciones porque así evitan aceptar aquella responsabilidad que les toca abordar ya que no saben cómo actuar; también se evitan periodicazos, algunos nombres en el #Metoo e incluso se evita la fatiga de indagar y mover piezas.

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Las instituciones educativas en Nuevo León dejan mucho que desear en temas actuales como lo son la violencia y el malestar en la vida académica. Sin importar el nivel, el docente no sabe qué hacer ante la violencia, la depresión, la ansiedad y ahora ante las “amenazas” de que alumnos puedan llevar armas o que haya tiroteos. 

En días pasados se ha circulado información referente a tiroteos en instituciones de educación media superior y superior en nuestro estado. Para algunos queda como una simple broma, para otros queda como una amenaza, el asunto es que ante cualquiera de estos casos no se sabe cómo actuar. Por un lado, la institución quiere salvaguardar su nombre y su posición, y por otro, intenta no generar pánico o caer en “provocaciones” pero ¿qué medidas se están tomando al respecto? 

En años anteriores tuvimos el primer tiroteo provocado por un estudiante, en donde una maestra perdió la vida. A raíz de esto la cuidad se alarmó, se escandalizó, y las escuelas cayeron en un especie de crisis e intentaron “prevenir” con su famosa “operación mochila” e incremento en la seguridad. 

Algunas instituciones que le metieron más seriedad crearon protocolos de seguridad y de seguimiento y optaron por brindar una ligera capacitación al personal de la institución, pero ¿fue suficiente? Los padres quieren la certeza de que su hijo(a) está en “buenas manos”. Los maestros quieren que sus alumnos tengan “buenos padres” y lleguen más educados a la aula… pero los niños y los jóvenes ¿qué quieren? ¿qué les pasa? 

Las instituciones no creen a los estudiantes sobre temas de violencia, las quejas de los pocos que se atreven a alzar la voz son calladas, son cuestionados, se pone en duda, se evidencia al alumno, se minimizan las situaciones o simplemente hacen una especie de “como si” se estuvieran tomando cartas en el asunto, sin que se logre o solucione nada para los estudiantes. Por otro lado, tenemos que a los docentes tampoco se les cree. ¡Ay de ellos!, de aquellos pocos valientes que se atrevan a hablar porque se quedan sin chamba, por poner en cuestionamiento las acciones de los directivos.

Luego de que alumnos o maestros hablan o acuden a las instancias correspondientes para denunciar la violencia, deviene una especie de esperanza que es destruida al ver que las cosas siguen exactamente igual o peor de cómo estaban antes.  Las escuelas ensordecen estas situaciones porque así evitan aceptar aquella responsabilidad que les toca abordar ya que no saben cómo actuar; también se evitan periodicazos, algunos nombres en el #Metoo e incluso se evita la fatiga de indagar y mover piezas.  

Estas son algunas de las razones por las que nos seguimos quedando cortos ante la necesidad de escuchar a los estudiantes ¿qué nos intentan decir con estos actos? ¿qué escuchamos y cómo lo escuchamos? y lo más concreto es ¿qué estamos haciendo ante estas situaciones? Nos sigue faltando información y formación a los docentes, administrativos, estudiantes y padres de familia, es un trabajo colaborativo; todos somos piezas importantes e indispensables para construir una educación de calidad y de paz, no se puede seguir responsabilizando a la institución o los padres, mucho menos al estudiante, la problemática aquí está. 

Las instituciones educativas necesitan espacios donde se pueda escuchar a los niños y jóvenes, en donde se les crea sus versiones, que por lo menos se les tome en cuenta y se indague de donde viene ese discurso. Necesitan que se les brinde ese espacio y ese sostén frente su sentir, ya que si la institución y padres de familia siguen tapándose los ojos y oídos ante el malestar que presentan nuestros estudiantes, prepárense para que las “amenazas” se conviertan en hechos; lo no escuchado retornará como actos y la sociedad entera pagará ese precio.

Karla Dávila

Practica el psicoanálisis en la ciudad de Monterrey. Miembro fundador titular de Vía Regia al Psicoanálisis, y del proyecto realizado en colaboración con CONARTE-CINETECA NL “Séptimo Arte y Psicoanálisis”. Cursó la Maestría en Psicología con Orientación en Clínica Psicoanalítica en la UANL con estancia de intercambio académico en la Universidad Nacional De Mar de Plata, Argentina. Actualmente imparte el seminario “El malestar en la vida escolar ” y es catedrática de la Licenciatura en Educación y Gestión de Centros Educativos de la Universidad Metropolitana de Monterrey.