¡Qué bonita es la mar!

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La última vez que mi mamá nos salvó fue hace poco, menos de cinco años. Decidió enfrentar su miedo al agua de la manera más valiente. Me di cuenta el día que llegaron para llevarse a mi papá. Lo había denunciado.

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¡Qué bonito haber tenido infancia en el mar!, me dijo un amigo después de haberle platicado de lo rico que comía cada que iba a Tampico. Desde que tengo memoria, solía pasar todos los veranos en casa de mis abuelos. Cada que iba, mi abuelita me consentía cocinándome mariscos frescos y bocoles. A mi abuelito le gustaba mucho acompañarme a ver el mar.

Recuerdo que me encantaba ir a la playa a buscar conchitas para mi colección. Tenía montones y montones de ellas. A mi mamá no le gustaba meterse al mar, decía que le tenía miedo al agua. Ten cuidado con la marea porque anda brava, me decía mi abuelo, al mar hay que tenerle respeto. 

Recuerdo cuando mi mamá me salvó. Fue un día que decidí pasarme al lado hondo de la alberca sin haber aprendido a nadar aún. Sentí cómo mis pies ya no tocaban el suelo, ya no alcanzaba a respirar, y el miedo no me ayudaba para nada. Me estaba ahogando. De un momento a otro sentí sus brazos cargándome. Se había aventado al agua con todo lo que traía encima. Sola. Sin ayuda de nadie. Al parecer los guardavidas no estaban en ese momento. ¡No me vuelvas a hacer eso, Caro!, me dijo llorando. 

La segunda vez que me salvó, fue la vez que decidí contestar los gritos a mi papá. Como de costumbre, estaba insultándonos, aventando lo primero que se encontraba, tirando y rompiendo platos, vasos y demás. Ese día no pude más y estallé. La discusión subió de tono, pero terminó cuando me tenía entre su puño y la escalera, amenazaba con tirarme. Mi mamá corrió a interceder por mí, como siempre. No recuerdo mucho más, pero no pude hacer demasiado, todos los teléfonos estaban rotos. Ella se estaba ahogando y nadie sabía nadar.

La última vez que mi mamá nos salvó fue hace poco, menos de cinco años. Decidió enfrentar su miedo al agua de la manera más valiente. Me di cuenta el día que llegaron para llevarse a mi papá. Lo había denunciado.

Los días después de eso siguen siendo muy confusos para mí. Aunque las cosas habían cambiado, se respiraba un ambiente de asfixia. Nos recuerdo solos y juntos, a mi hermano, a ella y a mí. Asustados pero tranquilos de alguna forma. Como cuando sales a tomar una bocanada de aire después de contener la respiración por muchísimo tiempo. Después de años de golpes, gritos, amenazas y demás violencias, de una tormenta de la que no sabíamos cómo escapar, llegó una serenidad inquietante. 

La última vez que fui a la playa fue después de mucho tiempo, con mi mamá y mis abuelos. Fue una visita rápida. La marea estaba picada, pero esta vez mi abuelo no me advirtió nada. ¡Qué bonita es la mar!, me dijo.  Me pregunto si se imaginó que aún estando lejos, estuve a punto de ahogarme.

Carolina Leos

Arquitecta por inercia, urbanista por convicción. Me gustan mucho las montañas.