Punto de reunión

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Acostada en la oscuridad me empezaron a abundar imágenes de los edificios moviéndose como hojas de árboles cuando hay viento, delicados como el papel y frágiles. En mi mente resonaban los  gritos de mis vecinos por sentir el sacudir de la tierra, recordé como todos salían de los pisos: niños, aún con el uniforme de escuela, de la mano y bebés en brazos, probablemente todos ellos en hora de comida. También pensaba en las palabras de apoyo de los mensajes que recibí durante la tarde, pero sobretodo  en mi cabeza no paraba de sonar el ruido de la alerta sísmica.

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Después de tres meses de vivir en la Ciudad de México, visualizaba mi regreso a Monterrey para fin de año, pero una emergencia de calibre 7.1 escala de Richter fue razón suficiente para regresar a casa.

El suelo decidió moverse justo después de clases, por lo que mis amigos y yo pasamos todo el día y la noche en mi departamento, no pude dormir. Dejé la puerta abierta y mi ansiedad cerrada, pero traía los tenis puestos por si acaso. 

A la mañana siguiente cada quien compró su pasaje de regreso a casa. Boleto de avión, mochila y cartera, boleto de avión, mochila y cartera, repetía una y otra vez mientras salía de mi departamento del edificio Barbados, en Coyoacán.

Entre ambulancias, montañas de escombro y policías en las calles, el camino del sur de la Ciudad de México hacia el aeropuerto se me hizo más largo de lo usual.

Era la única regiomontana entre mi grupo de amigos, tapatíos todos. Se fueron juntos y yo por mi cuenta. Era la primera vez que viajaba sola, pero sabía exactamente lo que tenía que hacer. 

Boleto de avión, mochila y cartera; nada me hacía falta, solo subirme al avión, tomar un vuelo de una hora y media hacia Monterrey para que mi mamá me recibiera del otro lado de la puerta.

Cuando aterrizamos en mi ciudad de las montañas, caminé por los pasillos del aeropuerto para ir por mi maleta, la tomé y al voltearme hacia la puerta de cristal, mi mamá se encontraba esperándome del otro lado. 

La vi con la bolsa cruzada y con una sonrisa como siempre, me vio como cuando me esperaba en el transporte de la primaria, como si me hubiera ausentado tan solo unas horas. Se quitó la bolsa para abrir los brazos y recibirme.

De camino a casa, todo fue desconocido para mi. Las calles, los edificios y las montañas. Me sentía una extraña en mi propia ciudad. Llegar a mi hogar, lugar donde no esperaba regresar por un tiempo, me provocó una disociación enorme. 

Sentía que estaba soñando con estar llegando, con mis papás en la camioneta y que en cualquier momento iba a despertar en el cuarto del departamento para irme a mis clases en la UNAM. Pero no estaba soñando.

Ver a mis hermanas, a mi abuelita, a mis primos, mis tíos y a mi mascota, me alegró la noche. Usualmente verlos y convivir con mi familia entre semana no se hubiera hecho raro, pero en ese momento lo sentí una realidad muy extraña. Entré en un modo automático inmediato.

Mi abuela se encontraba en mi casa, mi mamá pensó que era buena idea que se quedara en mi cuarto los meses que yo estaba fuera para poder atender su enfermedad de cerca. Subí a mi cuarto. Mija, ¡pensé que ya no te iba a volver a ver!… me abrazó. Con todas las noticias e imágenes, mi abuelita pensó que yo estaba herida, físicamente, no era así.

Me fui al cuarto de mis hermanas para dormir con ellas. Acostada en la oscuridad me empezaron a abundar imágenes de los edificios moviéndose como hojas de árboles cuando hay viento, delicados como el papel y frágiles. En mi mente resonaban los  gritos de mis vecinos por sentir el sacudir de la tierra, recordé como todos salían de los pisos: niños, aún con el uniforme de escuela, de la mano y bebés en brazos, probablemente todos ellos en hora de comida. También pensaba en las palabras de apoyo de los mensajes que recibí durante la tarde, pero sobretodo en mi cabeza no paraba de sonar el ruido de la alerta sísmica.

Con ese recuento de las últimas 24 horas mi modo automático se apagó y la ansiedad que traía dentro por fin salió.

¿Cómo era posible que me sintiera extraña en mi casa? ¿Estaba huyendo de mi realidad en la Ciudad de México? ¿Por qué no hice más? ¿Por qué no me quedé? ¿Qué hago aquí?

Empecé a temblar, no podía controlar mi cuerpo, mi mamá vino al cuarto y me dijo que llorara. Lloramos juntas. Aunque no me sentía tranquila completamente, me sentí un poco más segura.

No podía evitar sacar todo lo que sentía dentro de mí. La frustración e impotencia se combinó con una ansiedad reprimida durante esas últimas horas. Los abrazos de mi abuela y mi mamá fueron el consuelo y mi verdadero refugio, el punto de reunión que necesitaba.

Tere Garza

Soy Teresa Garza, periodista de 22 años en Monterrey. Vivo entre mariposas amarillas, desayunos con diamantes y noches estrelladas. Los libros son mis aliados, las películas un pasatiempo, escribir mi sueño y el amarillo mi color favorito.