Pensé que nos había abandonado

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Era el día de su cumpleaños, José estaba por llegar a los 4 años de edad. Sabía que sería un cumpleaños diferente. De niño, uno espera sentirse entusiasmado por jugar con tus amigos, abrir los regalos, romper la piñata, escuchar a tus papás cantando Las Mañanitas a tu lado y compartir otro año de vida con ellos. Esta vez no fue así, faltaba alguien. “¿Por qué no vendrá mi papá? ¿sigue de viaje? Ha de tener mucho trabajo, ¿no me llamará por teléfono?”, preguntaba el niño a su abuela, a quien le retumbaban en lo más profundo del alma estas palabras: “¿dónde está?”. El padre, quien dio la herencia de su primer nombre a sus dos hijos, había estado yendo a Tamaulipas a trabajar. Estando allá, un día su madre angustiada lo llamó por teléfono, pero ya no hubo respuesta, desapareció.

En un país que supera los 40 mil casos de desaparición, la angustia hasta el día de hoy sigue presente más que nunca en las familias que buscan día con día a sus seres queridos. Los niños y niñas que son hijos, hermanos, sobrinos, nietos de estas miles de personas, añoran de la misma manera el día en que puedan encontrar a sus familiares, sin embargo, en los menores de edad la lucha puede llegar a ser más difícil de lo que pensamos. La sensación de culpa y las ideas de abandono se manifiestan más frecuentemente en los niños y niñas que tienen un familiar desaparecido, y sobre todo en aquellos que pierden a quienes formaron parte de su crianza.

Después de que Olga, una niña de 10 años, se entera de la desaparición de su padre, mencionó: “pensé que nos había abandonado. Mi mamá me dijo que se había ido a trabajar, pasaron años e imaginé que esa no era la verdad, pero no sabía que estaba perdido”. Su madre decidió no tocar el tema sobre la desaparición con la idea de ahorrarle el sufrimiento con el que ella también carga. En los más pequeños se genera un mundo de fantasías al que recurren para comprender su realidad, un mundo imaginario que también puede ser doloroso.

La incertidumbre sobre el paradero de un ser querido crea un sufrimiento particular e indescriptible, que se vuelve crónico en los niños y niñas luego de haberles “evitado” la lamentable verdad, por lo que resulta aún más complicado llevar a cabo el proceso de duelo apropiadamente. El papá de Aarón desapareció en el año 2013, el niño tan solo acababa de cumplir los 3 años. A pesar de su corta edad, su desarrollo se vio limitado por sentimientos de culpabilidad, los cuales provocaron llantos y pesadillas constantes presentes en cada noche.

Luisa, de 5 años de edad, dice tener dos mamás, una no sabe dónde está, a veces dice que está en el cielo y otras veces que muy lejos, y la otra es su abuela a quien la comparte con su otra mamá. Su abuela se quedó a cargo de tres niñas después de la desaparición de su hija en el año 2015. Al inicio fue duro para Luisa a pesar de saber sobre la verdad de los hechos; surgieron en ella sentimientos de inferioridad al ver que todos tenían una mamá en su escuela y que ella no. Su abuela le dijo: “pero aquí estoy yo, tu segunda madre”.

Las secuelas son incontables tras un desaparición, por lo que las familias pueden pasarse tratando de elaborar el duelo, hasta encontrar a su ser querido. Los niños y niñas son víctimas indirectas y silenciosas después del hecho traumático y frente a este transcurso del tiempo, por lo que parece que cuesta ponerse en el lugar de ellos. Pero es posible trabajar en recuperar sus voces y el derecho a la esperanza, sobre todo hacerles ver que no están solos, que hay quienes podemos escucharlos y aguardar junto a ellos.

Niños y niñas como José, Olga, Luisa y Aarón ahora saben sobre la verdad de la desaparición de su madre o padre, y juntos con el gran apoyo de su familia han llegado a fortalecer muchos aspectos de su vida, siempre con el recuerdo de su ser querido en el corazón.

Rebecca Almanza

Profesional de la salud mental interesada en estudios sobre la infancia. Feminista y fiel seguidora del movimiento #FreeTheNipple. En mis tiempos libres, soy catadora de elotes y de cerveza artesanal.