Pasaporte a Monterrey

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Yo tenía un ritual secreto. Se suponía que estaba viviendo en España por gusto y que era muy feliz, ¿no? Pues sí, pero a veces (muy seguido), la nostalgia me mordía. ¿Sí lo has sentido? Es como una quemadura por dentro que no sabes ubicar pero que de repente te agarra la garganta y se te complica respirar sin soltar lágrimas. No sé si todos los mexicanos que se van a vivir fuera del país tienen ataques de nostalgia. Se me hace que sí, aunque creo que es posible que se manifieste diferente en cada persona.

Pero comencé hablando de mi ritual secreto para paliar esa mordedura. Cuando me quedaba sola, hacía un espacio en la sala de la casa donde vivía, corriendo la mesita de centro hacia una orilla y los sillones para otro lado; encendía el equipo de sonido; ponía mi disco de Celso Piña a todo volumen; cerraba los ojos y me ponía a bailar sin censura. 

“Luna, llena mi alma de cumbia, saca de mi la locura ¡llévame! a la luz y la paz…”.

No me puedo imaginar qué aspecto tenía yo en esos ratos, pero sí puedo prometer que así, dejándome llevar por el acordeón, con los ojos cerrados y los oídos llenos de esa música urbana, veía los (mis, nuestros) cerros, sentía el calor de Monterrey, olía la carne asada y a veces hasta me comía un elote de la Purísima con harto limón y chile y me tomaba unas cervezas bien muertas.

Celso y su acordeón eran la puerta, pasadizo, transporte y pasaporte para regresar a la tierra que dejé atrás pero que nunca salió de mí. Cuando volví aquí y me enteré de que se iba a realizar un concierto gratuito con El Gran Silencio y otros grupos y que él lo cerraría, no me importó estar cinco horas de pie, a ratos mojándome con la lluvia, a ratos sudando a mares, en mitad de un tumulto. Simplemente tenía que estar en ese lugar y valió la pena. Allí, en la explanada del Museo de Historia, me fundí con una muchedumbre en una versión colectiva de mi ritual, que ya no era secreto. Allí, con ese baño de energía, comprendí porqué la música de Celso tenía tanto poder.

Ya no voy a poder decírtelo, Celso, pero siempre te voy a agradecer todas las veces que me trajiste de regreso a mi ciudad.

Me he dedicado toda la vida a la educación en diferentes modalidades y niveles. Me apasiona leer y escribir. Soy amante de la diversidad humana, defiendo la alegría. En algún tiempo, activista animalista. Aprendiendo cada día, gracias a las ideas de los participantes de los talleres de columna de opinión.