Paraíso morado

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No recuerdo cómo di con el lugar. Seguramente pregunté por referencias en alguno de los ocho mil grupos de WhatsApp en los que estoy, y alguien me pasó el dato. En mi caso, conecté con el estudio de depilación más sui generis que conozco.

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No recuerdo cómo di con el lugar.  Seguramente pregunté por referencias en alguno de los ocho mil grupos de WhatsApp en los que estoy, y alguien me pasó el dato.  No sé si sepan, pero en estos grupos se pueden conseguir desde crónicas enteras sobre hechos de actualidad (con apoyos visuales incluidos), hasta remedios para cualquier afección física o emocional.  En mi caso, conecté con el estudio de depilación más sui generis que conozco.

Está a dos locales de un reconocido table dance y cuenta la leyenda que el negocio comenzó haciéndose cargo de las chicas que ahí bailaban.  Bordeado por un centro naturista y un depósito cuyo propietario vive rabiando con las clientas que no respetan el estacionamiento, el estudio sorprende desde la entrada.  Puerta metálica siempre cerrada, ventanas sin vista hacia el interior y un letrero que reza: “prohibida la entrada a hombres por comodidad de nuestras clientas”.

Al abrirse la puerta y cruzar el umbral se tiene la impresión de entrar en un universo alterno que pondría a Prince súper contento: paredes, sillones, cortinas, cojines… Todo es morado.  Hasta las luces de los aparadores con joyería y montones de botellitas son violeta.  El olor a la fragancia en turno de la línea de aceites esenciales que ahí venden, penetra con fuerza la nariz y obliga a alinearse con el estado de ánimo designado.  Ayer, lavanda, así que no tuve más remedio que relajarme y entregarme a los efectos de la que es, por supuesto, morada.

Diez cubículos con muros intermedios de tablarroca, cerrado cada uno con cortinas (¿de qué color?), una camilla y una mesa donde descansan los utensilios de tortura: calentador para un tarro de miel al que no se le ve nunca el fondo, abatelenguas, tiras de tela y talco.  En la pared, el menú de servicios. De verdad este mundo provee oportunidades invaluables para aprender. Ayer aprendí que hay algo llamado “depilación cubana”, asociada a otra palabra que aprendí también ahí : “intergluteal”. Aparentemente no existe espacio suficientemente recóndito para estas samurais de la miel.

Lo más impresionante es la técnica. Sin importar el área meta, ellas jamás tocan nada. Sugieren posiciones convenientes para ampliar su rango de cobertura y usan hasta la ropa interior como instrumento para abrirse paso. Talco, miel, jalón… Talco, miel, jalón… Tarda una más en acomodarse que ellas en despachar, ayer con Lupita D’alessio de fondo.  Es un gozo hermanarse con desconocidas para cantar en ensamble coral improvisado con interjecciones de dolor, mentadas de madre y jalones de cientos de vellos siendo arrancados en sincronía.

En ocho minutos quedo sin un pelo de tonta, me cobra la misma verduga que aguantó la risa desternillada que me da siempre que siento dolor y es también ella quien me conduce a la puerta.  Besos, gracias y sin más preámbulo soy parida de este morado oasis hiper femenino hacia la rudeza gris de Simón Bolívar. 

Daniela Garza Bilbao

Tengo 42 años y soy nacida, criada y vivida en Monterrey, con pizcas de otros lados. Estudié Letras Españolas, Educación y Psicoterapia y me he dedicado de lleno a la capacitación corporativa. Revoltosa, animalera, curiosa y hambrienta siempre de aprender y desaprender, vine a dar con los talleres de bitácora personal y aquí me quedé.