Nuestro sistema médico, ¿debemos creer y hacer todo lo que nos dicen?

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Noviembre del 2016 fue un fin de año interesante a nivel familiar y de pareja. Emilio tenía 5 años y estaba por cumplir 6. Comenzaron a incrementarse sus dolores de cabeza. Yo me sentía más preocupada. Observaba que a veces venían después de haber tenido un día intenso de mucho juego, aventuras; otros simplemente por no haber comido bien.

Recuerdo un momento que, aún, lo tengo muy presente: estábamos en Mazamitla con toda mi familia. Emilio no había comido, no paraba de jugar, él no es de los que se acerca a buscar la comida, simplemente se entrega a lo que está viviendo, por lo que fui a buscarlo para que se sentara a comer. Así fue entonces que comió, terminó su tarde bastante divertido con sus primos, corriendo, brincando, jugando. Fue a las 10 de la noche que comenzó con un dolor muy fuerte en su cabeza, estaba durmiendo conmigo, el dolor se le venía intenso, más que otras ocasiones. Las luces le molestaban, los sonidos, cualquier estímulo lo incomodaba. Me sentía impotente, angustiada, inquieta por no saber cómo evitarle a mi hijo este sufrimiento. Me sentía como si estuviera atada de manos; con una urgencia de actuar, pero sin saber o tener la certeza de qué hacer. Quería darle algo, una pastilla o un antídoto que lo sacara de esa situación. De pronto se sentó y comenzó a vomitar y eso le ayudó a descansar mejor. Por esa noche, ya todo estaba bien.

Después de ese episodio mi preocupación comenzó a convertirse en decisiones; ya no nos sentíamos tranquilos con los aceites o los remedios caseros, por lo que decidimos tomar acción mediante una revisión más seria.

Así que allí vamos, la cita la hicimos con una psicóloga que previamente conocía a Emilio. Ella nos había apoyado hacía un par de años con varios temas que como padres nos encontramos limitados para resolver. Ella nos dijo que debíamos hacer un mapeo cerebral, nos indicó que era importante para este estudio, que el niño no durmiera bien. Es decir, que se acostara tarde y que cuando lo levantáramos que fuera muy temprano, alrededor de las 6 a.m., y llevarlo a primera hora. Se necesitaba que Emilio viviera una privación de sueño y en ese estado se analizaría la actividad cerebral.

Llegamos al estudio, Emilio se portó muy bien, seguía las indicaciones del doctor, todo salió perfecto. Nos dieron los resultados de los estudios tres días después.

Con ellos en mano fuimos con Patricia, la psicóloga. Ella nos comentó que necesitaba que durante la cita se encontrara presente su colega, un doctor con una especialidad en neurología infantil. Me pareció bien ya que estos resultados demandaban una interpretación más completa. La cita fue complicada de concertar, pero se logró. Así entramos al consultorio. Me sentía nerviosa, preocupada por lo que nos iban a decir. Las primeras palabras que salieron de la boca del doctor fueron: “señora, ahora no tiene nada de qué preocuparse. Usted no ha hecho nada mal, todos su esfuerzos y desgastes por esos dolores de cabeza son por este problema que encontramos en la actividad cerebral de Emilio, usted no ha hecho nada mal. Y a partir de ahora lo vamos a arreglar con un tratamiento, lo que permitirá que el cerebro de su hijo se armonice y deje de tener esta problemática en su hijo”.

Recuerdo muy bien cómo me sentí al escucharlo. Mi estómago se apretó, surgió un sentimiento de incredulidad, confusión, una necesidad de sacar la garra por mi hijo, protección. Sé que mi intuición estuvo presente en todo el momento de la consulta. En mis adentros pensaba: ¿Estoy aquí porque hice algo mal con mi hijo? Obviamente no busco que “arreglen a Emilio”, sino entender. No fui por una pastilla para quitarme una molestia de encima, pero así trataba todo el asunto el doctor. Quiero un hijo consciente, de mente y corazón, que pueda tener un cuerpo sano. ¿Problemas? Eso siempre será parte de la vida, ¿realmente qué está queriendo decir este doctor?

Finalmente, pregunté:  y este tratamiento, ¿en qué consiste?

“Le daremos a su hijo un ansiolítico y un antidepresivo para que estos medicamentos nos ayuden a producir las sustancias que su cerebro no está generando para que así se equilibre y deje de tener estos dolores de cabeza. Puede que presente alguna alergia, es importante que me lo comunique inmediatamente. Es normal que suceda, son unas ronchas nada más, en una semana desaparecen. Si no, por favor me avisa para modificar la dosis”.

Mi cerebro y corazón seguían en corto circuito. Diversos pensamientos y emociones en el aire, en mis adentros pensaba: ¿me está pidiendo que someta a mi hijo a un riesgo de alergia? ¿Cómo? Lo llevé porque le dolía la cabeza y ahora, ¿estaré lidiando con una alergia en la piel? Al mismo tiempo sentía un poco de angustia, escepticismo y sorpresa. De pronto me sentí en una especie de laboratorio. Era un espacio frío con dos personas en bata, a metros de distancia; hablando en otro idioma y no solo eso, atemorizándome sobre mi futuro y el de mi hijo. ¿Quiere que tenga a mi hijo de 6 años bajo el efecto de drogas?  ¿En qué momento la medicina occidental se volvió un espacio así?

El doctor agregó: “Lo bueno de todo es que estamos a tiempo de corregir este problema, ya que, de no hacerlo, es muy posible que en la adolescencia ustedes enfrenten el reto de tener en casa un niño problemático, rebelde, oposicionista, desafiante y con muchos trastornos de conducta”. Y aquí estaba nuevamente el ingrediente de “miedo” que le terminaba metiendo el doctor a toda la escena.

Yo seguía callada, seguía interpretando lo que me decían, tratando de acomodarlo. Me decía a mí misma: “Esto no tiene sentido”. En mi mente, hubo una certeza que me cobijó en todas las siguientes decisiones que fui tomando en conjunto con Juan Carlos. NO VOY A MEDICAR A MI HIJO.

Fui así que salimos del consultorio, ambos callados, sorprendidos de lo que acabábamos de escuchar, confundidos. Lo primero que dije al entrar al coche fue: “Esto parece una locura, no quiero medicar a Emilio”.

Acto seguido, camino a casa, con cierto coraje en mí, revisé la receta y pude ver que el doctor ni siquiera tenía la especialidad de neurología pediátrica. Me sentí un poco más tranquila, con cierto impulso de desechar por completo su opinión que al final era eso: una opinión. Si él no era realmente un especialista en niños, ¿cómo iba a tomar en cuenta su diagnóstico? ¿En qué momento lo que dicen los doctores puede marcar el rumbo de nuestras decisiones o la manera en que vivimos nuestras enfermedades o nuestros desequilibrios? ¿Qué no se supone que somos nosotros los que decidimos cómo cuidarnos, cómo queremos vivir nuestra salud? Al final de todo, una enfermedad o padecimiento, ¿quién es el que la padece? ¿El doctor, o uno?

Y así fue, encontramos una doctora cuyo diagnóstico fue decirnos que Emilio estaba muy saludable. Sus dolores de cabeza tenían que ver con una falta de hierro combinada con una intensidad de personalidad, todo se resolvió con una dieta alimenticia. El medicamento que nos recomendaron darle a Emilio ha enviado a varios niños al hospital debido a una “alergia” que se les manifiesta. Al parecer, este doctor ha dado este mismo tratamiento a más niños.

Emilio nunca recibió ningún tipo de medicamento psiquiátrico. Es un niño feliz, inquieto, creativo, curioso, apasionado por los animales, la mecánica, la manera en que funcionan todas las cosas. ¿Tengo problemas con él? ¡Claro! Y de manera constante estoy en problemas con él, pero es justo por ello que lo amo, su incansable sed de conocimiento, su fuerza hacia la vida y su inagotable curiosidad. Para mí, eso es el mayor síntoma de su salud infantil.

Gabriela Chávez

Soy Gabriela Chávez, estudié IIS en el ITESM de Guadalajara, me considero muy independiente, sensible y me gusta creer que podemos hacer un mundo mejor para todos. Me encanta participar en causas sociales que tengan que ver con la educación, el crecimiento de la consciencia en los adultos que acompañan a los niños. Desde hace 10 años decidí enfocarme en el ramo del desarrollo humano, convirtiéndome en Instructora de Atentamente Consultores A.C., en donde he impartido talleres en sector laboral, familiar y gubernamental. Tengo 8 años dedicada al estudio en prácticas contemplativas sobre el cultivo de la atención y el balance emocional, teniendo excelentes oportunidades para practicar la paciencia y el amor incondicional con mis dos pequeños hijos.