No soy un delincuente

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Lo que jamás olvidé fue cómo contemplé a aquella multitud saltar y cantar para los jugadores durante todo el partido. ¿Quiénes son?, le pregunté a mi papá. Es “La Adicción”, respondió, atento al juego mientras escupía la cascara de las semillas que comía.

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Tenía siete años cuando mi papá me llevó por primera vez al desaparecido Estadio Tecnológico. Es fecha que recuerdo con entusiasmo la alegría que me invadía el cuerpo cuando, al asomarme por sus puertas y pasillos, alcanzaba a ver el verde de la cancha.

La primera vez en el estadio para un niño es muy parecida a la primera ocasión en que abordamos un avión: vemos y escuchamos todo. Rayados jugaba frente a Morelia y más de 30 mil personas los recibían con algarabía. Al tomar asiento y dar una mirada periférica para contemplar la postal sabatina, me encontré con un grupo de miles de personas de pie, mismo grupo que fue subiendo su volumen de voz conforme más personas se unían a un canto unísono que decía de la siguiente manera:

“Venimos este año con una ilusión

de verte de puntero, de salir campeón,

por eso a Rayados, le canto yo,

porque es un sentimiento en mi corazón,

no tiene explicación…”

Recuerdo lo que ocurrió en el partido por la magia del internet y la televisión que años después me recordó los goles, marcador, fecha y hasta el número de pases que dieron todos los jugadores. Lo que jamás olvidé fue cómo contemplé a aquella multitud saltar y cantar para los jugadores durante todo el partido. ¿Quiénes son?, le pregunté a mi papá. Es “La Adicción”, respondió, atento al juego mientras escupía la cascara de las semillas que comía.

Fue hasta los 15 años cuando pude ir a la tribuna de General, que es donde se colocaba La Adicción. Conforme pasan los partidos uno se da cuenta de todo lo que envuelve al corazón del estadio, la tribuna popular. Sí, hay drogas, hay alcohol, hay personas que llegan en estado de ebriedad, pero también podías encontrar mujeres, señores con niños, estudiantes, profesionistas y así puedo acabarme la hoja mencionando lo diversa que es la hinchada del Monterrey.

Cuando escucho en pláticas generalizar a las “barras”, como un grupo de delincuentes, siento molestia porque no me considero un delincuente. En mi caso, yo comencé a repartir revistas hechas por la hinchada a todos los que llegaran a la zona en donde ésta se situaba. Después me invitaron a escribir y finalmente creció mi interés por la lectura, por los trabajos periodísticos, y fue así como colaborando con una barra de un equipo de futbol decidí que quería estudiar periodismo.

Y lo hice, y trabajé y escribí para un periódico de la ciudad y actualmente trabajo en un lugar donde los deportes y el periodismo están asociados. Cuando tengo oportunidad, vuelvo a la tribuna donde se para La Adicción y canto con ellos y saludo a mis amigos con los que he compartido viajes, partidos e infinidad de aventuras en otros continentes con la finalidad de ir a ver futbol.

Estoy seguro de que en todas las barras o quizá en la mayoría, existen grupos así de diversos: en las barras hay personas trabajadoras y otras que no, hay profesionistas y otros que no pudieron por cuestiones económicas ir más allá de la educación básica. Pero el poder de las barras e incluso en algunos casos del futbol, es que hace posible eliminar las distinciones entre clases sociales.

No creo que las barras sean las culpables de todo lo que sucedió el domingo pasado. Finalmente, el hecho fue el resultado de una cadena de errores que se cometieron en simultáneo. Muchos se encargan de distorsionar la rivalidad y calientan los ánimos durante toda la semana previa al partido, para que, al momento del silbatazo, las aficiones estén en punto de ebullición.

Pero el principal motivo es la educación que arrastramos desde nuestro hogar. ¿Cómo es posible que yo haya pertenecido a una barra, pero nunca me haya agarrado a golpes con un aficionado de otro equipo?, ¿eso existe?, ¿es posible?, ¿cómo yo puedo estar en un partido saltando y cantando sin tomar una sola gota de alcohol o consumir alguna droga? Porque esos valores no se adquieren en la tribuna o en la cancha, ésos los agradezco a mi familia y a mis padres quienes pudieron darme educación en casa y en la escuela.

La culpa es colectiva, pero la más rápida y fácil solución es echársela a las barras. Como dijo Diego Armando Maradona en su despedida: “La pelota no se mancha”. El futbol no tiene culpa, es el cómo nos lo venden, cómo lo manipulan y hacia dónde lo quieren llevar.

Emmanuell I. Solís

Tengo 24 años y estudié Ciencias de la comunicación. Trabajé para medios impresos como reportero de deportes y cultura, fui corresponsal de Periódico ABC en el Mundial de Clubes de 2013 en Marruecos. La vida es más sencilla cuando te la explican con futbol... y eso es lo que siempre intento hacer.