No son los popotes, sino la pesca

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Mientras la Organización de las Naciones Unidas (ONU) advierte sobre una posible catástrofe ambiental para 2030 y el número de víctimas marinas se cuenta por toneladas, apenas nos estamos ocupando de los popotes.

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El fin de los popotes desechables es inminente. Tanto la iniciativa privada como los diferentes gobiernos están adoptando medidas para restringir el uso de este absurdo artículo de plástico, gracias al impulso sensibilizador e informativo de los colectivos ecologistas. Ante esta buena noticia, quizás el único problema es que otros temas de mayor significado –como la pesca- podrían ser omitidos en la discusión sobre los plásticos en los mares.

En 2015, algunos estudios realizados por científicos australianos y por Jenna Jambeck de la Universidad de Georgia, estimaron que existen 8 millones de toneladas métricas de plástico en los mares, de las cuales los popotes representan sólo el ¡0.03 por ciento! En 2018, un grupo de científicos afiliados a Ocean Cleanup publicaron un estudio para la revista “Scientist reports”, en el cual determinaron que el 46 por ciento de los plásticos en los mares corresponde a las redes de pesca y un porcentaje adicional a otras artes de pesca como conos, trampas, redes pequeñas y cuerdas. 

El éxito de la campaña ‘Sin popote’ representa también la impotencia de los ecologistas que vemos, una vez más, el júbilo ante logros que no corresponden a la emergencia ético-ambiental que atravesamos, mientras los problemas más sustanciales son relativamente invisibilizados. El ‘por algo se empieza’ ya no cabe. Es ingenuo creer que estos pequeños logros nos conducirán paulatinamente a la restauración ambiental del planeta. No ocurre. Llevamos varias décadas de ambientalismo y las causas que más abonan a la crisis ambiental no solo no han sido erradicadas, sino que se han fortalecido. El caso de la pesca es contundente.

A pesar de los terribles desequilibrios ecológicos que sigue generando hasta el tiempo actual, la pesca es una actividad fortalecida por el desarrollo tecnológico y por los mayores consumos per cápita de una población en crecimiento. Desde 2005 la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), había advertido que el 70 por ciento de las especies comerciales de peces estaban sobreexplotadas, mientras que la negligencia de organismos pesqueros ha puesto al borde de la extinción a especies como la vaquita marina.

La pesca mata muchos más animales marinos que los popotes y el resto de los plásticos en los mares. Tal actividad mata a los animales que pesca y a los que se lleva de arrastre. Además, deja a miles de especies atrapadas en las redes abandonadas, lo que se conoce como pesca fantasma.

La cantidad de víctimas es incalculable. La tortura de millones de peces atravesados por lanzas y anzuelos, aplastados, asfixiados o mutilados en las redes de pesca, deja una deuda moral ante nuestros primitivos ancestros acuáticos y la huella plástica más grande de los océanos.

Si bien la pesca ha sido una actividad milenaria que en varios momentos representó la fuente de subsistencia de incontables grupos humanos, quizá sea momento de comenzar a dejarla en el pasado. Finalmente la historia la escribimos nosotros/as y no hay mejor momento que el actual para iniciar una historia en que los cuerpos de agua del planeta estén libres del plástico y de las amenazas humanas hacia sus habitantes. Una historia de empatía y respeto por la vida de todas las especies marinas.

Mientras la Organización de las Naciones Unidas (ONU) advierte sobre una posible catástrofe ambiental para 2030 y el número de víctimas marinas se cuenta por toneladas, apenas nos estamos ocupando de los popotes. ¿Qué tal si comenzamos a ocuparnos también por aquello que causa los mayores daños? Pedir la opción vegana en el menú es mucho más que una elección personal. Es una manera directa de cambiar la historia.

Israel Arriola

Se graduó en licenciatura y maestría por la Escuela Nacional de Entrenadores Deportivos. Actualmente se desempeña como profesor en la Universidad La Salle Nezahualcóyotl, en el área de Ciencias en el Deporte. Es vegano y activista por los derechos animales desde 2008. También hace parte del movimiento por el Descrecimiento en México.