Miopía sistémica

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De la precariedad verdadera de las condiciones de vida y el maltrato y la injusticia que son inherentes a vivir en un sistema capitalista sin capital, nadie habla. O por lo menos, nadie con verdadero poder e influencia lo está haciendo.

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“Nuestros alumnos están construyendo casas de cartón para sensibilizarse sobre la realidad que viven muchas personas en nuestro país” se leía en la publicación en Facebook de la página de Servicio Social del Tec de Monterrey.

Con este pie de foto vemos imágenes de jóvenes, de unos 18 o 19 años, sonrientes y divertidos, mientras se refugian debajo de una caja de cartón que hace de techo. Es casi innecesario sacarlo a relucir, pero en esas fotos todos son blancos y uno adivina que su ropa ha sido lavada por su muchacha antes de que salieran a cambiar al mundo, una casa de cartón a la vez. La realidad sobre la que supuestamente se concientizan no es más que un juego, una fantasía lejana. “Los pobres son más felices porque todo lo que tienen es amor” les dicen, y ellos se lo creen.

El Tec de Monterrey no es el único ente culpable (o tal vez víctima), de campañas publicitarias miopes. Hershey’s recientemente estuvo bajo escrutinio por su campaña #HacerElBienSabeBien. En el video que acompañaba al hashtag, vemos a una serie de influencers que se acercan con personas “necesitadas” y les entregan algún producto de la marca. No es posible que hoy en día se sigan aprobando este tipo de campañas, gritan los críticos. Pero yo creo que sí es posible. La pobreza se ha convertido en propaganda, en una nueva herramienta de las élites para obtener beneficios.

Hemos romantizado la pobreza a tal nivel que, hoy por hoy, la palabra se entiende más como narrativa que como problemática. No hace falta más que voltear a ver al ahora emblemático programa Prospera, antes Progresa, antes Oportunidades. Desde su concepción ha operado del mismo modo: entre el 2.5 por ciento y 3.3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), se destina a transferencias monetarias para hogares de bajos recursos. Veinte años después, el impacto es mínimo y los esfuerzos por mejorarlo, nulos. Así, la promesa de una vida mejor se convierte solamente en un foro más para que el político del momento consiga su foto. El presidente visita una comunidad en la que jamás volverá a pensar por el resto de su administración; tremendo héroe. La intención de trabajar por una mejora real parece no figurar dentro de la agenda de nuestros servidores públicos. ¿Quién está ideando políticas públicas que hagan de la movilidad social verdadera, un hecho en nuestro país?

Al final lo que esta narrativa nos transmite es que la pobreza no es realmente un tema tan urgente; de todos modos, hay quien les regala chocolates de cookies and cream. A lo mejor tienen la suerte de salir en una fotografía junto a un político importante y otros pensarán en ellos mientras juegan a ser activistas. De la precariedad verdadera de las condiciones de vida y el maltrato y la injusticia que son inherentes a vivir en un sistema capitalista sin capital, nadie habla. O por lo menos, nadie con verdadero poder e influencia lo está haciendo.

No es que existan malas intenciones. Yo creo que, genuinamente, las personas involucradas en este tipo de esfuerzos están seguras de que su pseudo activismo está bien ejecutado. Lo que nos hace falta, a todos nosotros, a las instituciones, las empresas, las universidades, a cada uno de los que formamos parte de esta sociedad, son nuevas gafas. Nos urge quitarnos esas que con los años se han ido tiñendo de rosa y nos han hecho ver la situación con más suavidad, e intercambiarlas por unas que nos hagan ver con claridad la realidad y los alcances de nuestras intervenciones. La visita al oftalmólogo es anual, y ya va mucho tiempo que nos la saltamos.

Danae García

En mi acta de nacimiento dice que tengo 22 años, pero yo siento que soy un alma muy vieja. Estudio y trabajo, pero mi ocupación de tiempo completo es aprender a aprender.