México conspiranóico

Cuando cayó el helicóptero este pasado 24 de diciembre, se sugirió que fue por orden presidencial. Se acusó con información no sustentada y se propagó una idea que— si bien creíble en luz de la poca transparencia que existe en México—no hallaba justificación en hechos verídicos.

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El 24 de diciembre, por ahí de las cuatro y media de la tarde (tiempo del centro de México), Andrés Manuel nos informó de una tragedia. Con palabras sobrias, el presidente confirmó el desplome del helicóptero que transportaba a la gobernadora de Puebla, Martha Erika Alonso, con su esposo y dos pilotos. Su tweet, conciso y desabrido, hundió la Navidad en un especular sin precedentes. Se habló rápido y se habló mucho; se aseguró sin fundamento. Twitteros e internautas, en su mayoría de la oposición, construyeron una narrativa peligrosa que apuntaba al Presidente como personaje antagónico del percance. Se talló, en el emerger de los hechos, una realidad ficticia y conspirativa que provocó tanto un sentimiento de suspicacia como uno de perturbación. El accidente habló de nosotros como sociedad “conspiranoica”. Pero también nos recordó que esta era, a pesar de su democratización del conocimiento y comunicación masiva, se ha convertido en la cuna de oro de las teorías conspirativas.      

La tierra plana, los Illuminati, el 11 de septiembre y el VIH como herramienta de purificación social, son todos ejemplos de teorías conspirativas. Aunque algunas de ellas son completamente inofensivas, otras pueden generar inestabilidad social entre la ciudadanía: inclinaciones anti-sociedad y desconfianza a los principios científicos. La psicología, por su parte, asegura que la adopción de teorías conspirativas actúa como un mecanismo de supervivencia: un confort ante la crudeza de la realidad. Es más fácil creer que las acciones de un grupo poderoso se ocultan tras un acto atroz, que aceptar que sucesos terribles ocurren en nuestra sociedad. Pensar que el gobierno americano planeó el 11 de septiembre es más asimilable que aceptar que un grupo terrorista puede, en cualquier instante, secuestrar aviones y atentar contra la vida de 3000 personas. Las teorías de conspiración son para la sociedad un reflejo instintivo, un estremecimiento de sospecha ante la fragilidad del sistema; propagar teorías infundadas es desconfiar en las líneas que dictan nuestra realidad. Pero por otro lado,  dudar ante una verdad declarada tiene implicaciones tanto positivas como negativas.

Lo opuesto a una teoría conspirativa es la confianza total y sin cuestionamiento; elemento que – inyectado en una sociedad— vulnera al punto de la manipulación. Un pueblo que se fía sin hesitación de lo que dictan sus poderes públicos y los medios, se convierte en una entidad influenciable. Por el contrario, una sociedad que desconfía, duda y cuestiona sin raciocinio lógico, se vuelve inepta al punto de la inmovilidad. Ambos extremos de este espectro, la confianza ciega y la duda injustificada, afectan directamente a nuestra democracia. Para la supervivencia de la sociedad, es sano deambular entre el confiar y el cuestionar; la responsabilidad de la ciudadanía está en el asegurar que nuestro voto de confianza se otorga a asuntos transparentes y justificados, mientras que el objetar se articula cuando una situación suscita preguntas legítimas sobre intereses opacos y deshonestidad. Este ideal de participación al ejercicio de crítica social empieza con un proceso de información y comunicación acertado. Leer y compartir noticias de fuentes fidedignas es el primer paso para forjar un callo que permita juzgar, indagar y reclamar transparencia cuando se merita.

Cuando cayó el helicóptero este pasado 24 de diciembre, se sugirió que fue por orden presidencial. Se acusó con información no sustentada y se propagó una idea que— si bien creíble en luz de la poca transparencia que existe en México—no hallaba justificación en hechos verídicos. Aunque el accidente, tan sorprendente y extraordinario, espoleaba nuestro especular fantástico, ejercicios como éste, en el que se endosa una narrativa que propulsa nuestra costumbre de siempre culpar al gobierno, resultan en un fuerte agravio del juicio crítico de nuestra sociedad.

Las teorías conspirativas, si bien en su mayoría se componen de ficciones vacías, son una expresión exagerada de la desconfianza que un grupo le puede tener al sistema y sus narrativas. Como creencias, dichas teorías debilitan los sentimientos pro-sociedad y alimentan la obsesión con la suspicacia. Dudar de lo que se dice en los medios es un reflejo sano; pero cuando al cuestionar se le aúna una realidad engañosa, el ejercicio deteriora la búsqueda de la verdad. Los miembros de una sociedad tienen tanto el derecho como la obligación de desconfiar, de reclamar transparencia y de indagar en caso de intranquilidad. La clave está en hacerlo con buen juicio y sensatez. Aunque nunca me he inclinado hacia el campo de quienes creen en teorías conspirativas, siempre he admirado la audacia de quien observa la realidad, analiza, y se atreve a trazar en el discurso público un signo de interrogación.

Mahomed-Ramiro Jezzini

Me expatrié con un cuaderno para en ocasiones escribir de mi regreso. Cuento historias en jezzini.eu

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