Mea culpa

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Aceptémoslo, para los hombres entender la desigualdad de género a cabalidad es complicado ya que la posición de poder con la que hemos vivido por siglos nos impide tener la empatía necesaria para entenderlas y dimensionar el tamaño de la injusticia.

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Lo tengo que confesar, la historia no me favorece: nací y me crie en cuna de machos, en donde los roles se establecían por género, las diferencias causaban indiferencia, los abusos hacia las mujeres se toleraban y la desigualdad se pactaba para hacerla invisible.

Viví mi juventud en ese pedestal de poder que construimos los hombres y que heredé sin conciencia de responsabilidad alguna, en forma pasiva y activa denigré, abusé, descalifiqué y promoví la desigualdad de género, simplemente porque podía hacerlo y porque como hombre me convenía, a fin de cuentas, de lo que estamos hablando es de poder, y nadie está dispuesto a cederlo. ¿Está mal? Sí, no puedo justificar lo que viví en esa época, quizás explicarlo: así era, no lo veíamos, no lo queríamos ver. La desigualdad de género era un tema que se aceptaba, se toleraba, te volvías indiferente y al final el abuso y la agresión en cualquier de sus formas se volvía invisible… pero solamente para nosotros, los hombres, que no éramos victimas sino victimarios. 

Las percepciones y acciones fueron cambiando para mí con el paso de los años, diría que primero fueron los encuentros bruscos con la realidad: mujeres capaces sin oportunidad de desarrollo laboral por reglas igualitarias, pero no equitativas; esposas o novias esclavizadas en roles que fabricamos los hombres en “relaciones” por conveniencia, víctimas de abuso psicológico que no tenían moretones por fuera, pero con heridas mortales en el alma. 

Sí, eso ayudó a hacer visible para mí la desigualdad y la violencia, pero lo que me permitió dar un paso más allá y pasar de la consciencia a la acción fue conocer mujeres empoderadas que contrastaban y destrozaban la realidad que yo había conocido y vivido, una realidad dominada por las reglas de los hombres. 

Entender esta ruptura de paradigma provocado por mujeres empoderadas, no fue nada sencillo. Aceptémoslo, para los hombres entender la desigualdad de género a cabalidad es complicado ya que la posición de poder con la que hemos vivido por siglos nos impide tener la empatía necesaria para entenderlas y dimensionar el tamaño de la injusticia. 

Hoy, no hemos sido capaces de entender el miedo que viven las mujeres día a día, no hemos sentido la angustia provocada por el acoso ni la impotencia derivada de la injusticia. E insisto que los hombres no hemos podido entender la desigualdad de género, porque pensar que la entendemos y no hemos hecho lo suficiente para detener la violencia que se deriva de ella, sería atroz e impensable. Si la entendiéramos, y aceptáramos nuestra falta de acción para corregirla, nos daría pena ver a una mujer a los ojos debido a la vergüenza derivada de la irresponsabilidad con que le hemos arrebatamos el derecho a su desarrollo, su seguridad y a una sana convivencia. Irresponsabilidad que no tiene nombre, o más bien si: sus sinónimos son feminicidios, maltrato, abuso, violación, injusticia.

Sería fácil tratar de reparar el daño sumándonos a las luchas feministas como una forma de pedir perdón, pudiera parecer una buena idea para para algunos de nosotros. Sin embargo no es eso lo que nos están exigiendo las mujeres en su lucha por arrebatarnos la parte de poder que les corresponde. El camino que pareciera el más fácil es el más difícil, si estás dispuesto como hombre a destruir el sistema de desigualdad en el que hemos vivido te invito a que empieces por tu casa cuestionando los roles de pareja, con tus hijos educándolos en el respeto, en tu trabajo creando ambientes que propicien la seguridad. 

Identifica las condiciones de desigualdad y habla de ella, haz lo que tengas que hacer para terminar con la tolerancia que hemos vivido por siglos y que se ha convertido en un cáncer social. Insisto, no es fácil, renacer en el respeto mutuo y la igualdad implica una revolución de géneros, en donde unas lucharán y otros tendremos que aprender a tener una nueva convivencia. Empecemos por lo esencial: mea culpa. 

Javier Potes

Chilango de nacimiento, regiomontano por convicción, colombiano de sangre y cuentero por vocación. Amante de la disrupcion y los imposibles, creyente del poder de la participación y de la responsabilidad social. Dedicado a mi familia y a mejorar el sistema de salud en México.