Mamá:

Por |

Ser madre en México hoy no es un proyecto tentador, al menos desde el punto de vista racional.

Compartir esta nota:
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Qué terapéutico me resulta poder dirigirte una carta. Desde hace once años hablo contigo con el pensamiento; pero escribirte, quizá por ser un acto físico, me hace fantasear: ¿y si sí pudieras leerme? Ojalá hubiera hecho algunas preguntas importantes a tiempo. Qué ingrata es la experiencia que nos da lecciones justo después de haberlas necesitado.


A menudo imagino que estarías encantada en esta era de Uber, Linkedin y Airbnb, especialmente porque sabes cuánto ha facilitado la vida de tus hijas. Irónicamente, socialmente hay aún muchas victorias que conseguir y pareciera que –opuesto a la inercia digital- vamos leeento con esas conquistas. En muchos sentidos, ser mujer en México es tan retador hoy como en tu época. Seguimos peleando diariamente por romper el techo de cristal y por abrirnos paso en una cultura machista que amenaza con limitar nuestras vías de realización.


Y ya que hablamos de vías de realización voy directo al punto (disculpa; entenderás que en once años se me juntaron tantas cosas por contarte): ¿Cómo rayos decidiste que querías ser madre? Mis contemporáneas comienzan a reproducirse y lo atribuyen a razones como que “es el paso que sigue”, o que “no quieren que se le pase el tren”.


Unas siempre supieron que querían hacerlo; a otras el destino las sorprendió. Escucho testimonios muy contradictorios. Algunas se derriten de amor y felicidad, otras tantas se sienten estafadas, la mayoría se vuelven monotemáticas por un tiempo y casi todas coinciden en que es lo más transformador y sacrificado que les ha ocurrido. Reconozco la fortuna de poder elegir si quiero hacerlo; sé bien que en contextos menos privilegiados, aún en nuestros días, la maternidad no es voluntaria. Sin embargo, siento que me acerco a esa bifurcación en mi camino vital sin tener a la mano razones sólidas para tomar una decisión.


¿Anticipaste todas las luchas que yo te vi pelear durante la mitad de tu vida en tu rol de mamá? Contra ti misma, contra tus propias hijas, contra el mundo. Abatir tus propios fantasmas, tu amor por el orden y tus ansias de control. Saber que estarías cansada siempre. Comprarme las muñecas que yo pedía, aunque a ti no te gustaban. Llevarnos a museos, a pedir disculpas al vecino, a vacunarnos. Defender el estilo de vida que querías para nosotras: sin refrescos, al aire libre, exigiéndonos creatividad, curando los contenidos que entraban a nuestras cabezas día y noche. La lucha por ponerme límites cuando fui tu adolescente primogénita. Hacer rendir las horas y los centavos al máximo.


Ser madre en México hoy no es un proyecto tentador, al menos desde el punto de vista racional. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2018 el 73 por ciento de las mujeres económicamente activas en el país eran madres. ¡Esta cifra me escandaliza! No me imagino cómo tantas mujeres logran maternar con las largas jornadas laborales en México que ha denunciado la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), una licencia de cuidado perinatal de escasas 14 semanas y sin una red eficiente y accesible de servicios destinados al cuidado de los niños.


Los retos de la crianza no son menores: el mundo necesita hijos-ciudadanos autosuficientes, que aporten valor a la sociedad. Los episodios de asesinato y posterior suicidio de menores en fechas recientes evidencian la importancia de un adecuado acompañamiento tutelar. ¿Cómo lograr apego sin coartar la independencia de los hijos? ¿Cómo disciplinarlos sin mermar su autoestima? ¿Cómo inculcarles valores? Además, no dejo de pensar en la genética. ¿Y si me espera un fulminante diagnóstico de leucemia como te esperaba a ti? Cuando se es madre o padre, ya no se puede ni morir tranquilo.


A pesar de que este reto lo compartiría con el buen compañero que la vida me concedió, la maternidad me parece cada vez más una misión titánica, una institución que debiera cargar la madre, el padre, la familia extendida, la sociedad en su conjunto y el Estado. Nunca sabré qué pasó por tu mente cuando emprendiste este camino. Sospecho sí, que más que una decisión racional fue una decisión emocional. Creo confirmarlo con una ingenua nota que encontré, en la que le dices a mi papá: ¿Me regalas un bebé?

Mariana

Mariana Ramírez Padilla

Chilanga emigrada a Monterrey en 2019.Internacionalista; apasionada de los temas sociales y culturales de México.Estudiante de la maestría en Derechos Humanos en la UANL.