Mamá Chole

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Recuerdo lo que decían de ella fuera de la familia; que su vida era una tragedia, quedar viuda con 5 hijos menores de edad, tener que coser ropa ajena para vivir, sus papás no le ayudaron, se acabó la vista trabajando frente a la máquina, vivía en la pobreza. Eso decían. Lo que yo viví era distinto.

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Mi abuelita se llamaba María Soledad de los Dolores, nosotros le decíamos Mamá Chole, cuando regañaba a mi papá y a mis tíos, ellos le decían: Ya, Chole, y se reían.

No sé cuándo supe su nombre completo. En mi casa contaban que cuando yo tenía 4 años y ya debía aprender mi nombre y mi dirección le pregunté: ¿y tú cómo te llamas de verdad? Ella me dijo su nombre completo y yo le pregunté: ¿tu mamá no te quería?

Sé muy pocas cosas de su historia, nació en Charcas, no sé cuándo vino a vivir a Monterrey. En la inundación de 1909 perdió todos sus papeles, se casó con mi abuelo Mariano, tuvieron 5 hijos y quedó viuda cuando el menor de sus hijos tenía 8 años. Creo que no fue a la escuela, no estoy segura de si sabía leer y escribir bien, alguna vez la vi escribir su nombre, pero no era muy legible, su trazo no era limpio, me leía cuentos, o me los contaba, no sé bien.

Recuerdo lo que decían de ella fuera de la familia; que su vida era una tragedia, quedar viuda con 5 hijos menores de edad, tener que coser ropa ajena para vivir, sus papás no le ayudaron, se acabó la vista trabajando frente a la máquina, vivía en la pobreza.

Eso decían. Lo que yo viví era distinto. Recuerdo que su casa era de tres cuartos, después supe que a esas casas se les llamaba chorizo, no había puertas entre ellos, el primero funcionaba como sala, el segundo era la recámara y el tercero era la cocina, después estaba el patio con las macetas y una enredadera de estropajos y al final uno que servía de baño y cuarto de triques.

En el primero era donde se sentaba a ver televisión y donde nos recibía. Le daba mucho gusto vernos, se enjugaba discretamente una lágrima al recibirnos, yo no entendía por qué lloraba. Me gustaba quedarme con ella; hablaba de los misioneros que estaban en África evangelizando y que los negritos se los comían. Yo no entendía porque iban si se los iban a comer, pero de igual forma obedecía cuando me decía que separara parte de mi domingo para esos misioneros.

Entre el primero y el segundo cuartos había colgados hilos con cuentas de colores; era increíble pasar por ahí. El segundo era recámara, ahí me quedaba a dormir, tenía un libro sobre los mejores cuentos de hadas, mis favoritos eran los rusos, conocí el mundo gracias a ella.

Para pasar a la cocina había una tela. La cocina era el lugar de las maravillas: ¡Mamá Chole sabía hacer pasteles! Era mi frase de presunción en la escuela: mi abuelita me hace pasteles. No los preparaba antes, me preguntaba cuál quería y si yo dudaba entre dos opciones me decía: bueno, ¡te hago los dos!

Ir al baño de día no representaba ningún problema, estaba el sanitario y la regadera, una tela y detrás un montón de cajas y objetos que no debías tocar… de noche implicaba armarte de valor, atravesar el patio que parecía no terminar, abrir la puerta y escuchar los ruidos y recordar todas las historias de aparecidos y terminar rápidamente para correr a su abrazo.

Si lo pienso ahora, todo estaba organizado, el primer cuarto era de las enseñanzas, el segundo de las fantasías y el tercero del alimento. Tenía todo en esa casa. Nos fuimos a vivir a la Ciudad de México . No recuerdo cuando falleció, no tengo ninguna foto, ella pensaba que las fotos le quitaban el alma y solo las usaba en trámites oficiales.

Pienso mucho en ella y en su vida, en la historia de su nombre, en cómo éste presagiaba una tragedia y cómo otras personas hablaban de ella con compasión; pero esa historia no era la de ella, ella vivió diferente, ella construyó algo distinto.  Ahora soy maestra y una de las materias que imparto tiene que ver con el lugar que el niño ocupa en la familia, en cómo se traza un destino desde antes de nacer, en cómo los nombres que se eligen ya van construyendo una posibilidad.

Y cuando llego a ese punto les digo el nombre de mi abuela: María Soledad de los Dolores. Mis alumnos se quedan sorprendidos, algunos no saben si reírse o no, pero les cuento su historia para insistir que el nombre nos traza, pero no nos construye. El nombre puede ser una posibilidad, un tesoro, una carga, una historia.

Hablo del nombre de mi abuela para explicar un tema, para una clase, hablo de ella para recordarla, agradecerle y abrazarla con palabras.

Martha Patricia Zavala

Soy maestra en la facultad de psicología de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Estudié la licenciatura en psicología, maestría en psicología clínica y especialidad en psicoterapia psicoanalítica. Me dedico a la docencia y a la clínica psicoanalítica con niños, adolescentes y adultos. Me gusta el cine y la literatura.