Los hijos son de una

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“Los hijos son de una”, me dijo la tía de mi expareja, cuando recién nos separamos. Lo dijo con firmeza, con la convicción de quien lo ha vivido en carne propia: sacando adelante sola a su hija, como mujer divorciada de un hombre que decidió ausentarse de sus vidas. Eso me lo dijo mientras me encontraba todavía en medio del torbellino que es saber solo lo que no quieres, sin tener idea de lo que sí, ni dónde estás parada. Sí, la tormenta perfecta.

¿Los hijos son de una? Que me lo dijera alguien que quería a mis hijos y se encontraba emocionalmente cercana a mi familia me dolió mucho y, sobre todo, me conflictuó. Que a la experiencia y a la empatía le ganara aquello de que la “sangre es la sangre”, fue la primera de otras muchas veces que he visto cómo las y los machistas son, sin enterarse, los ladrillos, el cemento y la varilla de esta estructura patriarcal que da al varón el permiso para ausentarse cómo, cuándo y cuánto quiera de su paternidad.

¿Que no tienes en este momento un trabajo estable? No te apures, aquí está una ley que vela por ti y por tus intereses. ¿Cómo te suena quedar “obligado” con solo dos salarios mínimos?  ¡Nadie te puede exigir lo que no tienes!

¿Que tú también tienes que seguir con tu vida y hoy tienes otros compromisos, otras metas? ¡Por supuesto! Ponlo en tu defensa, justifica tus gastos, si esta vieja cabrona regresa a la carga. El juez lo va a tomar en cuenta.

¿Que tu trabajo es inestable o tu ingreso es variable? ¡Quédate así! Es más, asesórate fiscalmente para que, a partir de ahora, lo que generes no quede asentado en ningún lado y no te pueda agarrar de los huevos. 

¿Que el cansancio físico y mental de procurar las necesidades físicas, emocionales y espirituales, producto del cuidado sostenido, es tema de mujeres? ¡¿De quién más?! Es irrebatible: la custodia total para la madre. De custodias compartidas, nada de forzarlas; solo será si él quiere.

Los cimientos están puestos. La placa, colada y los ladrillos se van montando uno, al lado y arriba del otro. La estructura patriarcal es tan fuerte y sólida que la colocan incluso las personas que te quieren bien, esos a quienes les importas. Vamos, hasta quienes te echan el hombro o te prestan su escucha cuando desfalleces. 

“Dalo por muerto, asúmete viuda y sigue con tu vida. Ese es el mejor consejo que te puedo dar. Es brutal, pero te vas a liberar”, me dijo un amigo mutuo.

Luego de escucharme hacer catarsis, me dijo otra amiga entrañable: “Te va a llegar tu tiempo. Vieras qué bonito se vive cuando los entierra una en vida, aunque se oiga mal… Llega la paz de no sentir que me hierve la sangre cada que habla o escribe. Ya no me asusto, ya no me enojo y mágicamente he podido con todos los compromisos que me he puesto. Francamente no creo que a mi hija le haga falta un papá miserable, abusivo, lejano, cuenta chiles, convenenciero”.

“Mira, no tenemos datos de cuántos padres abandonan la tarea del cuidado de sus hijos cuando éstos presentan discapacidad, aunque es un hecho que las mujeres, la madre, la tía, la abuela, la hermana, quienes, en su mayoría, son quienes ven por nuestros chicos, no se diga cuando la pareja se separa”, me dijo la persona que dirige el departamento de Atención Psicológica a las Familias en un importante centro de rehabilitación al que acudía a terapia mi hijo mayor.

¿Cómo explicarles a todas esas personas tan queridas que no son mis ganas de querer cosechar peras en el olmo ni se trata solo de la manutención? ¿Cómo decirles que no solo es un tema de voltear la página, sino de rehusarme a que mi silencio, mis omisiones, mi rendición, sean ladrillos de una edificación que está muy mal diseñada?

Me gustaría decirles que no es con una persona, sino con lo que me representa, lo que me obliga a dar la batalla. Los hombres irresponsables y ausentes son la foto en pequeño de todo lo malo del patriarcado. Están ahí y se multiplican porque hay todo un montaje que lo permite, lo secunda. Y vaya, no porque este adefesio se encuentre ahí desde que tenemos noción deba permanecer así, ¿o sí? ¿Quién lo va a cambiar si no somos quienes lo padecemos y nos topamos una y otra vez con él? ¿Qué hacemos con las cuentas que no dan, con el tema estructural?

Ese adefesio, esa estructura mal hecha es como el elefante en medio de la sala. Uno sigue con sus cosas y se sienta mansamente en la orilla del sofá. Se llama “carga mental” y que, según un estudio de Procter & Gamble, aqueja a 3 de cada 4 mujeres, y es todo el trabajo invisible e infravalorado en que incurrimos no solo las mujeres que somos cabeza de familia, ya lo veníamos pagando. Quizá para muchas de nosotras fue una de las razones de fondo que dieron lugar a la ruptura.

Asumimos a veces con orgullo, a veces con fastidio, a veces agotadas, los malabares de ir de lo doméstico, a lo interpersonal, a lo laboral y de regreso, tantas horas como se necesiten y alcancen en el día. Claro, a costa de nuestra salud, de nuestra energía disponible, de nuestro tiempo más precioso.  ¿No estará mal hecha una estructura que sostiene el cuidado de los hijos, de llevar un hogar, sacar adelante a la familia es un tema 75 por ciento cargado en nuestros hombros?

¿Por qué se sostiene? Traigo a colación una de las tantas críticas que hace Byung-Chul Han, el prestigiado filósofo surcoreano, a nuestro tiempo: cuando te explotas a tí mismo y eso lo sublimas y lo confundes con realización, la estructura que alienta esa explotación se mantiene. Eso es lo que muchas mujeres hacemos y si estamos solas, a cargo de los críos, más.

El adefesio se hace presente en la sala de muchas familias en que “los hijos son de una”. El patriarcado nos habita y cada vez somos más las que nos damos cuenta. Educa por igual a hombres y a mujeres.  Nos engaña a través de cultos y partidos que nunca nos han representado, nos invisibiliza y siguen traicionándonos. Los servidores y protectores del patriarcado han de saber que esto no tiene vuelta atrás: el patriarcado va a caer.

Hoy elijo redirigir mi rabia, mi impotencia, mi energía creativa a favor del único movimiento de poder politico legítimo en Mexico: el esperanzador movimiento que impulsamos las mujeres.

Ariadna Ramírez Garagorri

Hasta hace no mucho me habría presentado a través de lo que hago profesionalmente y más en confianza, habría hecho referencia a mi rol de madre de dos adolescentes, a mis intereses y pasiones. Ahora intento, por un lado, cultivar el silencio y encontrar en él alguna novedad acerca de quién soy hoy, y por otro, retomar con cierto rubor mis quereres con la escritura.