Los círculos del infierno

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¡Corre! Mejor no te vayas por el camino corto, está muy oscuro. ¡Fiu! Esta calle está más iluminada. Vislumbro un hombre fumando al final de la calle; es bastante más alto que yo. Cambia de acera. Corre, falta poco.

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La clase termina pasadas las 9. Logro atravesar la Universidad en 13 minutos. Antes de salir de esta burbuja e internarme en las 5 cuadras oscuras que me separan de mi departamento, echo un vistazo agudo a las esquinas aledañas. Aún está prendida la luz de las pizzas de enfrente, ¡qué alivio! Bueno, alivio a medias: ya están metiendo las mesas al local y pronto bajarán la cortina. Guardo el celular. Me bajo la chamarra de modo que me cubra las nalgas, me cuelgo la mochila por enfrente. Saco mi paraguas y lo llevo colgado en la muñeca. No hay pronóstico de lluvia, pero fantaseo con usarlo como escudo o espada si hace falta. Paso el torniquete. ¡Corre! Mejor no te vayas por el camino corto, está muy oscuro. ¡Fiu! Esta calle está más iluminada. Vislumbro un hombre fumando al final de la calle; es bastante más alto que yo. Cambia de acera. Corre, falta poco.

Entro a casa y me tiro en el sillón. Siento la boca seca y un sabor metálico, pero al fin puedo relajarme. Sé que estoy segura en casa y que por ello soy muy privilegiada. No puedo imaginar lo agotador que sería tener estas horribles sensaciones también al interior de mi vida familiar. Tengo una revelación espeluznante: ¡hay mujeres que viven así las 24 horas del día!

Por historias cercanas, por experiencia propia y por lo que vemos en medios, las mujeres sabemos que estamos en peligro en todo momento. Aún recuerdo cuando los asesinatos de mujeres eran un asunto limitado a Ciudad Juárez. Hoy esa realidad ha alcanzado casi todos los rincones del país. Hace unos días vi en las redes sociales, sin desearlo, los restos de una joven mujer desollada por su marido. Las grotescas imágenes me atormentan en la noche como escenas de una película de terror.

Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, desde 2015 a la fecha el número de mujeres asesinadas ha aumentado en un 137 por ciento.  Tan solo en 2019 se registraron mil seis mujeres muertas por violencia. La Organización de las Naciones Unidas estima que 6 de cada 10 mujeres mexicanas han enfrentado algún incidente violento durante su vida. La gravedad de estas cifras explica por qué la reciente propuesta del Fiscal General de la República para eliminar la figura del delito de feminicidio haya causado tanto revuelo.

Después de años de evidencia innegable de violencia de género, el delito de feminicidio se logró incluir en el Código Penal en 2012. Para que un asesinato femenino sea catalogado como tal debe cumplir con siete causales: violencia sexual, lesiones o mutilaciones, violencia previa, relación sentimental, amenazas y exposición del cuerpo en la vía pública. El Fiscal argumenta que todos estos requisitos complican la llegada de los casos a juicio.

Hace unos meses se hizo público el caso de Abril Pérez, quien había empezado un proceso penal por intento de homicidio por parte de su esposo, un acaudalado empresario. Después de la denuncia, el sujeto fue detenido y poco después liberado. Los desgarradores testimonios de Abril y su propio hijo, que presenció la violenta escena que involucró golpes a muerte con un bate, solo alcanzaron para que el juez clasificara el delito como violencia intrafamiliar. La evidencia sugería que Abril había vivido años de violencia doméstica y que después del último incidente su vida corría peligro. Finalmente, la tipificación del episodio como simple violencia doméstica permitió que el acusado saliera libre bajo fianza y posteriormente –como lo apunta la sospecha general- mandara asesinar a su esposa a plena luz del día.

Según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, siete mexicanas son asesinadas cada día, y sólo un 25 por ciento de esos casos son investigados como feminicidios. Esto revela que lo que se debería discutir no es la desaparición de este tipo penal, sino abogar por su adaptación hasta convertirlo en un mecanismo eficaz que ofrezca protección a las mujeres. Urge incluir perspectiva de género en todos los procesos judiciales. ¡Carajo!

¿Hace falta que una mujer viva y muera atormentada y no sea acreedora a justicia solo por no haber cruzado todos los círculos del infierno?

Mariana Ramírez Padilla

Chilanga emigrada a Monterrey en 2019.Internacionalista; apasionada de los temas sociales y culturales de México.Estudiante de la maestría en Derechos Humanos en la UANL.