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Lo que se necesita

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Yo tuve la suerte de crecer cerca de mis abuelos maternos. Además de consentirme, me enseñaron muchas cosas, de manera muy particular, mi abuela.

Aún la recuerdo diciéndome: ayúdame en esto, lo cual significaba participar en alguna labor en la cocina, en la casa, en una manualidad, en el cuidado de las plantas o de los perritos. Me decía como hacer las cosas y además, como hacerlas bien.

Algunas me gustaban, otras no tanto, pero en mí se fue creando un sentimiento de que yo podía contribuir en muchas cosas a la pequeña comunidad de mi familia. Con el paso de los años, llegó el momento en que mi abuela ya no tenía fuerzas para enseñarme más y empezó la época en que yo fui descubriendo en qué le podía ayudar a ella.

Después inicié mi participación en una comunidad más grande: empecé a trabajar. Ahí ya no era: ayúdame en esto; era: te toca hacer esto. Nuevamente había cosas que me gustaba hacer y superaba las que no me eran tan gratas, como sucede en todo trabajo. Lo que por intuición empecé a hacer fue preguntar: ¿en qué te ayudo?

Recuerdo en particular una tarde. Era la hora de salir y nuestros jefes estaban muy atareados preparando una presentación. En esos tiempos las presentaciones se hacían con filminas o acetatos y se les pegaban cintas adhesivas de colores para que fueran un poco más llamativas al proyectarlas. Todos hacían de todo, a mi jefa le tocó poner los colores, me acerqué a preguntarle en que le podía ayudar, se me quedó viendo, me dijo que lo que faltaba era sacar copias, que si le ayudaba en eso. Y por supuesto que lo hice, y con gusto; al entregárselas me agradeció como si hubiera realizado un super trabajo. Yo me sentí muy bien, tanto que aún tengo presente esa sensación de que: yo le puedo ayudar a mi jefa.

Desde la pequeña unidad familiar, pasando por las corporaciones, las ciudades y los países, somos parte de la gran comunidad que es nuestro planeta, que hoy, quizá más que nunca, nos necesita a todos.

El ayudar a nuestra gran comunidad está tomando una dimensión real y palpable. El llamado que nos hacen para contribuir es claro, es la indicación del ayuda en esto: lavarse las manos, quedarse en casa, cuidarse en lo individual para cuidarnos todos en general, contribuir con el bien colectivo al no hacer compras de pánico, ni difundir noticias falsas.

Necesitamos transitar muy rápido del párvulo: ayuda en esto, a la madurez del: yo puedo ayudar.

Vemos en el mundo ejemplos de personas ayudando a hacer más llevadera la cuarentena: gente que se pone a cantar desde un balcón, policías bailando en la calle, gente decorando sus ventanales, especialistas clínicos dando recomendaciones para controlar la ansiedad, hasta un anciano argentino que, a 13 grados centígrados y ante una enorme plaza vacía, envió un mensaje de amor y esperanza a la ciudad de Roma y al mundo.

Ya tenemos una economía muy golpeada, gente sin trabajo, incertidumbre sobre el futuro inmediato, nos rodea el pesimismo. Por eso es importante tener confianza y descubrir en qué más podemos ayudar hoy, y al día siguiente de la pandemia. La ayuda empieza en casa, con nuestro prójimo, con nuestra persona más próxima. Y a partir de ella con la que sigue y con la siguiente.

Nuestra gran comunidad necesita toda la ayuda que podamos ofrecerle.

Mercedes Barbosa

Oficio de viajera, caminante y aprendiz de escritora. Consultora en tecnologías de información por muchos años, comerciante incipiente con negocio propio.