Lo inútil frente al covid-19

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Lo peligroso de estos gobiernos es que intentarán meterlo todo otra vez en la misma caja a apretujones porque, y eso es lo peor, saben que su vigencia depende de que sean capaces de regresarlo todo a su antiguo lugar porque, claro, ahí está la presión de sus auspiciadores. ¡Teatro del absurdo!

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Desde el jueves pasado, el municipio de San Pedro Garza García anunció en una circular que colocaría filtros en sus entradas para cuestionar a las personas el motivo de su visita y anunció que, de parecerle pertinente a los oficiales, podrían pedirnos que nos demos la media vuelta. Sí, no es novedad sampetrina este tipo de prácticas fascistoides; pero tampoco es novedad en México. Esta decisión la han tomado varios alcaldes e incluso gobernadores, aunque de forma acotada.

Cerrar para evitar que el problema crezca es una solución bastante brutal, si la pensamos bien. Tan brutal, de hecho, como que nos ha originado un problema gravísimo en términos económicos. Cerrar es una reacción de miedo: ¡mejor, ciérrale! Es una respuesta inmediata, pero echa luz sobre la frágil organización previa que teníamos para reaccionar mejor.

Me puse a pensar sobre esto desde que una tarde de cuarentena, -llevaríamos quizá veinte días encerrados-, le propuse a mi Comandante Centinela, o sea, a Homero, que fuéramos a caminar a la Huasteca. Necesitaba conectarme a esa majestuosidad natural, pero también me urgía mover el esqueleto. Iba en el camino como un perrito que va al parque. ¡Cuál fue mi desilusión cuando vi que estaba cerrado el parque! No lo podía creer. ¿¡Cómo cierran el tanque de oxígeno!? Estábamos dando la vuelta en U cuando pensé: bueno, si no estuviera cerrado estaría aperradísimo. Ni yo hubiera querido venir: música, chingo de alcohol, carros como si fuera carnaval. Todo eso sería un estupendo caldo para el contagio comunitario. Y pues a la gente le vale. Me encogí de hombros. Pensé que quizá tenían razón, y me agüité doble.

Cerrar. Abajo la cortina. Se clausura. Todos adentro de sus casas. No hay de otra. Y para colmo, un helicóptero vociferando: ¡no son vacaciones, quédate en casa!

Pero, esperen, ¿esa es la solución? ¿O más bien, no se les ocurre otra?

¿Y si nos organizáramos para entrar escalonadamente, en lugar de cerrar estos respiraderos sociales? ¿Es muy difícil? ¿Todos nos moriríamos porque la gente es (¿somos?) muy pendeja? ¿En serio? Nos han educado para pensar así instituciones autoritarias: la familia, iglesias, escuelas, gobiernos, hasta las empresas, por ello hoy nos cuesta tanto trabajo imaginar alternativas al margen de sus órdenes. Porque, ¿qué importa la realidad, si tenemos a nuestro líder? Estos líderes clausuran parques estatales y la libre circulación constitucional ¡para gobernarnos!

Otra vez observo que el paradigma de autoridad triangular es un lastre que no nos permite movernos hacia la sobrevivencia. Los gobiernos democráticos, ajá, como el de Miguel Treviño y el del Bronco –por no mencionarlos a todos, tranquiiilos-; están anclados en un tiempo pasado que ya no regresará, pero lo peligroso es que acumulan demasiado poder, que no les pertenece, para obsesionarse ¿adivinen con qué? con regresarnos a una “normalidad” imposible, perdida para siempre.

Lo peligroso de estos gobiernos es que intentarán meterlo todo otra vez en la misma caja a apretujones porque, y eso es lo peor, saben que su vigencia depende de que sean capaces de regresarlo todo a su antiguo lugar porque, claro, ahí está la presión de sus auspiciadores. ¡Teatro del absurdo!

A eso le llamo perder vigencia. Siguen gobernando para una sociedad que ya no existe, peor aún, niegan en este momento la contundente realidad de que aquello que fuimos se acabó. No volveremos a ser las mismas sociedades, ¡vaya nostalgia, especialmente porque no fuimos conscientes que aquella fue probablemente la última vez de muchas cosas!

En este momento los gobiernos se juegan el futuro. O se atreven a ver un futuro que reclama una transformación radical en el modo de gobernar, o se verán, cada día, más ridículos, más agotados. Cerrar las calles en una zona metropolitana aludiendo que se está cuidando a la población de un sólo municipio no sólo es absurdo, sino mezquino.

Ahora bien, y pese a todo, ¡quédate en casa! Mientras no exista una coordinación que nos organice, lo mejor que podemos hacer es obedecer con criterio. Obedezco porque no quiero afectar a más personas. Obedezco porque no quiero desestabilizar los frágiles acuerdos que nos unen; porque sé que los sistemas de salud pueden colapsar. Obedezco porque nosotros también hemos fallado en organizarnos, en tejer una red social al margen de estas autoridades de barro. Pero eso sí, no dejo de pensar y de reclamar que los parques estatales deberían estar abiertos porque necesitamos salir de casa a encontrarnos con lo fundamental para inspirar nuestros siguientes pasos.

Poco a poco, aquí y allá, estos anhelos comenzarán a tenderse puentes. Por lo pronto, conviene ver qué tipo de inutilidades queremos dejar atrás.

Politóloga. Mi vida está cruzada por la escritura. Soy columnista del Grupo Reforma y dirijo el sitio de opinión Vertebrales.