Lecciones para después del corona

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Las crisis tienen escondida una semilla de solidaridad.

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Aunque empezamos a oír noticias positivas de la lejana China, las cifras de decesos por COVID-19 en Italia, España, y ahora en Estados Unidos, nos indican que el oscuro túnel por el que atravesamos es todavía muy largo.

No sabemos si será una cuestión de semanas, de un par de meses, o si ya podemos dar el 2020 por perdido. Tampoco sabemos cuántas muertes lamentaremos ni de qué tamaño será la crisis económica que sucederá a la pandemia. La tentación autoritaria es más apetecible que nunca y conforme pase el tiempo nos acostumbraremos a ver nuestras libertades limitadas. Sin embargo, creo que no es una ilusión boba pensar en un futuro positivo post corona, en el que las lecciones aprendidas nos permitan transitar hacia una sociedad más justa.

En tiempos de crisis conocemos lo mejor y lo peor de las personas, nos dicen las redes sociales en su sabiduría colectiva. Mientras hay quienes llevan a su baño una cantidad de papel sanitario que ni en los tiempos del cólera sería necesario –esta peste no se anunció con ratas muriendo a pleno sol, sino con estanterías de papel higiénico vacías–, otras se encargan de hacer las compras para sus vecinos ancianos, quienes no salen de sus hogares ante el riesgo de terminar en una sala de cuidados intensivos. Sigamos el ejemplo de la generosidad y no de la mezquindad. Quizá sí aprendamos que la fuerza del ser humano está en la cooperación y no en la competencia. Deseo que así sea y que dejemos atrás las actitudes ruines de atacar a sectores desfavorecidos de nuestras sociedades.

Tal vez, como lo ha expresado el psiquiatra y psicoterapeuta francés Christophe André, esta coyuntura nos sea de provecho y sirva para darnos cuenta de que se puede vivir de una manera diferente, que mucho de lo que consideramos imprescindible no lo es. Un auto lujoso es de por sí innecesario, ahora que no se tiene a dónde ir, es incluso menor su utilidad.

Imagino también un futuro en el que daremos su justo valor al trabajo y al esfuerzo de cada persona. En tiempos de heroínas, admito que la actividad a la que dedico por lo menos cuarenta horas de cada semana es irrelevante, por usar una palabra amable. Tengo el privilegio de poder seguir ganando mi sustento desde la comodidad de mi sala, mientras la ropa da vueltas en la lavadora y espero que la cafetera despida el aroma a café.

Mientras hago esto, afuera están quienes mantienen en funcionamiento lo que entendemos por sociedad moderna. En países como mi natal México están también afuera quienes no tienen la protección de un Estado y unas leyes que los auxilien en situaciones de emergencia como ésta. Yo podría dejar de recibir y escribir mails, de hacer líneas de código o de llenar hojas de cálculo, y mi ausencia sería menos notoria que la falta de quienes trabajan en hospitales, servicios públicos o en comercios. Estoy seguro de que esta certeza me acompañará en el futuro, y creo que no solo a mí. La consecuencia deberá ser una menor diferencia en la remuneración del trabajo y derechos laborales más extendidos.

Es sorprendente cómo han cambiado las prioridades de nuestros anhelos y necesidades. Mientras en enero planeábamos tal vez las vacaciones de abril, ahora el día a día es planear la salida a comprar lo necesario para vivir, o pensar en cuál será la actividad física, intelectual o espiritual que nos ayude a mantener la cordura.

Sin embargo, en lo que tratamos de mitigar estas urgencias diarias, problemas tal vez aún más graves como el cambio climático, o la crisis humanitaria de personas buscando refugio, seguirán creciendo. No los olvidemos. Que las lecciones aprendidas de nuestra actuación frente a la COVID-19 nos sean útiles también para enfrentar esas otras crisis.

Seamos generosas y generosos. Las crisis tienen escondida una semilla de solidaridad. La guerra en México hizo crecer un movimiento entre ciudadanas y ciudadanos que llevó a un cambio pacífico de régimen en el país, y aun con la decepción que representa el gobierno federal actual, una buena parte de la sociedad sigue buscando un México más justo. Las feministas y su lucha continua son ejemplo de esto. Ojalá que haya un equivalente global ante la pandemia y sus consecuencias de toda índole que veremos en los años por venir. Lo necesitaremos.

Juan Alberto Hernández Arreola

Soy influencer… no, ya en serio, soy un ingeniero de software de casi 40 años, actualmente resido en Múnich. Les agradezco sus comentarios sobre mis textos.